miércoles, 1 de marzo de 2017

Reseña: “Las ventajas de ser invisible”, de Stephen Chbosky





«...aceptamos
el amor
que pensamos
que nos merecemos.»








Las ventajas de ser invisible ha sido y sigue siendo uno de los peores libros que he leído en toda mi vida. Hace tiempo escribí una crítica lapidaria, Chbosky y la última “novela de aprendizaje” del siglo XX; a pesar de subrayar enfáticamente mi postura, debo reconocer que he sido demasiado blando en este artículo.

La novela es horrible. Estoy obligado a explicar por qué. Muchos jóvenes la adoran al punto de llegar a sentirse identificados, al menos parcialmente, con el protagonista. Mi reseña no arremete contra los lectores; me limito a posicionarme, en todo caso, contra los modos de lectura que han habilitado y avalado la consagración de la obra de Chbosky como best-seller. El boom de Las ventajas... precedió al auge de John Green como novelista. Este libro, de algún modo u otro, fue precursor de lo que podríamos llamar realismo juvenil.

Cualquier novela realista exige una escritura de determinadas características para producir un efecto de verosimilitud. El mayor problema de Chbosky es que no hay realismo en ningún momento. Nada es verosímil.

Ante todo, quiero discutir conmigo mismo y con mi artículo anterior algunas cuestiones que dejé incompletas en el texto que escribí en el 2015. Las ventajas de ser invisible no es un bildungsroman ni un libro de autoayuda (algo que insinúe en el noveno párrafo de Chbosky...). Podríamos categorizarlo como realismo juvenil o como novela epistolar. Resuelto el problema del género literario en primer lugar, prosigo con mi análisis.

«La narración epistolar que presenta Chbosky es, sin embargo, realista.»

He afirmado esto en mi artículo anterior acerca de Las ventajas de ser invisible. Ahora lo refuto completamente. No, la novela de Chbosky no es en absoluto realista. En primer lugar, porque Charlie utiliza un género discursivo en decadencia dirigido a un destinatario de fines de siglo XX cuya identidad desconocemos y que incluso podría no ser real.

La primera pregunta polémica que quiero plantear es si realmente podemos creer todo lo que dice Charlie. Él mismo asegura en los primeros párrafos que ha cambiado los nombres de los protagonistas de las historias que relata. Sam y Patrick no se llaman Sam ni Patrick. Pero hay un momento en que esta operación de sustitución de identidades se ha visto puesta en riesgo: cuando Charlie consume LSD. ¿Cómo puede ser que haya escrito una carta drogado y no se le haya «pifiado» un solo nombre?

En relación al grado de credibilidad de las palabras de Charlie, hay una notoria contradicción entre determinadas secuencias de comportamiento del personaje y el rol que autoasume como «wallflower» o «invisible». El narrador aparece como contemplador silencioso de un espectro de acciones que oscilan entre lo políticamente incorrecto (relaciones sexuales consentidas y consumo de determinadas drogas) y lo delictivo. La imposibilidad de discriminar un conjunto de acciones lícitas/legales de las ilícitas/ilegales es alarmante. A lo largo del libro Charlie expresa que no sabe si lo que ocurrió fue bueno o fue malo. El narrador afirma que trata de pensar cómo funcionan las cosas, las personas, las sociedades. Pero cuando efectuamos una lectura crítica de la novela, descubrimos que en ningún momento Charlie exterioriza congruentemente sus reflexiones acerca de estos acontecimientos que atraviesan los ambientes sociales que frecuenta.

Charlie es la caricatura de un chico de 15 años. La novela lo representa como un sujeto incapaz de tomar decisiones propias. Carece casi por completo de voluntad. La única voluntad de poder es Bill*, quien lo atiborra de obras literarias y lo insta a “participar”. Este verbo siempre aparece entrecomillado; la novela lo ataca constantemente, desfragmentándolo. ¿Qué significa “participar”?

