martes, 31 de diciembre de 2013

A la vuelta de la esquina

La Tierra termina de rodear al Sol en círculo completo, aunque poco importan al hombre común las vicisitudes de la astronomía.

Es hora de deshacernos de este viejo ciclo. Las agujas del reloj marcan la explosiva medianoche: llegó el momento de afilar los bordes de las copas de cristal para el brindis final.

Este es el último capítulo de un libro leído, el epílogo del calendario tachado, los créditos de este largometraje de doce meses.

El cohete prematuro que cruza el negro cielo marca el primer párrafo de la próxima aventura que encarnaremos. Cuando echemos la mano encima de los platos hastiados de garrapiñadas y dejemos caer los labios en la azucarada textura de la sedosa sidra, estaremos paladeando también la frescura de una nueva etapa.

Empero, no nos subamos aún a la plenitud de la jarana ni penetremos los vagones del trencito de la alegría que se descarrilará en los días futuros por los rieles de la costumbre imperiosa. Entreguémonos a la reflexión, aunque sea para prolongar el indeciso intersticio entre el atracón y el bailongo.

¿Por qué brindamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué victoria suscita la risa? ¿Qué derrota amerita el llanto? ¿Qué dolor justifica el abrazo? ¿Qué ternura provoca el beso?

Todas las respuestas se condensan en un solo punto. La vida. Esta es razón suficiente para celebrar mil y un fiestas. Hoy estamos. Comemos, bebemos, respiramos…

Y vivimos.

Brindemos, pues, por la vida que late en el presente. Mañana, dice el refrán, será otro día. Mañana nos veremos, si Dios quiere, a la vuelta de la esquina…

viernes, 27 de diciembre de 2013

Cortes programados

Hablar de cortes de luz programados es un insulto al sentido común. Imagínese a un doctor diciéndole a un paciente lo siguiente:

–Mire, vamos interrumpir la circulación sanguínea desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, a ver si se cura.

La electricidad es un servicio público y la sangre es una sustancia vital.

La patria no necesita interrupciones anunciadas. Necesita soluciones efectivas. Cronometrar al desastre no corresponde a un país de progreso. Dictaminar medidas semejantes solo puede tener lugar en el corazón de una nación de bárbaros.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Después de Navidad

El cadáver caluroso de las fiestas se pudre en el pedestal de la rutina. De la exuberante mesa de bocadillos quedan vestigios de carne asada y platos sucios como conciencia de reo.

El sobrio amanecer nos sorprende con el estallido de unos cohetes tardíos que sobraron en el suministro personal de algún vecino que, asqueado de aburrimiento o ajeno a la idea de ahorrar petardos para el Año Nuevo, se dedica a inquietar un poco más las orejas de los perros aterrados por los fuegos artificiales que irradiaron su estruendoso brillo en el moribundo jolgorio.

El gusano de la resaca penetra la ternura de los intestinos y rueda nuestra cabeza sobre el trémulo filo del malestar más profundo. La mente emerge con recuerdos borros de la noche anterior; la sensación de incertidumbre es proporcional a la concentración de alcohol en la sangre, dependiendo de la cantidad de copas que nos hayamos llevado a la boca en las horas irrecuperables.

Evito, en mi caso, los placeres etílicos para deleitarme en el simple sabor de una gaseosa de naranja, reservando un trago de sidra para niños hacia el brindis final.

El consumismo compulsivo de la temporada navideña, a pesar de la elemental tendencia inflacionaria que caracteriza a nuestro buen país, no nos azora con demasía. La heladera llena de sobras mustias nos da abasto para las cenas venideras.

El mundo recupera el ritmo de la costumbre. Hacia enero, cuando agotemos la figura de los Reyes Magos, todo volverá a la normalidad.

martes, 24 de diciembre de 2013

Antibrindis navideño

No hay árbol de Navidad en casa ni adornos coloridos que lo sustituyan. ¿Será por los precios de los ornamentos o por ahorrarnos el mero desgano de armar una planta de plástico en una habitación calurosa?

No importa. Mayor prioridad tienen los perros del hogar, cuya tortura mayúscula serán los fuegos artificiales de la tempestuosa jornada.

La Navidad no me parece tan alegre. El índice de incredulidad de los párvulos ante el mito de un hombre de traje rojo que reparte obsequios a los niños de todo el hemisferio a bordo de un trineo arrastrado por renos voladores se ha acrecentado en los últimos años. La magia de esperar a Papá Noel es una ciencia perdida que junta telarañas en la repisa de tradiciones olvidadas.

Las calles de mi barrio se llenan de risas y aullidos. Sospecho que los hospitales especializados en quemaduras se armarán de valor en estas bulliciosas semanas para atender a una cantidad adicional de pacientes lacerados por el filo de la pirotecnia manipulada.

Es más: apuesto mi propia billetera (vacía, por supuesto) a que un hombre pierde el ojo izquierdo por un corchazo accidental. ¡Lo desafío, si quiere!

El verdadero dolor para los bolsillos no son los regalos envueltos en papel metalizado para los mocosos que tuvieron la caradurez de llevarse tres materias a diciembre y que se aprovechan de la blandura de carácter del padre para salirse con las suyas. Con lo que cuesta inundar la mesa de comida te habría alcanzado para comprar un tanque soviético con piloto incluido y manual de instrucciones.

Ni hablar del calor de la estival y casi tropical temporada de verano que nos asfixia de la noche a la mañana, sin tregua por los desgraciados porteños.

Si me acusa de antipático a raíz de estos párrafos aguafiestas, tiene toda la absoluta razón. Mi personalidad es una pieza que no encaja en el rompecabezas de las fiestas desenfadadas o las reuniones de amigos. Lo que no quiere decir que no tome una copa llena de sidra sin alcohol para brindar por un año más de penurias sufridas y alegrías vividas.

