domingo, 9 de julio de 2017

Paréntesis de un mes

Algunas demoras son imperdonables.

Fuera de este texto, de ejecución acelerada y torpe, no publicaré nada más en todo el mes de julio. Realmente, después de una temporada en mis propios infiernos de tinta, necesito descolgarme del blog sin miedos ni culpas. I’m sorry, Sol Blanco, sé que me nominaste en el Book Tag: Under 200. Pero la sed de desconexión me excede. Agradezco la nominación.

En las entradas anteriores prometí un montón de cosas que sé que no cumpliré a corto plazo. En agosto, tal vez, me hallarán más fresco y animoso. Por lo demás, mi mente está en jaque mate, ocupada en otros proyectos externos a Opiniones marginales. No obstante, aprecio infinitamente a los que me siguen bancando, a esos lectores clandestinos que se suman a cuentagotas o en grandes oleadas.


Se abre un paréntesis de un mes. Comamos, bebamos y reposemos, que largo camino nos resta...

sábado, 17 de junio de 2017

¿Y si hablamos sobre la universidad?

     En mi lista de pendientes hay una monografía de Literatura Argentina I, un coloquio para una clase de Francés, un libro prestado que apenas comencé a leer (La historia del loco, de Katzenbach), otro que no empecé (Cell, de Stephen King), una historia que abandoné (La invención de la soledad, de Paul Auster) y la escritura de una novela que interrumpí para proseguir con mis obligaciones anteriores. Peeero...

     Hoy quiero hablar de otra cosa. Específicamente de la universidad.



     Yo soy estudiante de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. A pesar de que amo mi carrera y no puedo imaginarme a mí mismo haciendo otra cosa que no esté relacionada con literatura, nunca tuve la necesidad de hablar de lo que significa para mí ser universitario hasta que empecé a conocer a algunas personas que, ya en el último año de la secundaria, me confiaron sus inquietudes acerca de qué carrera o qué universidad elegir.

     En mi caso, aunque en el CBC tuve una crisis de y cada dos por tres quería arrojar las fotocopias por la ventana, ya tenía definido algo para mi futuro.

     Que las Letras formaran parte de él.

     Así que, teniendo en cuenta algunas de las cuestiones que me han presentado chicos y chicas en vías de terminar la secundaria, se me ocurrió preguntarles a ustedes, los-que-me-bancan, si quieren que escriba un poquito más acerca de mi experiencia universitaria y si desean que hable acerca de cuestiones concretas como la vocación, la elección de una carrera, etc.

     Les advierto que no soy el estudiante ejemplar y que ni siquiera estoy en la mitad del trayecto. Así que, en términos más o menos generales, como que estamos en la misma...

     Debido a esta época de exámenes últimos, la continuidad de Opiniones marginales obviamente se ha visto afectada, pero pronto el flujo de publicaciones se reanudará ni bien cumpla con mis responsabilidades. Mientras tanto, si desean dejarme alguna preguntilla por este blog, pueden hacerlo comentando esta entrada.

     Finalmente, leí El legado maldito, de Jack Thorne y John Tiffany. ¡HURRA! Tenía ganas de escribir una reseña acerca de esta obra teatral que suscitó opiniones encontradas en la comunidad potterhead. Sin embargo, como hay mucha tela de cortar y el tiempo es poco, es probable que postergue la publicación de esta reseña para un futuro cercano, y retomemos algunas cuestiones del universo de Harry Potter en la sección de Ravenclues.



     ¡Esto ha sido todo! ¡Que tengan un buen finde, y nos leemos próximamente!

miércoles, 14 de junio de 2017

Reseña: “Los intestinos inflamados”, de Anahí Ferreyra



–Papá no es tan malo...
–¡Uf, tu padre!
–Bueno,
está tratando de cambiar.
–Sí.
Todos estamos
tratando de cambiar.





Este libro me hizo sangrar los dientes.

Como un puñado de vidrio quebrado en tu boca, te abre surcos hondos en la lengua, dejándonos sin habla. Que no nos engañe su brevedad. Como una postal que representa un paisaje urbano, Anahí Ferreyra describe el microuniverso de una niña atravesada de adolescencias a fuerza de salvajes pinceladas. Lo que nos ofrece es un cuento que se sostiene en la solidez de los diálogos, la calidad humana de sus personajes, la alternancia de narradores, las ambivalencias y las incertidumbres.

El punto de partida es la relación disfuncional entre la niña y su padre biológico; el hecho de saberse accidente es lo que desencadena la trama.