En la novela hay participación, pero no hay integración. En el transcurso de la historia, Charlie configura y reconfigura sus lazos interpersonales, tanto con familiares como con amistades, pero él no se siente enteramente integrado a esta generación. Algo sucede con Las ventajas de ser invisible que lo emparenta con la Rafaela de Furiasse, la cual también reseñé: el final trunco, el final semiabierto y desmoralejado, que nos deja un mal sabor de boca porque parece justificar el autoposicionamiento lacerante de Rafaela y de Charlie.

Otro de los aspectos notorios en Las ventajas de ser invisible es la constante preocupación de los personajes secundarios por la posibilidad de un ascenso social. El hermano mayor de Charlie es una metáfora del éxito: un universitario que juega fútbol americano y cuyo rostro aparece en las pantallas de televisión, suspendiendo en un instante de felicidad catódica todas las miserias personales y familiares del protagonista. Charlie incluso menciona la historia de uno de sus abuelos, un molinero que había castigado a su madre por una baja calificación en un examen. Los comentarios racistas y la escasa formación académica y cultural de los abuelos, tíos y primos de Charlie merecen análisis subliminales. La obsesión por las carreras universitarias y la incertidumbre de un futuro próximo son temas recurrentes en la novela.

Los dispositivos de reproducción técnica (los cassettes, los VHS, las máquinas que imprimen los números de la revista Punk Ronky), la lectura de obras literarias que a pesar de ser mencionadas no parecen arrojar sobre Charlie ningún despertar metafísico** acerca de su condición humana, las sustancias alucinógenas, los elementos contraculturales (mayormente enumerados por la hermana o por Mary Elizabeth) y las experiencias sexuales accidentadas no aparecen como formas de integración del sujeto a esta nueva sociedad que surge, sino como mecanismos de evasión o de la negación de la realidad. En Las ventajas de ser invisible hay una verdad subyacente que afecta el comportamiento de Charlie, quien afirma todo el tiempo que hay algo malo en él. En las últimas páginas se nos revela, o parece revelarse, ese secreto. Un recurso malísimamente utilizado. Como un mago que saca un conejo muerto de la galera.

Realmente, tengo mucho qué decir de esta novela. Pero lo dejamos acá. Lamento romperles el corazón a quienes les gusta este libro; tal vez escribo esta reseña con saña, con desencanto, e incluso con cierta pena. Esperaba que la relectura de este libro fuese más placentera o piadosa. Pero Las ventajas de ser invisible, como novela, no me cierra. Porque no tiene verosimilitud. La dudosa construcción psicológica del personaje da lugar a esas inconsistencias de la trama. Hay algo que me hace ruido, hay algo que Charlie no me está contando.

He vuelto a leer la novela entera buscando ese algo. Han pasado dos años y sigo sin entenderlo. Tal vez la traducción tenga la culpa. O tal vez soy un lector demasiado chapado a la antigua. Cito a McCarthy que cita a Yeats quien dice: Este no es país para viejos. Tengo veintitrés primaveras encima: incluso el cuento más imperfecto de Borges o el Ulises de Joyce o el villano más inescrutable de la novela más agoniosa me parecen más comprensibles que las propias acciones de Charlie.


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* El autor del artículo introduce un juego de palabras intraducible y rebuscado, ya que Bill proviene de William, que también puede ser abreviado Will, que a su vez significa «voluntad» o «testamento» en inglés. Según Contreras, Bill transfiere a Charlie un «legado» cultural: los libros que se interpolan en el texto (El manantial, de Ayn Rand; El Gran Gatsby, de Fitzgerald; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; y El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, entre otras piezas).