Olvídese de mi escepticismo y brindemos. Por los imprudentes que se queman los dedos con bengalas chinas y por los pobres que no tienen un mango siquiera para comprarse la estrellita de la punta del árbol de Navidad que no poseen. Por los ebrios de la noche que caminan con paso torcido por las avenidas solitarias y por los oligofrénicos adolescentes que revientan petardos al borde de la ignición humana, ejecutando un disparo a quemarropa a los tímpanos de los recién nacidos y los vulnerables cachorros de las residencias de Buenos Aires. Brindemos por la agónica dieta que tuviste que hacer para ponerte ese vestido horrendo color amarillo canario que te hace ver como un saco de limones agusanados y por el mantel de la mesa manchado con ese vino berreta que trajo el tío Hermenegildo del mercadito de la esquina.

Celebremos esta fiesta que ni siquiera pertenece a ninguna de las tradiciones sudamericanas y corramos como idiotas alrededor de la planta de naranjas en el patio trasero de la casa de la abuela, empuñando bengalas que parecen míseras chispas de fósforos mojados.

Ahora sí... Brindemos. ¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo! ¡Chin-chin!

domingo, 22 de diciembre de 2013

¡Hace mucho calor!

Una nueva temporada de calores exasperantes ha comenzado a ejercer su insoportable influencia sobre la faz de Buenos Aires. La delgada indumentaria de los porteños es pintoresco reflejo de los grados centígrados que nos carcomen día a día la piel en el ejercicio de nuestras fútiles obligaciones. Las hijas de la ciudad no dudan en andar por la vía pública en paños menores, suscitando excitaciones en el ojo de los transeúntes y enardeciendo la frecuencia cardíaca de la subespecie humana conocida como los ‘viejos verdes’, de los cuales tendré tiempo de ocuparme en otra ocasión.

Los jóvenes vigorosos exhiben sus diáfanos pectorales, los niños deambulan por las esquinas con sus gorros coloridos y los colectivos se transforman en píldoras de calor con la mitad de los habitantes de la Capital Federal comprimida en su panza de hierro.

No sé que le ven de atractivo al diabólico verano ni qué clase de ingeniosas artimañas ha empleado esta malévola estación para engañar al humano pueblo con su perfume de fuego.

Será pura eventualidad que el calendario gregoriano reparta los períodos de receso de los trabajadores precisamente entre diciembre y febrero, época en la que los termómetros se suicidan en este rincón inflamado del hemisferio Sur y los meteorólogos se ganan el indiscutible de la nación en cada error de pronóstico. Será la inclinación de la esfera terrestre y la posición geográfica de mi tierra natal en complicidad con las consecuencias del efecto invernadero acompañado por el cambio climático que amenaza con entorpecer la continuidad de la existencia humana…

Estoy delirando. Será, simplemente, que le tengo bronca al verano. Sea como sea, hasta que no experimente la sobriedad del invierno, alzaré la voz en el patio trasero de mi casa y elevaré mis brazos hacia el firmamento en señal de protesta para gritar mi perenne queja: ¡Hace mucho calor!

viernes, 20 de diciembre de 2013

Esclavos de la electricidad

Cuando te cortan la luz, te rompen las piernas.

Es altamente probable que usted, estimadísimo lector, ocupe generosas porciones de su tiempo en vicios tales como Internet, videojuegos o televisión. La privación de esta grácil forma de energía nos veda del ocio electrónico; a lo sumo, rayaremos el síndrome de abstinencia tecnológica durante un buen, buen rato.

Esto no es lo preocupante, aunque los dedos te tiemblen después de soltar el teclado de la computadora.

Que se interrumpa la cadena de frío, que no funcionen los ventiladores o que el cargador de tu teléfono celular se convierta en un rectángulo negro tan inútil como un timbre en el cementerio coronan el repertorio de prioridades urgentes de ahora en adelante.

Mientras encienden velas o contemplan las límpidas estrellas en la bóveda celeste de este vago mundo, uno aprende a tomar conciencia de nuestra excesiva dependencia por el suministro eléctrico.

¡Qué prodigiosa ironía!

Una sociedad libre hecha de esclavos. Esclavos de la electricidad. Sabuesos que, ante la inmovilidad de un lavarropas o un secador, aúllan en la oscuridad por el amo perdido, entregándose a una momentánea y bestial resignación.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Solipsismo literario

Me tomo la molestia de señalarme a mí mismo como un solipsista literario. Me acuso de fomentar el escapismo creativo, de abstenerme de la fabricación artesanal de profundas críticas sociales. Culpable soy de ser un observador de mi propia cotidianeidad, procurando el perfeccionismo de una estética individual ajena a las controversias contemporáneas de mi nación. Aspiro a la poesía y a la belleza, no a la sátira o al compromiso político.

No me gusta hablar de los acontecimientos de último minuto. Por ejemplo, la muerte de una celebridad polémica o la confrontación de determinadas facciones del gobierno. Me parecen temas que no me corresponde tocar, independientemente del grado de patriotismo o humanidad que sostenga en mi vida privada.

Esto no quiere decir que no tenga preocupación por la realidad en la que vivo. Sin embargo, hay bocas que parlotean, lenguas que mienten y gargantas que critican.

Prefiero ser un tipo callado y bien informado a que un charlatán sin ideas.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Huelga mental

Se habla del bloqueo de escritor como si fuera un amotinamiento de neuronas que se rehúsan a trabajar en la fábrica de creatividad por falta de recursos imaginativos. En cierto modo, es una huelga mental. En medio de una novela trascendental quedamos a mitad de camino y nos damos cuenta que la envergadura de nuestro talento presenta límites que no supimos apreciar a simple vista. No existe buen escritor que no se haya devanado los sesos al borde del existencialismo por dos puntos y una coma mal puestos en una oración.

Si ya es difícil dar el primer paso hacia un libro, mucho más lo es continuarlo, y aún darle fin con un golpe de gracia. Ser escritor implica arrastrar el alma del lector desde el primer párrafo hasta el último y remover sus sentimientos atrapados en las válvulas más íntimas del corazón.

No propongo métodos para combatir el bloqueo de escritor. Cada uno sabrá qué hacer con sus obstrucciones artísticas. Divisar los bordes de esta laguna que se oculta en las bifurcaciones del hemisferio derecho del cerebro puede ser de utilidad para el fresco poeta: la vacilación por saber cómo seguir escribiendo, contratiempo y demora que carbura los pensamientos, forma parte también del oficio del escritor.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Las intermitencias de la rutina

La cotidianeidad es una deidad que exige toda mi concentración. Entre el alba y la medianoche se dilata un repertorio de acciones que me vedan de escribir ininterrumpidamente. Aunque lograra desprenderme de toda responsabilidad para entregarme a la labor artística las veinticuatro horas del día, no es posible vivir de la nada. Trabajar y estudiar son verbos indispensables en el diccionario de la modernidad humana; ni hablar de comer, dormir o bañarse.