El libro está genialmente escrito a tal punto que siento que no podría hablar de la historia misma sin estropearla con mis propias palabras.

Lo que sí puedo decir es que el artefacto de Ferreyra incorpora algunos ingredientes interesantes, como la elección de dos finales posibles y una dedicatoria larguísima que analizaré otro día. En esas líneas denuncia sus influencias –Puig y Cortázar, los notorios apellidos–, menciona varios nombres propios y condensa su inmensurable sentimiento de gratitud a los lectores de sus obras.

Los intestinos inflamados es una pieza minimalista publicada en el circuito independiente que me ha complacido leer y reseñar. Una lectura ligera pero potente, un estallido de granada que disemina esquirlas en el interior del espíritu, obligándonos a cuestionar una o dos cositas acerca de las relaciones humanas y el abismo de los sentimientos no correspondidos.

Aquí consigno la página de Facebook de la editorial Las Desenladrilladores.


Y a modo de cierre, agradecer a la autora que me ha tendido gentilmente una de sus piezas poéticas. Si me estás leyendo, Anahí, ¡gracias!

lunes, 29 de mayo de 2017

Reseña: “Todos deberíamos ser feministas”, de Chimamanda Ngozi Adichie + reflexión + dedicatoria

A Nati, a Terco
y a Belu (otra vez y siempre)



Quiero cerrar este mes con una reseña especial.

Antes de hablar de este libro, quiero hablar un poco de mí y mi relación con el término «feminismo».

Yo nunca pude corresponder a los irrisorios modelos de masculinidad que mi ambiente social instituía desde mi infancia. No me gusta hablar de deporte, de autos y (mucho menos) de «minas». Era introvertido, evitaba relacionarme con otros chicos de mi edad y no compartía sus mismos intereses.

En mi preadolescencia tuve la inevitable desgracia de conocer a otros muchachos que empezaron a cuestionar mi sexualidad en base a mis actitudes hacia el sexo opuesto. «Julián, ¿vos sos gay?» «¿Sos puto?» «¿Nunca le miraste las tetas a J.?» «¿Por qué no te gusta el fútbol?» «¿Por qué hablás de esta forma?»

Sí, literal. Me acribillaban a preguntas todo el tiempo.

Era una época donde mi autoestima se desintegraba y reconstruía constantemente. Yo tenía que aclarar –ahora me pregunto por qué– que me atraían las mujeres. Pero las palabras no alcanzaban nunca. Entonces, empecé a adoptar actitudes impropias de mí, consciente e inconscientemente.

Intentar «encajar» en ese microuniverso que no me aceptaba.

Por fortuna, fracasé.

Las construcciones culturales de mi ambiente social avalaban (¿no debería escribirlo en tiempo presente? Avalan) un modo de comportamiento establecido por el sexismo. El machismo no es sólo la fuerza física de un puño en la cara de una mujer. Es un peligroso sistema de pensamiento que encubre y oculta una serie de problemáticas mucho más complejas. La envergadura de este sistema llega a tal punto que cualquier varón que presente un comportamiento-no-prototípicamente-masculino (pongámoslo en términos sociológicos para que suene bien), es tachado de «pollerudo», «maricón» o «puto».

Y estoy siendo suave. Muy suave.

Así, cuando empecé a notar actitudes agresivas de algunos hombres de mi entorno respecto a sus parejas femeninas, me sobresalté.

¿Actitudes agresivas? Corrijo: escenas de violencia. Varones que callaban abruptamente a sus parejas en medio de una conversación o se mofaban de ellas en público. Declaraciones misóginas y aberrantes de adultos «a los que tenía que respetar». ¿En qué momento una típica discusión de pareja deja de serlo? ¿Cuando le decís a tu cónyuge que cierre la boca? ¿Cuándo hacés el eterno chiste malo acerca de las mujeres y las tarjetas de crédito? ¿Me tengo que reír de esto o me puedo ir? 

«No quiero ser como ellos», me decía a mí mismo.

Ni siquiera pensaba en el feminismo*.

El colectivo #NiUnaMenos no modificó en absoluto mi actitud hacia los problemas de las mujeres. Al contemplar las manifestaciones a través de las pantallas de televisión, pensaba: «¡Por fin la sociedad ha abierto los ojos!» Pero era un pensamiento cobarde, vacío, fruto de la contemplación, el desinterés y la inacción. Mi reacción ante cualquier problema seguía siendo la misma: mirar hacia el otro lado y dejar que las autoridades pertinentes se hagan cargo de la situación. «Aquí se libra una batalla a favor de una causa justa, pero el feminismo no es para mí», pensaba eventualmente.