** La expresión «despertar metafísico» es impropia de Contreras, pero aparece en Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. AB y Las ventajas de ser invisible son obras totalmente diferentes, por lo que se puede suponer que el autor del artículo intenta aplicar un criterio de análisis diferente sobre la obra de Chbosky. En efecto, los análisis de los dispositivos de reproductibilidad técnica dentro de las novelas y la preocupación por la conceptualización de la ficción como modo de evasión de la realidad han sido affaires recurrentes en el análisis de obras de autores como Roberto Arlt y Adolfo Bioy Casares. Contreras intenta utilizar una metodología similar para desfragmentar la novela de Chbosky. Se sabe que el (anti)blogger ha pergeñado, reprobado y postergado reseñas de Marechal, de Arlt, de Saer y de Casares. Me consta que ha comenzado a escribir una novela, cuya extensión actual es de casi cuarenta mil palabras, según las cifras oficiales. Se me ha prohibido terminantemente publicar otros pormenores respecto a este proyecto.

lunes, 27 de febrero de 2017

44.000 - 4.000 palabras = la peor novela del mundo en proceso

Estoy escribiendo la peor novela del mundo. Casi 40.000 palabras de pura basura. Eran 44.000, pero advertí que había párrafos enteros que no cumplían ninguna función dentro del texto. Esta es la razón por la cual ya no publico entradas en este blog con la frecuencia de antes.
No quiero develar detalles comprometedores: la trama transcurre en una versión alternativa de la República Argentina. El Tercer Reich ha vencido en la Segunda Guerra Mundial; a grandes rasgos, una novela que no promete ser diferente a El hombre del castillo, de Dick. Mi escritura persigue a tres personajes jóvenes unidos por un destino común. Esto es todo lo que puedo decir acerca de una historia que tal vez no publique nunca.
Lamentablemente, no escribo literatura juvenil. Este argumento que cabe perfectamente en la palma de una mano ha sido escrito de tal forma que no acata las tradiciones impuestas por el género. He leído a Rowling, a Chbosky y Meyer –espero el tiempo me proporcione un lapso razonable para cumplir mis obligaciones con Green, con Collins y Roth– y me consta su influencia en esta generación de lectores.
Borges, King, Arlt, Bradbury, Pullman, Morrison, Walsh y recientemente Saer han afectado el curso de mis palabras. No niego la existencia de lectores antiborgeanos en nuestras filas etarias. No los culpo: en las aulas de los institutos escolares no nos han proporcionado claves de lectura suficientes para entender a los poetas. Mi caso es el más afortunado, porque mis docentes advirtieron en mí el germen de la literatura y siempre me han incentivado a persistir en la carrera del conocimiento.
He notado en algunos bloggers aspiraciones novelísticas que no han podido concretarse. Jóvenes que se han autoimpuesto la labor de escribir X cantidad de palabras por día y al cabo de unos meses desisten del proyecto. El solitario oficio de escribir novelas no es tan solitario en un mundo donde las redes sociales son un factor elemental que determina la popularidad (mas no la calidad) de una obra literaria.
Mi relación con mi propia escritura es de amor-odio. Empecé escribiéndola pensando que era una idea genial. Luego, la abominé, pero ya era demasiado tarde. He llegado a las 44.000 palabras; entre la bronca de no obtener los resultados deseados y el tedio de omitir los detalles innecesarios que entorpecían el transcurso de la narración, le quité más de cuatro mil.
Mi objetivo es sencillo: triplicar la cantidad de palabras, segmentarlas en capítulos y obedecer, simultáneamente, una estructura narrativa. Aún no he decidido si ha de tener un final abierto o cerrado.
En esos espacios en blanco donde no puedo hallar la forma de seguir con la novela, escribo notas como esta. Pequeños ejercicios literarios que ejecuto mientras pienso en otra forma de seguir escribiendo.

jueves, 23 de febrero de 2017

Consideraciones acerca de lo real y lo no real (fragmento [desechado] de una novela)

«...y es la suma de esas percepciones individuales yuxtapuestas y entremezcladas las que dan origen a un algo que llamamos realidad, es decir, el resultado de una serie de operaciones cognitivas que organizan la información obtenida a partir de la percepción de la dimensión espacial-temporal en la que nos desplazamos, produciendo lo que en las ciencias humanas se denomina una cosmovisión o una visión del universo, una serie de premisas y presupuestos lógicos que explican los fenómenos materiales concretos de un continuum espacial-temporal. Por lo tanto, la idea misma de realidad es irónicamente irreal, porque no existe idea humana que no sea abstracción, pero para que lo real pueda ser efectivamente percibido tiene que existir, vaya paradoja, una idea que lo defina. Para percibir lo real, el ser humano debe definirlo, aun cuando al hacerlo corra el riesgo de extralimitar la verdadera dimensión de lo real.