En las intermitencias de la rutina encuentro el lapso necesario para desenvolverme en palabras. Siempre hay una instancia del día para leer y escribir. Descubrir estos intersticios temporales es asunto del poeta afanado.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Condena Cumplida

En mi último año de secundaria celebré la entrega de diplomas con otros doce alumnos: ocho mujeres y cuatro varones. Por acuerdo común, consentimos en adoptar un lema que identificara esta bella etapa de superación académica y personal: CONDENA CUMPLIDA. Hay que admitir que, a pesar de los matices irónicos, la frase tiene un peso poético contundente.

Cuando los directivos leyeron estas dos palabras cargadas a nuestras espaldas, una pequeñísima polémica tuvo lugar en la institución. Ningún adulto civilizado permitiría que los adolescentes de esta generación contemplaran la educación como un ejercicio carcelario.

La novedad llegó a oídos de mi madre, quien expresó:

      ¿No había una frase más bonita?

A pesar de las minúsculas controversias, la ‘sentencia’ era irrevocable.

El tiempo se encargó de disgregarnos a todos después de la graduación. Una de mis compañeras se encaminó hacia los senderos de la abogacía; otro colega pugna por imponerse en el camino de la música; otra muchacha concibió a un hermoso bebé. Las noticias de los estudiantes se tornaron cada vez más esporádicas y mis ocupaciones individuales me han obnubilado, anegando u opacando el interés por saber qué ha sido de ellos.

Me apena confesarlo de esta manera, con toda la crudeza que implica, porque la madura rutina de todos los perros días ha aplacado aquellas antiguas tardes de secundaria. Hay instancias de la semana en las que me sorprendo recordando las bromas de Iván o los consejos de la profesora Gladys. La memoria me devuelve comentarios inconexos y risotadas juveniles que antes poblaban mis oídos hace varios años.

Soy nostálgico a mi manera. Sin demostrarlo. Sin proponerlo. Sin poner las cartas sobre la mesa. Desde tiempos inmemoriales fui un chico hermético y cerrado. Mis compañeros y algunos docentes, más precisamente los que me orientaron en las ramas de las ciencias humanas, me recordarán como un pequeño sabelotodo, reputación de la cual no me arrepiento de haber consolidado. Lo que hoy no me perdono es no haber compartido con mayor libertad mis instantes de adolescencia con los ‘condenados’ de tercer grado de polimodal.

Mis días de secundaria han muerto. Y hace bastante tiempo que he dejado de ver a mis entrañables compañeros de secundaria. Acúsenme de olvidadizo o de distraído, si quieren. Pero hay cosas que nunca se olvidan. Bromas, juegos y discursos serios. Momentos adoquinados en la mente que te remueven el alma. Y, entre la ensalada de imágenes del pasado escolar, la sonrisa de quienes notaron en mí una vocación para las letras, aliento al cual me aferro en cada fecha de examen o en las embestidas de los trabajos prácticos para transformar en realidad la confianza que mis antiguos camaradas depositaron alguna vez en mi diminuta persona.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Los escritores de La Tinta Dorada

Más allá de la autenticidad de mi vocación como hombre de letras, todo espíritu creativo requiere compartir el incipiente don de encadenar bellos versos con seres cuya magnífica comprensión de la literatura no se reduzca a las limitaciones meramente académicas.

En términos un poco más asequibles, el escritor, a pesar de las cavilaciones solitarias que fragmentan su personalidad taciturna, necesita exponer sus pensamientos escritos ante un minúsculo auditorio de poetas que inclinen su crítica atención a las marchitas rimas recitadas por el artista adolescente.

En palabras mucho más simples, un escritor necesita amigos. Y, muy a pesar de mis incurables defectos, veo gloriosos camaradas a mi lado que, con este aire de fraternidad, siguen formando activa parte de mi vida, en mi faceta de escritor y de persona.

Si bien esta heterogénea conjunción de almas sensibles ha existido desde mucho antes de mi llegada, el grupo en sí carecía de un nombre propio. Ignoro a quién se le ocurrió bautizar a esta alianza de soñadores con el glorioso rótulo de La Tinta Dorada. El título nos gustó tanto que lo asumimos como nuestro.

Una vez por semana nos reunimos y damos rienda suelta a nuestra imaginación.

Lejos de la estética suntuosa que caracterizó a otras tertulias literarias históricas, tales como los Inklings anglosajones o el porteño grupo de Florida, La Tinta Dorada aúna a prodigiosos adolescentes cuya afinidad por la literatura no se limita a un estilo unánime, sino que comprende, según sus integrantes, una exquisita variedad de gustos artísticos.

En más de una ocasión hemos entremezclado manuscritos que comprometen diferentes calibres estilísticos. Mientras un muchacho, bajo el influjo del terror, escribe un relato impecable y desgarrador, una chica lee una poesía que mueve las fibras de la sensibilidad. Otro joven, devoto amante del deporte, manifiesta su personalidad inconformista a través de sus cómicos textos satíricos; un varón arriesga sus párrafos en visiones oníricas, nebulosas e imborrables; otro, cuyo gusto por el hip hop es de antemano conocido en el ambiente, maneja el arte de la rima con la facilidad de la respiración humana. Uno de los chicos, quizás el más callado, ha escrito narrativas perfectas que hasta el día de hoy alimentan mi inspiración.

Dos profesores de Lengua y Literatura presiden las interesantes clases semanales. Un hombre y una mujer, respectivamente. El primero, de barba prolija y voluminosa corporalidad (no me animo ni por asomo a incurrir en otras adjetivaciones menos venerables) es un verdadero erudito en materia de cine y tiene una gracia irreparable para introducir agudos comentarios que iluminan la tarde a los estudiantes. Uno de sus alumnos suele referirse a él como 'El Capitán'. Un apodo que se ha ganado pero no gracias al poema de Walt Whitman.