Porque sólo puede ser ejercido por las mujeres.

Los hombres están fuera de la ecuación.

O, al menos, eso era lo que pensaba.

Belén Roggiero es booktuber; en su canal, Libro, Cámara, Acción, presentó una maravillosa reseña sobre un libro que influiría gravemente en mi vida: Para acabar con Eddy Bellegueule, de Edouard Louis. Poco tiempo después de ver el video, conseguí la novela y la comencé a leer a bordo del 136 rumbo a mi trabajo, un día en que los trenes no funcionaban.

La historia de Eddy me desgarró.

Este año comencé –y aún continúo leyendo– El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Extenso, pero enriquecedor.

Hace unos días, en una librería de la calle Puán, hallé un libro que Nati, administradora de Khaleesi Geek, había reseñado: Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie.

Lo compré. Era el último tomo disponible en el local. No me tomó mucho tiempo leerlo.




Una mujer
puede ser igual de inteligente, innovadora
y creativa que un hombre. Hemos evolucionado.
En cambio,
nuestras ideas sobre el género
no han evolucionado mucho.





Ahora quiero recomendárselo a todo el mundo, y seguir leyendo el resto de la producción textual de esta autora. Porque tiene mucho para decir al mundo. A hombres y a mujeres.

Este libro es una adaptación textual de una conferencia impartida por Adichie en 2012. A través de anécdotas, recuerdos de infancia y situaciones narradas con una refrescante cuota de humor, ella explica cuál es su posición respecto a las cuestiones de género en el mundo contemporáneo y cómo estas problemáticas afectan a ambos sexos.

La preocupación principal de la oradora es desmantelar los prejuicios en torno a la palabra «feminismo». Los medios de comunicación, especialmente las redes sociales, configuran un estereotipo de feminismo encarnado en un neologismo de reciente circulación: la idea de hembrista o feminazi. Adichie no la refiere en ningún momento, pero podemos arrojar una lectura sobre la construcción de la imagen negativa de la mujer feminista a partir del discurso de esta autora.

¿Por qué la mención del feminismo está tan cargada de connotaciones negativas en nuestra sociedad? Este es uno de los principales cuestionamientos que se plantea este libro. No es el único.

Ser feminista no es solo cosa de mujeres. La lucha corresponde a ambos sexos. El machismo imperante en las sociedades contemporáneas también afecta a los varones al encerrarlos en estereotipos fijos y en modos de comportamiento que coartan su libertad de acción y pensamiento. Porque los hombres, en este modelo de sociedad, «no pueden ser sensibles» y deben ser obligadamente «el sostén de la familia». Esto, por poner unos pocos ejemplos; hay mucha tela para cortar.

No quiero extenderme más en esta reseña porque Adichie lo resume todo en un discurso sencillo, transparente y movilizador. Pero sí quiero aprovechar esta oportunidad para decir que hay que perder el miedo a la palabra feminismo.

Hay que empezar a interiorizarnos en estas cuestiones, informarnos bien, obrar responsablemente y ser críticos. Ser feminista no significa ser sexista. Se trata de visibilizar los problemas económicos, políticos y sociales que produce esta visión machista del mundo y que afectan a ambos sexos en diferentes grados y niveles.

Este artículo, mitad catarsis y mitad reseña, tiene dedicatoria. Lo cual es rarísimo porque Opiniones marginales siempre se cierra sobre sí mismo. Pero sin el blog de Khaleesi Geek, capitaneado por Nati y Terco, a quienes sigo desde hace largo rato, no me hubiera topado con la charla de Adichie. ¡Gracias a ambos! Y, por supuesto, recomendar hasta que me sangren los labios el canal de Belu (Libro, Cámara, Acción), que me abrió las puertas a lecturas maravillosas que me marcaron como lector, como escritor y como ser humano.





NOTA


*Una mentira a medias: hay al menos otros dos textos en Opiniones marginales que, si bien no se podrían considerar directamente feministas, marcan una incipiente preocupación por la violencia de género. El incidente del Boulevard Perón a las 6:30 a.m. es un poema acerca de un intento de secuestro inspirado en un caso real. Transgresiones es un relato donde se narra una pelea de perros mientras un televisor transmite la noticia de un femicidio. Ambos textos datan de 2016.

viernes, 26 de mayo de 2017

Eso que llamamos «magia»: definiciones y teorías

La pregunta más importante es la que nunca se responde. Sin magia, el universo de Harry Potter no funcionaría. Pero, ¿cómo definirla en la lengua de los muggles?