Si la realidad es el resultado de todas nuestras abstracciones (sentimientos, pensamientos, ideas, imaginaciones, ensoñaciones, fantasías, definiciones, conceptos, creencias, saberes, recuerdos) y percepciones (colores, formas, luces, sombras, texturas, cuerpos, sonidos, silencios, olores, sabores, calores, fríos, fuerzas exteriores e interiores, espacios, tiempos), significa que todo lo que nos rodea es una ficción construida por nuestra propia mente. A esta ficción denominamos realidad. Dentro de ella se vuelve a trazar la idea de ficción bajo otras formas: fábulas, mitos, mentiras, símbolos. Ficciones dentro de una ficción llamada realidad.»

miércoles, 15 de febrero de 2017

Tu nombre está lleno de suerte

–¿Cómo se llama el canal?
–Belén Roggiero –dijo otro profesor, repitiendo el nombre que le había dicho anteriormente.
–¿Estudia acá? –quiso saber un tercero.
–Estudió un tiempo acá –dije, desconfiando de mi memoria–. Luego, se fue a otro lado.
–Ah... –suspiró Aníbal, pensativo.
–Sí, yo vi sus videos –dijo el profesor que repitió el nombre de la booktuber que conocí en los umbrales del Abasto Shopping, el año pasado.
Ellos no saben la historia y no tienen por qué saberla. Tal vez la cuente algún día, pero no será hoy. La única obligación de los docentes era evaluar mi exposición sobre Bioy Casares.
Me preguntaron si ella era diferente a otros booktubers. Les dije que sí. En realidad, cada videorreseñista* es único. Belu, Belén, Roggiero, Belén Roggiero. Si me preguntan qué canal recomiendo en primer lugar, el de ella se abre paso a través de la memoria.
–¿Cuál fue el último libro que leíste que ella haya recomendado?
Nada, de Jane Teller.
–¿Qué edad tenés?
–23 años.
–¿Cómo hacés para leer textos académicos y a la vez ver videos? –Aníbal no dijo estas palabras exactas, pero entendí a lo que apuntaba.
Leer lleva tiempo. Mucho más de lo que pensamos. Yo tampoco entiendo cómo hacen los bloggers/booktubers/bookstagramers para leer, reseñar y vivir.
Les digo –con sinceridad– que la noción de literatura como evasión de la realidad me preocupa cuando me preguntan qué pienso acerca de cómo los lectores jóvenes acometen el proceso de lectura en la actualidad. Belén no es así. Ella deja que los libros la afecten. No se encierra en una torre de papel.
–Quizá los últimos videos no les llamen tanto la atención –les digo–, pero ha hecho análisis muy interesantes.
 Me preguntan si prefiero la crítica literaria profesional o los comentarios de los bloggers. Les dije que me quedaba con ambos. Me hubiera encantado explicarles mi punto de vista con mayor meticulosidad, pero otra chica tenía que rendir. Me dicen que espere unos minutos mientras la compañera ocupa el asiento que he desocupado. Guardo el libro de Bioy Casares en el bolso. Pienso en Belén. En el último video que subió y no comenté: una reseña de Pola, un libro cuya autora tardó en escribir diez años. Pienso, también, en la enorme responsabilidad de unificar la esfera académica con el oficio de los booktubers.
Me cierran la nota. Un nueve. Estrecho la mano de Aníbal Jarkowski** y me voy.
Salí de la Facultad, rumbo a la estación de Caballito.
«Tal vez deba decírselo a ella; quién sabe cómo, forma parte de la historia.»
Belu: este relato no cabe en un comentario de YouTube. Tu nombre está lleno de suerte. Que lo haya podido mencionar en la vorágine de palabras que componían mi examen final y que tres honorables docentes de la UBA me hayan escuchado hablar de lo que hacés con interés tiene más significado que una firma azul en una libreta universitaria.
Ojalá alguien más escribiera acerca de las videorreseñas con devoción y seriedad, así como lo hago yo. Si los cuentos de Borges colocan a los traductores y los bibliotecarios como protagonistas, ¿por qué no hacer lo mismo con los bloggers y los booktubers?
Subo, cansado, al tren eléctrico. En algún momento del viaje sueño con los ojos abiertos: de la nada surge un libro que no existe. Un tomo blando de tapa roja y letras blancas. BBB, historias de bloggers, booktubers y bookstagramers.
Alguien, algún día, escribirá ese libro.