En cuanto a la profesora, una hermosa mujer de cabello largo y castaño, debo destacar su contagiosa fascinación por autores como William Shakespeare o José Saramago, entre otras figuras literarias. Ella es la que aporta el toque de lirismo que complementa la plenitud del taller, ella es la que nos anima a abordar complejas temáticas como el amor o el destino, a la luz de otros personajes. (Como Alejandro Dolina, otro transmisor de genialidad cuyos relatos agotamos cada dos por tres.) Sus conocimientos de arte, cine y televisión no son inferiores a los del Capitán; aunque, eso sí, a diferencia de él, carece de un sobrenombre preciso.

Es bajo la vigilancia de estos seres entrañables que los miembros de este taller escriben con absoluta libertad. Estos docentes han comprendido a lo largo del oficio que el talento, como el alma humana, tiene una identidad propia e irrevocable que no se puede enclaustrar bajo cánones fijos. Las actividades dadas suelen ser meros disparadores para despertar en los poetas la chispa de la creatividad en su estado más puro.

Algunos, por imperio de las circunstancias o por insistencia de obligaciones más urgentes, ya no asisten. Otros, distraídos en el buen sentido de la palabra o encadenados a múltiples responsabilidades, han hecho una o dos apariciones en el salón y jamás se los volvió a ver, dejándonos con las ganas de conocer más a los visitantes de esta pequeña pero entusiasta sociedad de jóvenes soñadores.

Sin embargo, ellos están allí, escribiendo y conversando sobre preocupaciones metafísicas o historietas norteamericanas. Después de todo, si el afamado barrio de Flores goza de una mitología interna coronada por el inolvidable Ángel Gris, los Hombres Sensibles y los Refutadores de Leyendas, ¿cómo el municipio de Merlo podrá prescindir de estos personajes sublimes y heroicos, los Escritores de la Tinta Dorada, tan legendarios como las historias que perpetúan en la intimidad de sus cuadernos?

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Ser no-famoso no cuesta nada

Doy un breve vistazo a mi cuenta de blog y me asusto. En primer lugar, por la X cantidad de veces que mi página ha sido vista. En segundo lugar, porque entre los conjeturales lectores de mis publicaciones figuran supuestos cibernautas que se encuentran en Estados Unidos, Alaska, Malasia o Alemania.

¿No será información falsa? ¿O será que los navegadores de otros países solo vieron que esta página estaba disponible, pasaron y se fueron sin haber leído un comino? Prefiero esta segunda opción, para ahorrarme la fatiga de razonar otras posibilidades.

Yo, miserable y neurótico argentino adolescente de clase media baja, jamás he aspirado a que me lean personalidades de otras naciones. Ni siquiera he escrito un libro. Jamás tuve aspiraciones de grandeza. Tan acostumbrado estoy a los fracasos pequeños que el éxito, en cualquiera de sus formas, me asusta. Celebro la bien merecida prosperidad de mi prójimo, pero celebro más aún mis propias derrotas.

Si bien dudo mucho que mi propia computadora me engañe, esta es una buena ocasión para fantasear con que yo me convierto en escritor reconocido. Imagínese, nomás, que un chico introvertido y enemigo de las cámaras fotográficas se transforme de la noche a la mañana en una celebridad artística por haber escrito una novela de aventuras que no demoró en imponerse como best seller por sobre otros libros. Por supuesto, es algo improbable, por no decir imposible, pero piénselo. Escapemos un ratito del jardín de la realidad.

Imagínese que obtengo grandes ingresos para ascender de posición, la camaradería de una empresa editorial, las palmadas de mi comunidad nativa, el agrado de la crítica contemporánea. Todo muy lindo y muy pintoresco. Pero, si mal no recuerdo, no todo es pompa y alegría, según un poema.

Seguramente no seré famoso en mil vidas, pero si lo fuera, ¡ay de mí, que maldeciría mi nacimiento al treinta, al sesenta y al ciento por uno!

Porque a las estrellas del firmamento las arrancan de su pacífico cielo y las enjaulan en popularidad para obligarlas a desfilar en la pasarela de cristal de los televisores. De pronto se ven atrapadas en un mullido sillón de un programa de entrevistas y se ven forzadas a responder preguntas de las cuales no tienen una mísera idea de qué replicar. Millones de ojos clavados en la vida del héroe dibujado que ascendió de la nada al todo de los medios masivos de comunicación…

Ejem… ¿Saben qué? Prefiero ser un no-famoso. Mejor escribir un par de artículos desconocidos para mi blog e ilusionarme con tener mi quinteto de lectores en Alaska o Malasia. Después de todo, jamás voy a repartir autógrafos ni participar de eventos de caridad con una sonrisa falsa en la cara.

Después de todo, ser no-famoso no cuesta nada.

lunes, 2 de diciembre de 2013

El oportunista (II)

Sin éxito intento menguar el fervor de mis pasiones al describir a esta categoría de manipuladores despiadados que se aprovechan de la buena voluntad de los especímenes más excepcionales del género humano para llevar a cabo sus crímenes personales. Ruego a Dios que eclipse con su infinita misericordia esta cólera poética que lacera mis sentidos y, por sobre el imperio de mis indignaciones existenciales, imploro a la Providencia Divina por el bienestar de quienes han sido lastimados por estas aberraciones reptantes que alguna vez hablaron en nombre del amor y la amistad.

He escritos sobre los oportunistas, sanguinarios saqueadores del alma sobre los cuales me he permitido verter mortíferas pestes en párrafos anteriores, con la elegancia artística que amerita la literaria ocasión. No obstante, a pesar del hondo malestar que me provoca la lascivia de estos malévolos grupúsculos de estrujadores de buenos espíritus, prolongar a capítulos desmedidos un discurso del odio hacia este océano de desfachatados marionetistas rellenos de vanidad es, en rigor, una pérdida de tiempo. Mi preocupación mayor es el corazón desgarrado por estos oficiosos y magistrales demonios de piel sonriente.

¿Cuántos han sido traicionados por amigos o amantes en el transcurso de los años? ¿Cuántas puñaladas chorrean aún sangre en la cara oculta de una luna feliz? ¿Cuántos desencantos han engrosado rencorosas listas negras con nombre y apellido?