¿Está definida por un principio puramente biológico? A lo largo de la saga se hace una distinción entre magos y no magos, pero hay hijos de muggles que pueden hacer prodigios, como Hermione.

¿Acaso la magia es intrínseca a los seres humanos y se concentra más en algunos individuos que en otros? Esto explicaría como los descendientes de muggles se inician en la magia y llegan a ser tan o más habilidosos de los de ascendencia pura, pero no rebatiría completamente el argumento genético. De hecho, entender el punto de vista de los magos acerca de la relación entre la sangre y la varita de un mago es fundamental, porque explica la postura ideológica de determinados personajes a lo largo de la heptalogía.

Por último, ¿qué papel juegan los squibs en la sociedad mágica? Rememoremos: un squib es un hijo de magos que no puede hacer magia. Una buena razón para apiadarnos, si esto es humanamente posible, de Argus Filch, celador de Hogwarts. Detrás de este personaje torvo y gruñón debe haber un niño destrozado por el rechazo, ¿no lo creen?




Nadie puede definir eso que llamamos magia, pero si se les ocurre algo, pueden escribir un comentario en esta entrada.


¡Gracias por leer y nos leemos en el próximo artículo de Opiniones marginales!

domingo, 21 de mayo de 2017

Reseña: “La cautiva”, de Esteban Echeverría





“Mira este puñal sangriento
y saltará de contento
tu corazón orgulloso...”







     Si quieren leer una historia con un personaje femenino fuerte, La cautiva es la recomendación perfecta para el invierno venidero. María, puñal en medio de la pampa, está a la altura de las Katniss y las Tris que hoy en día muchos admiran.

     Por lo general, se ha visto en muchas ediciones que esta pieza poética está acompañada por un cuento escrito por el mismo autor: El matadero. De esta relato ya nos ocuparemos en otro momento, en una próxima reseña.

     Unas aclaraciones.

     Primero: La cautiva es un poema...

     Segundo: ...publicado en 1837...

     Tercero: ...escrita por un autor argentino.

     Uno, dos, tres. Hay una cuarta: la representación del «indio» como salvaje, un tópico de la época que no desarrollaré exhaustivamente, porque en el siglo XIX a nadie se le ocurría pensar que los nativos americanos también eran seres humanos. Hay que tener en cuenta que Argentina era una patria fresca que acababa de divorciarse de España; con las tropas realistas expulsadas, la Independencia recién firmada y un puñado de provincias intentando organizarse y desangrándose en medio de guerras civiles...

     Bueno, hacer literatura en este contexto no es fácil.

     Echeverría, sin embargo, lo logró.

     El argumento: un hombre y una mujer raptados por un grupo de indios.

     O sea, lo que habitualmente podríamos esperar en los relatos ambientados en la frontera. El cliché colonial del malón con lanzas, caballos y fusiles.

     ¿Qué fue lo que más me llamó la atención de La cautiva?

     Que María hace todo lo que está a su alcance para salvar a Brián, su amado, de la pampa y sus peligros. Inspirada por el amor más puro, hace todo lo posible para liberarlo y mantenerlo con vida.

     El héroe no es el hombre, sino la mujer.

     La cautiva, en su forma poética, con una métrica predominantemente octosilábica precisa y sencilla, se deja leer con facilidad. En líneas brevísimas Echeverría nos describe los amaneceres y atardeceres en la llanura pampeana, de una forma tan hermosa y fascinante que a veces olvidamos que a pesar de la belleza existe el horror en sus contornos.

     Otro aspecto interesante son los epígrafes y las citas que preceden a cada uno de los capítulos: referencias a Byron, Lamartine, Dante Alighieri, Víctor Hugo...

     Lo local se mezcla con lo universal, tanto formal como temáticamente; a pesar de las locaciones, el drama de los amantes que luchan contra el destino para estar juntos es una de las tramas más consagradas de la historia de la literatura. La pluma de Echeverría, sin abusar de los colores locales, ha demostrado estar a la altura de las circunstancias para presentar una obra que instauró el romanticismo en el Río de la Plata.

     La cautiva es una de las primeras joyas de la literatura argentina que seduce, atrapa y fascina, como el dorado sol que baña el horizonte de fuego y sangre. Pero la marca diferencial que la distingue de otras historias es que, en esta ocasión, es la mujer la que sostiene el puñal de su destino.