– – –

*El término videorreseñista es rarísimo en el lenguaje de Contreras; en efecto, Roggiero no es la única booktuber conocida por el autor de Opiniones marginales. Rapetti (Los libros de Facu), Valdana (Alena Prior), Romano (hijadeposeidon), Saldunga (MattOnFire), Sardanelli (Leer es como viajar) M. Obligado y Quiroga (Un cinéfilo entre libros) configuran la nomenclatura heterogénea de canales preferidos por Julián. Cabe destacar que él raras veces deja comentarios en canales de YouTube (según él, por falta de tiempo, pero también por falta de palabras). Libro, Cámara, Acción, no obstante, es la excepción más notoria.


**Al principio, pensé que se trataba de un nombre inventado –Contreras, por lo general, cambia los nombres de los protagonistas de sus historias para preservar identidades–, hasta que investigué un poco más y descubrí que Jarkowski es real, y no un personaje ficticio. Además de fungir como docente en la Facultad de Filosofía y Letras, Aníbal Jarkowski es autor de las novelas Rojo amor, Tres y El trabajo.

martes, 14 de febrero de 2017

El fénix en el ojo de la tormenta: la escritura a contratiempo en ‘Solo déjate llevar’

La reseña de Bojack Horseman funciona, como tantos otros textos del circuito funesiano, como un intento de desestabilizar la rigurosa estructura que dio forma al blog; un deslizamiento hacia fuera, lejos de la zona de confort del comentario literario. Sol busca diligentemente una grieta en el molde para no morir en las formas agotadas. Parece fracasar, y abandona la escritura durante semanas que prometen ser meses; un fracaso «aparente», porque a veces es necesario contemplar el universo en retrospectiva y ajustar la lente para reanudar el hábito de la escritura.
Hacer literatura no es fácil. Escribir en un blog tampoco lo es. Respirar profundo es quizás, junto con Cambio de diseño y de identidad, uno de sus textos más demoledores, un acto de sinceridad; Funes, guerrera en su encrucijada personal, manifiesta a través de su obra textual la transición niña-mujer, el salto de la adolescencia hacia la madurez. Esta observación no es ni pretende ser desafortunada; Sol está en una fase de resurrección, de metamorfosis, de maduración.
Hay que tomar en serio a los bloggers. Leerlos de otra manera. Solo déjate llevar es un espacio donde la autora pone mucho en juego. Nos explica los motivos de sus ausencias sin rodeos, pero a la vez, al leerla, uno siente que algo late bajo las palabras.

«Este año la vida me ha pegado como un huracán. Como un huracán en movimiento que termina llevándome al otro punto del mundo.»
M. S. Funes, Respirar profundo