¿Por qué duele tanto la caricia de una traición más que el puño de cualquier adversario declarado?

Antes de ampliar esta densísima tesis es necesario aclarar que las diferencias entre oportunismo y traición no se me antojan tan claras como parecen.

En el oportunismo intervienen el azar y la casualidad. ‘La ocasión hace al ladrón’ reza el refrán. El que mira a un lado y al otro antes de cruzar la calle para arrancar de las manos de una anciana inofensiva una cartera de cuero ya carga en sí mismo con los estigmas de oportunista, delincuente y cobarde.

En la traición no hay eventualidades, sino una terrible premeditación. El conspirador y damnificado sostienen un vínculo más profundo que el de dos jóvenes que se miraron en un boliche y mantuvieron relaciones furtivas esa misma noche por impulsos de la carne.

Las analogías son berretas e insustanciales, pero trata de perseguir el ritmo de mis palabras.

Hilar más fino para rectificar las divergencias y similitudes entre ‘oportunista’ y ‘traidor’ es incurrir en una labor innecesaria. A priori, sería plausible calificar al oportunista como un sujeto al que apenas conocemos, mientras que el traidor se desprende del núcleo mismo del círculo de confidentes íntimos. Es por la proximidad que tiene esta persona a la fibra más escondida de nuestros sentimientos que la traición es capaz de ofrecer un sufrimiento más intolerable de una estafa arbitraria.

Otro ejemplo desprolijo: que te robe un perfecto desconocido, es horrible; que te robe tu propio hermano, aún reconociendo tu identidad en el rostro horrorizado, es peor.

En la traición hay oportunismo; en el oportunismo hay traición. Lejos de toda diferencia, ambos actos conducen al mismo destino: la destrucción de la confianza.

Vedar al corazón humano de la facultad de tener fe en el prójimo es un alevoso pecado. El perverso que despoja a un inocente de sus ojos, sus oídos y su lengua merece un castigo bíblico. ¿Cuánto más el traidor que condenó al solipsismo a su víctima cauterizando su capacidad para amar, creer y confiar?

Una traición al rojo vivo quema el sentimiento hasta la inflamación y la muerte. Las quemaduras se curan bajo la frialdad de los vendajes; demoramos meses en recuperarnos del dolor para reanudar la sensibilidad después de retirarnos las gasas. La desilusión deja cicatrices que nos recuerdan, cada vez que nos miramos al espejo, la imprudencia de haber admirado a aquella persona que parecía tan grácil a nuestros frágiles ojos ya rotos por vanos llantos.

Mi juventud e inexperiencia me impiden urdir otros consejos que excedan estas medicinas tradicionales: el perdón, la paciencia y el amor propio. Fuera de las virtudes sanadoras no puedo ofrecer otro método para volver a llenar de alegría los lirios podridos, aunque no está de más coser a la prescripción los consejos de siempre: no tropezar con la misma piedra y no inclinar nuestra copa a cualquier caradura disfrazado de príncipe azul con aires de confraternidad.

Debemos ser capaces de olvidar el dolor y de recordar sus causas. Superar una traición es un acto de fe. Ni hace falta mirar una cruz para reconocer la grandeza de un espíritu humilde que no sabe cómo guardar rencor.

Aquí concluye mi lánguida verborragia de verano. En cuanto a usted, lectora o lector, si este mensaje coincide con una etapa de su vida en la cual debe condenar o perdonar, le aconsejo, lejos de toda carga moral, que opte por el sendero de la piedad. Créame. Vivir odiando al tarado que te rechazo, al idiota que se aprovechó de ti, al imbécil que te dio la espalda, es calzar una rutina insoportable. En este cerúleo y sobrepoblado planeta hay miles de cretinos que nacieron de más; no puedo devanarme los sesos más de la cuenta para repudiarlos a todos. Si hacerse malasangre por un bromista estúpido no te deja tomar la siesta con tranquilidad, ¡imagine si tuviésemos que dedicar cada segundo de nuestras ensoñaciones a cada patán rebosante de crueldad!

De los errores se aprende y de la desconfianza se aprende a confiar.

Renuncie a la fatiga de la protesta y al descontento; deje estos pesados lastres en las manos de los escritores, los artistas que cansados de contemplar a los buenos amigos sufriendo penas que no son suyas, las graban en la conciencia y las transmiten al miserable papel.

Que los oportunistas de la vida pisoteen el fruto de la honradez a costa de la inocencia. Cuando se les agote la batería del reloj de sus vidas, la memoria les castigará en muerte, dibujándolos tal cual son: monstruos chupasangre y parásitos sociales que, tras su exhaustiva búsqueda de carroña y podredumbre, han ido a parar por fin al cementerio de los buitres.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El oportunista (I)

Quiero comenzar el último mes del año con el pie izquierdo y hablar de los oportunistas de la vida. Echaré mano de todas las técnicas literarias que dispongo en mi caja de herramientas personal para defenestrar a esta porción de género humano. Entiéndase oportunista, no como aquel que tiene buen ojo para sacar jugo de ciertas eventualidades excepcionales a su favor, sino como el fisgón impertinente que ultraja las columnas de la intimidad para satisfacer algún provecho propio.

El oportunista no deja pasar ocasión para hincar el diente en la bandeja de los placeres fortuitos cuando los ojos de la decencia se desvían hacia otras mesas del destino. La Tierra es un restaurante donde los pobres a duras penas pueden pagar un mendrugo de pan y los más sagaces se dan un atracón sin pagar la cuenta. Siento la creativa tentación de ampliar esta analogía a extremos alegóricos, pero mis palabras están puestas hoy en los gatos miserables que inspeccionan la basura en las callejuelas de los sueños desechados.

Los oportunistas aúnan sin culpa ignominiosas profesiones: explotadores de la buena voluntad de los espíritus bondadosos, hipócritas que encubren sus propósitos bajo una fachada de falsa luz, ingeniosos hacedores de falacias enrevesadas que estafan a los seres sensibles. Oferentes de un carisma bien ejercitado, han aprendido a dominar el arte de la obsecuencia para socavar la piel del carácter y penetrar en las cálidas vísceras de la intimidad. En esto son semejantes al gusano: es capaz el corrupto invertebrado de recorrer toda superficie con tal de llegar al núcleo de un organismo en el apogeo de su putrefacción para, en las horas postreras, ejercer su famélica hegemonía sobre los tejidos descompuestos.

La sociedad es una prometedora caja de manzanas podridas para estos masticadores de desgracias. Los corazones generosos y las señoritas ingenuas suelen ser sus golosinas predilectas.

Afirmar que la mayoría de los hombres comparten esta impertérrita tendencia a manipular personas como si fueran objetos exánimes sería incurrir en una falacia severa. Pero debemos admitir que para diferenciar a un buen samaritano de un entrenado falsificador es necesario el perfeccionamiento de la ciencia de la observación. Con el rabillo del ojo y haciéndonos los tontos para no levantar sospechas, contemplamos en los intersticios de nuestro alrededor el avance de lobos vestidos de corderos que procuran clavar sus colmillo en la ternura de las lágrimas de una muchacha o en los bolsillos de un allegado adinerado.

Mucho me temo que considero imposible descubrir a estos especímenes escurridizos en acción. Pasan desapercibos de tal manera que con elogiable habilidad se disfrazan de valiosos camaradas. Cuando se revelan sus reales intenciones, suele ser demasiado tarde. La chica que rompió con su pretérito novio sucumbe ante los encantos de aquel que le convidó un hombre para prolongar el llanto y el pariente prestamista pierde hasta el último centavo en un instante de solidaridad.

Quienes dan la mano pierden el codo, se retuercen con el muñón ensangrentado en la cubierta de sus barcos mientras ven como los malévolos cocodrilos, cuyas lagrimitas artificiales lograron estremecerles la humanidad, se dan un repulsivo festín con el miembro amputado.

¿Qué artimañas arguyen estos estafadores para subyugar las voluntades de sus víctimas? ¿Tal es el grado de elocuencia de estas bestias persuasivas para violar las bóvedas del alma sin disparar un solo tiro?

Estrategas y tahúres innatos, antes incluso de pronunciar la sílaba primera del chamuyo fatal, consolidan en sus cráneos el armazón de un plan preconcebido. Se aproximan las fieras sigilosas al campamento de las emociones, calculando cada paso y midiendo la regularidad de nuestros ánimos. Como el agricultor que aguarda la lluvia tardía para celebrar el producto final de la cosecha, así es el oportunista que observa la mirada de la secretaria del estudio jurídico del señor López, ansiando con paciencia ver en sus pupilas el amargo aguacero de una reyerta matutina con su contemporáneo cónyuge.

Cuando el objeto de las maquinaciones de estos especuladores compulsivos baja la guardia, la batalla silenciosa está perdida. Se rinden con facilidad ante los arcabuces de estos impiadosos conquistadores en un breve lapso de flaqueza espiritual; presas de una abnegación nada auténtica, les entregan todo, hasta la virginidad y la esperanza. Los oportunistas despedazan los restos de los sentimientos fracturados, se reparten el botín y se van.

A las pobres víctimas del engaño no les queda más que sus propias manos vacías y el perro acto de llorar hasta el cansancio en una habitación cerrada para descubrirse a sí mismas en las ruinas tenebrosas de la desilusión.

A esta altura del relato dejo quebrada la narración. Mientras aguarda la segunda parte de esta maltrecha crítica, hágame el favor de entregarse a la reflexión para transmutar la espera en una hora de meditación. Imagine a una divina mujer en cualquier rincón del mundo llorando por un varón que se aprovechó de su vulnerabilidad; dilucide a aquel desgraciado que, defraudado por un compatriota que se hacía llamar ‘su’ amigo, lidia con una herida incurable en el pecho que le raja la respiración y el pensamiento. Deje que su razón ruede sobre los vicios y las traiciones de la historia, someta cada funesto episodio de su vida social a una crítica exhaustiva pero breve, y verá como, en algunos recodos, se vislumbra la caliginosa silueta del oportunista.

Aquí le dejo pensando. Nos veremos mañana, lectora o lector, a la vuelta de la esquina.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La reducción del vocabulario

En el programa de televisión conducido por Guido Kaczka, un grupo de participantes observaba determinadas sombras de objetos y adivinaban los nombres de dichos entes. Las respuestas que proporcionaban los jugadores eran dignas de horror: en vez de decir ‘picaporte o ‘trompo’, replicaban oraciones tales como ‘la cosa ésa de la puerta’ o ‘el coso ése que gira’. El colmo de la cuestión: el conductor validaba algunas de estas frases sueltas. Menos mal que el gran premio no era más que un microondas. O ‘un aparato que calienta comida’, dependiendo de quién hable.

La reducción del vocabulario es uno de los mayores males de nuestra época. Mientras la industria editorial alcanza álgidos niveles de producción de libros y los periódicos desparraman diarios vespertinos a rabiar, el hombre recorta su presupuesto de palabras cada vez más. ¡Qué curiosa e infame contradicción!

No estoy diciendo que un hombre con errores gramaticales es un estúpido sin remedio. Estamos en una crisis lingüística importante, en la era de la depreciación de las palabras. Las pantallas de televisión, la intromisión de anglicanismos odiosos (‘este blackberry es re-top’), la supremacía de las publicidades de medio minuto de duración e incluso el abuso de jergas populares (‘¡eh, gato, alta llanta!’) son factores elementales en el juego de la Gran Depresión de la Lengua.

Hagamos una revisión concienzuda del lunfardo, el idioma de los arrabales, el lenguaje de los tangos. A pesar de sus marginales raíces, este vocablo subterráneo presenta una terminología rica e incomparable. El famosísimo Roberto Arlt, desdeñado por algunos poetas por sus humildes orígenes, estaba equipado con un verdadero arsenal de palabras y nos regaló sus mejores Aguafuertes con huesos de lunfardo, con ese inconfundible sabor a calle porteña.

Aclaro así que mi preocupación por el vocabulario no tiene que ver con practicar un lenguaje sofisticado como el que preconizaba Borges, sino con nuestra impotencia al encontrarnos con un ‘coso’ que no podemos describir con la ayuda de nuestro minúsculo diccionario mental.

Es más: seguramente, haya algunos párrafos de determinados libros que deben parecerte chino básico, ¿verdad?