Una escritura que de pronto se desvía de la reseña de literatura juvenil para desgarrarse a sí misma. Funes, como pocos, nos muestra el ojo de la tormenta. Los artículos periodísticos «serios» que intentan describir las operaciones de lectura de los bloggers y booktubers argentinos apenas rascan la superficie del oficio. Ser blogger implica articular la obra literaria con la reseña, pero, además, arte y comentario, poesía y nota al pie, se articulan con el universo interior de quienes reseñan. Algo borgeano. El apellido de Sol tiene sabor a cuento de Borges: en Funes, el memorioso, el protagonista, Ireneo Funes, agoniza debido a que es capaz de recordarlo todo hasta el más mínimo detalle. Sol Funes no es lo suficientemente borgeana como para aburrirnos o desorientarnos; su escritura es ágil y preciosa, anaranjada, si tuviera que elegir un color, porque combina el rojo de lo atroz y verdadero con el amarillo de lo juvenil, lo nuevo, lo fresco, lo enérgico.
El personaje del relato borgeano agoniza en la oscuridad del dormitorio; la otra Funes, la Funes que muchos leemos, exorciza sus demonios con palabras. A ella, a esa niña que crece y se vuelve mujer a los golpes, le ha costado, le cuesta, escribir. Lo confiesa sin pudor y con pundonor. Porque la chispa creativa no siempre funciona. No siempre la suerte está de nuestro lado. Tampoco hace falta una arena de combate para verla sangrar. Escribo esto, no como una maniobra lisonjera de poeta de Siglo de Oro, sino porque las pruebas, los testimonios, las evidencias, están allí. Las claves de la escritura de Funes que me permiten entender el funcionamiento de su blog están a la vista.
Desde un punto de vista meramente técnico –perspectiva enteramente mía, y, por lo tanto, susceptible a cualquier margen de error–, me gusta más cómo escribe la reseña de Bojack Horseman que el estilo con el que escribió sus últimas reseñas literarias (Wink Poppy Midnight, Cuando la amistad me acompañó a casa, Por trece razones). No hay ejecuciones torpes en sus textos, pero Sol aprovecha la reseña de una serie de televisión para introducir una pequeña digresión –pequeña, pero significativa– acerca de la animación para adultos y la situación de los televidentes latinoamericanos que desconocemos lo que hay fuera del vicio simpsoniano.
El argumento de la reseña de Bojack Horseman es el siguiente: ¿cómo reseñar una serie que casi nadie conoce? Aquí, creo yo, aparece la mejor versión de Funes. Un texto bien estructurado, armonioso y condimentado con esos chispazos de humor y calidez que Sol suele transmitir en sus arranques de inspiración.
«Amigos y lectores, luego de este largo proceso de desaparición he surgido de las cenizas como el ave fénix.» Esta es la segunda oración de la reseña de Por trece razones. La mejor frase de este artículo es la que no tiene nada que ver con el libro que ha leído. Diecinueve palabras llenas de ella. Visible o indirectamente, los últimos textos de Funes tienen que ver con este ciclo de muerte y renacimiento del blogger, con estas idas y venidas que amenazan con cortar la escritura.
El blog de Sol es mucho más profundo de lo que piensan. Yo soy uno de sus lectores más interesados y más discretos. No siempre tengo la oportunidad de dirigirle comentarios que valgan la pena ser leídos. Me pareció mucho mejor escribir un humilde análisis de lo que veo en sus entradas. Justificarla, aunque no hace falta que nadie la justifique. Escribe lo que quiere, cuando quiere; no, corrijo: escribe cómo puede, cuando puede. El gesto de escribir a pesar de todo es el que da fuerza y brillo a sus palabras, es lo que nos hace leerla.
Hoy tengo el privilegio de volver a reseñar un blog que me inició en el género del blog literario. Hace más de un año lo he recomendado; ahora, lo vuelvo a recomendar, porque al leerlo, leo a alguien que entiende que no siempre se puede escribir y que se está adaptando a las reglas del juego de la vida. Sol soporta su destino, recibiéndolo con las manos desnudas y tolerando los bastonazos que le hacen saltar el alma.
Sol, pluma primaveral en el feroz estío, ha publicado un artículo prometedor que, como lector, me llena de alborozo. ¿Cómo no celebrar este retorno? Mi texto tiene pocas aspiraciones: bancar, en primer lugar, a este blog y sus esperanzas; proveer un marco teórico para analizar la blogósfera desde otra perspectiva; fabricar o habilitar, con un lenguaje casi poético, otros modos de reseñar reseñas; amparar, en la medida de lo posible, a los talentos modernos, proporcionarles un andamio en el cual sostenerse. Salvaguardar nuestro derecho de publicar lo que nos plazca, a riesgo de colocar nuestro corazón en bandeja de plata para que lo destacen los chacales. Es lo que ella hace, lo que nosotros hacemos. Aceptar estos términos y condiciones para seguir escribiendo.
Así es Funes, dieciocho veranos, apellido borgeano, espíritu sensible, soñadora empedernida, pequeña gran estrella de este vasto universo, que se juega la piel entera en cada reseña, perpetuada con ternura y felicidad.