Por esto, y por muchas razones más precisas y vastas que éstas, es necesario en nuestra vida diaria reivindicar la lectura, esta maravillosa capacidad humana que nutre nuestro espíritu y amplifica el campo de acción de la lengua.

Pues, ¿qué otras herramientas tenemos para expresar nuestra condición humana que el milagroso poder de las palabras? Es verdad que el arte no se reduce a la literatura: las musas de la pintura, la escultura y la música son otras deidades capaces de tocar la fibra sensible de los seres humanos. Empero, el lenguaje oral está al alcance de cualquier boca, es patrimonio humano y es nuestra simultánea costumbre.

     El conocimiento de las palabras nutre el intelecto y ensancha el umbral de la comprensión. Si somos incapaces de describir el mundo y todo lo que hay en él con nuestro propio lenguaje individual, estamos condenados a escuchar discursos sin entenderlos, seremos incapaces de formular preguntas y de comunicarnos entre nosotros. Como en 1984, de George Orwell, la reducción del lenguaje limitará toda forma de pensamiento. Y si somos incapaces de pensar, viviremos entre ‘cosos’ y ‘cosas’ por el resto de nuestras vidas, sin cuestionar nada, premiándonos con electrodomésticos por nuestra desgraciada ignorancia.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Esa cosa llamada 'sistema'

Me dan asco los adolescentes que hablan de la sociedad como si fueran protagonistas de una novela de Orwell. Dios me perdone por invocar esta palabra tan nauseabunda e intolerable. No es desagrado o mero malestar. Es asco. Es una repulsión insoslayable de la cual hago poquísimas excepciones. Apenas me gusta conversar sobre problemáticas sociales con una minoría de individuos selectos, mentes nutridas con criterio más o menos formado en las ciencias de la naturaleza humana. Si me dieran diez centavos por cada boca juvenil que se proclama ‘enemigo del sistema’, sería tan rico como un evasor de impuestos.

Insisto con enérgica terquedad que no soy un hermético solipsista negador de la realidad. La existencia de políticos corruptos y delincuentes impiadosos son males empíricos que vivimos en carne propia, por no mencionar otras calamidades universales. No me inquieta la presencia de nuevos soñadores que aspiran a torcer las falanges de los marionetistas que mueven los hilos de la desigualdad. Empero, me desagradan los jóvenes que creen que por escupir el sillón de Rivadavia piensan que cambiarán al Universo.

Me preocupa más, como amante de las letras, el uso exhaustivo de la palabra ‘sistema’ en la mandíbula de estos mensajeros contraculturales. ¿Qué significa ‘sistema’ para ellos, los voceros de la revolución venidera? ¿‘Sistema’ de gobierno representativo republicano federal con tendencias democráticas y liberales, ‘sistema’ de dominación de clases sociales por causa de los modos de producción y explotación del modelo económico capitalista, o simplemente ‘sistema’ por decir ‘sistema’?

¡En verdad, no entiendo! Que alguien me explique: ¿qué es el ‘sistema’? ¿Es tan malo como dicen que es? ¿Hay un solo ‘sistema’ o tiene hermanitos residiendo en el resto de las civilizaciones humanas? ¿No estarán hablando del ‘sistema’ operativo de mi computadora o del ‘sistema’ métrico decimal con el que estamos acostumbrados a mensurar las longitudes espaciales de un dormitorio, una provincia o un campo de soja?

A lo mejor, estoy confundiendo a los miembros de un movimiento estudiantil de inclinaciones imprecisas que se opone al ‘sistema’ político-económico establecido en Occidente con un club de astronomía que defiende el ‘sistema’ heliocéntrico copernicano. O quizás mezclé a una sociedad de neurocirujanos que se dedican a analizar los avatares del ‘sistema’ nervioso central con un oficioso grupo de planificadores urbanos que debe modificar el ‘sistema’ de red de cloacas de la ciudad por un desperfecto escatológico masivo.

Si estoy utilizando mi ‘sistema’ respiratorio para gastar mi voz en oraciones indignadas o si encadeno estas letras bajo un ‘sistema’ de signos prefijado para construir una aburrida tesis de muerte, sepan disculpar a este escritor minúsculo, apolítico y entrometido.

Hoy en día se habla tanto del ‘sistema’ que ni siquiera sé a ciencia cierta de qué se está hablando. Tal vez por eso que no me gusta hablar mucho de estos temas: prefiero ser una estatua de carne antes que convertirme en un mediocre charlatán. Declino mis ganas de debatir, consciente de que mis neuronas carecen de las nociones más básicas de política o economía, y cedo la voz a los panelistas más lúcidos en la materia. Me gusta ocupar el estrado de los ignorantes y aprender de las gargantas de las personalidades que saben de dónde provienen las raíces del sufrimiento humano y cómo podar las ramas del dolor.

Ojo, no todos los jóvenes hablan del ‘sistema’ por deporte. Conozco nobles espíritus que aspiran a ser abogados o docentes para enderezar desde su humilde posición los entuertos que nos deja este siglo latente. Irónicamente, estas divinas almas son las que menos hablan y las que hacen más.

Esto me ha sumido en profundas cavilaciones, muy a pesar de que el concepto de ‘sistema’ me parece aún un término cuyo significado necesita pulirse más en los discursos cotidianos.

No me importa qué tan tiránico parezca esa cosa llamada ‘sistema’ desde los comentarios de sus más desacertados críticos. Me permito tomar tranquilas siestas sabiendo de que algunos bondadosos seres humanos de mi entorno (cierta estudiante de abogacía; cierta futura docente) son conscientes del ‘sistema’ de valores que deben emplear para tomar las riendas de su propio destino.

En cuanto al ‘sistema’ en sí, no puedo ofrecerte una definición clara y precisa. Usted, lectora o lector, tiene toda la libertad para despreciar mi frígida postura o no estar de acuerdo con mis vagas opiniones; las suyas serán actitudes que no me afectarán en demasía, puesto que mi interpretación de ‘sistema’ es tan enrevesada que no hará más que demostrar mi solemne y sempiterna ingenuidad en los asuntos humanos.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Sobre títulos, no hay nada escrito

Me costó horrores escoger un título para este blog. Hay momentos en los que Opiniones marginales me parece más el prefacio a un apéndice periodístico que el nombre de una página web.