jueves, 2 de febrero de 2017

El universitario (extracto de una novela en proceso)

“El universitario no es un tipo que estudia: es, por decirlo de un modo impreciso, un devenir constante de acontecimientos contraproducentes. Es el perro canto de un despertador a las cinco de la madrugada, el café vaporoso en un vasito de telgopor, el ruido de la fotocopiadora al reproducir setenta veces siete los párrafos inveterados de Marx y Engels, el laberinto rojo de arteriolas rimbombantes en la mirada de un alumno voluntarioso, el frío que te muerde la cara en el invierno matinal, los cronogramas inmisericordes y las inscripciones jeroglíficas en el vacío de un pizarrón. No hay aprendizaje, sino la incertidumbre del aprendizaje: la digestión de conceptos blandos que se hacen añicos cuando intentás explicarlos en clase, la elevación de una mano tímida que precede a la enunciación de una respuesta que tal vez no sea la correcta, el desesperado afán de trabar amistades estratégicas a costa del carácter antisocial que algunos arrastran desde la secundaria, el intercambio de números telefónicos, viajes a larga distancia, combinaciones de líneas de colectivos y trenes, gastos astronómicos en libros que acabarán olvidados en los sectores más polvorientos de una biblioteca casera. El universitario descree del conocimiento, en tanto nada es absoluto: es consciente de que dos más dos será cuatro hasta que llegue el día en que un matemático postmoderno demuestre a través de teorías aparatosas que los números no son tan inflexibles como parecen, y de pronto la aritmética occidental padezca la obligación de cambiar las reglas por el capricho de un docente al que se le antojó dilapidar el sistema de numeración decimal.”

lunes, 30 de enero de 2017

La voz de las que mueren: acerca de “El incidente...”

Una chica me hizo recordar un poema que escribí acerca de algo que pudo haber sido un crimen. Publiqué El incidente del Boulevard Perón a las 6:30 a.m. como una reacción a una publicación de Facebook, mientras escuchaba jazz con auriculares.

Hay quienes persisten en conservar una oposición tajante entre los medios masivos de comunicación y la escritura poética.

Pulsaciones, de J. Ruescas y F. Miralles, se sostiene en el artificio de los mensajes de textos. Es una de las obras más significativas de la literatura juvenil contemporánea. Un ejemplo fresco de cómo la literatura pone en crisis esa distancia ilusoria entre la máquina y el arte. Una representación de la mediación de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas; el eje narrativo es la pérdida de la memoria y la promesa de una historia de amor.

Yo fui un poquito más allá. Arrancar una frase del muro de alguien, comerla con rabia y vomitar una protesta en verso. Tomar agua del río, y escupirla en el río, y ver cómo se forman burbujas inútiles en la superficie podrida de lo real. El incidente… es deliberadamente social, un síntoma del #NiUnaMenos, un miligramo de feminismo en la sangre de alguien que cree no serlo, que descree de las banderas políticas y de la política misma.

Las mujeres no mueren por su ideología o su religión. Dentro de la ecuación del asesino, ser mujer es condición suficiente para ser golpeada, violada y asesinada.


El Incidente me recuerda eso. El miedo de las que caminan en la calle sin saber si acaso volverán y nuestra vergonzosa condición de cómplices al enmudecer la voz de las que mueren.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!