Los artistas en general tienen una particular dificultad a la hora de colocar nombres a sus obras. Si escribes un poema de amor, ¿qué nombre le pones? O si un pintor crea un cuadro hermosísimo y vivaz que se enreda en los cánones del arte abstracto, ¿cómo lo va a llamar?

La inquietud de un nombre no es solo asunto de los artistas. Hay madres que se compran la última edición de ‘Mil y un nombres para bebés’ o chicos que, a falta de creatividad, le ponen a un cachorrito recién adoptado un nombre tan patético como Manchas o Coqui. (No se rían, uno de los perros de la casa se llama así.)

El título de una obra es objeto de controversia. Debe ser un nombre de peso, una frase contundente, un rótulo que lo diga todo pero que no diga nada a la vez. En cada una de sus letras debe ofrecer el perfume de una intriga irresoluble, cada sílaba debe suscitar un torrente de curiosidades en el lector.

El nombre no lo es todo, pero muchos juzgan por la portada. Si tu mejor amiga comienza a salir con un varón llamado Hermenegildo Nibelungo Eustaquio Gómez, no sólo sospechas de la mayoría de edad del sujeto en cuestión, sino que hasta serías capaz de cuestionar su humanidad. Porque, ¿quién en su sano juicio condenaría a su hijo al ostracismo y a la humillación con semejante nombre?

Hay personalidades celebérrimas de la farándula que al concebir un retoño de vida, no tienen mejor idea que bautizar a la criatura con nóminas extravagantes o apelativos idiomáticamente rarísimos. En la televisión desfilan mujeres cuya identidad es Charlotte López, Indiana Arismendi o Sharon González… No me atrevo a poner ejemplos verídicos de la realidad televisiva: sabemos de antemano que casi nada es real en la televisión, pero esta es leña para otro fuego.

Movámonos hacia el polo opuesto de la polémica, al sumario de los nombres bien puestos. Me preguntó en qué rábanos estaba pensando Jackson Pollock cuando discurrió La mujer-luna corta el círculo; en los autores de La naranja mecánica o El jardín de los senderos que se bifurcan, cuyos títulos rebosan de una genialidad incomparable. Y no son inferiores quienes optan por frases más sencillas, como El túnel, El extranjero, 1984 o Lolita.

Ni hablar de las películas emblemáticas: Tiburón, Psicosis, La Guerra de las Galaxias, Los intocables, Pájaros, Parque Jurásico. Mis conocimientos de cine son limitadísimos, pero en cuanto a títulos que desfilen por la pasarela de mis pupilas, me sacó el sombrero.

Ahora bien, hay títulos tediosos. Después de ver a Brad Pitt interpretando a un hombre que envejece al revés, el espectador dice:

–Vi Benjamín Button.

Es decir, no se toma el trabajo de decir que vio El curioso caso de Benjamín Button, así como no se tomaría jamás la molestia de decir que acaba de ver El día en que la Tierra se detuvo o Una serie de eventos desafortunados. La naturaleza de los nombres debe ser breve y concisa; a comodidad del enunciador, pero poderosa.

Si uno se pone a pensar en todo el contenido poético y emocional que se debe condensar en un par de palabras, se dará cuenta de que no es empresa fácil poner rótulo a las cosas. La única manera de saber cómo poner un buen título es observando los títulos de otros autores y preguntarse cómo hacen para sentenciar a una obra a la vida o a la muerte.

Porque es a través del nombre que el hombre siente curiosidad por entrar al cine o por abrir un libro. Eso sí: si querés ponerle título a un relato propio, el cuento tiene que estar ya terminado. De lo contrario, sería como esperar de una mujer embarazada un varoncito, pintar todo el cuarto del bebé de azul, y luego… ¡Tener una nena!


Entonces, ya no le podés poner Néstor, como se lo prometiste a ese amigo que te salvó en una inundación; se llamará Nestorina, tendrá la habitación azul y el título mal puesto por el resto de su vida.

martes, 26 de noviembre de 2013

La sociedad tiene la culpa de todo

El día de ayer he tenido oportunidad de hablar con un chico que criticaba a ultranza la sociedad occidental y capitalista en la que vivimos. Según el discurso que discurrió en el furtivo diálogo, la juventud está perdida y la nación ha empeorado notoriamente. Sentí la necesidad de corregir algunos puntos, pero callé la boca. Soy demasiado perezoso para contradecir las palabras de otros. De la interesante disertación de este colega pude sacar una nebulosa conclusión: la sociedad tiene la culpa de todo.

Sometí a una severa reflexión todas las palabras que aquel muchacho acababa de pronunciar. A pesar del fervor de las sílabas, lo que decía no constituía ninguna novedad. En la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en casa, en la calle, en el país, en el mundo, se oyen miles de voces que articulan la misma queja: la sociedad tiene la culpa de todo.

Los movimientos de izquierda critican a los gobiernos conservadores; los cristianos ortodoxos echan la carga sobre los paganos inmorales; la señora Estévez siente terror al ver a los hijos de la señora Sánchez sentados en la esquina extraviándose en laberintos de cocaína. Al enterarnos de un asesinato a sangre fría o un accidente trascendental, nuestras neuronas atormentadas disparan pensamientos de horror y echan culpa a la figura de autoridad inmediata: el gobierno, la sociedad y el género humano.

Si muere una mujer, es tu culpa; si se inunda la pampa deprimida, es tu culpa; si Dios no existe, es tu culpa; si lees esto es tu culpa.

No niego que la delincuencia es un mal que el Estado debe regular, que la drogadicción y el narcotráfico son asuntos pendientes para las naciones del orbe, que la juventud “descarriada” protagonice hechos de violencia y sangre…

Nuestras lamentaciones pueden ser verdaderas, pero nadie gana nada con la mera queja. Como Job, maldecimos el día en que nacimos y permanecemos de brazos cruzados mientras el mundo se desintegra día tras día bajo las ramas del tiempo. Albergamos la impertérrita necesidad de incurrir a un chivo expiatorio cuando el martillo del sufrimiento impacta en nuestras cabezas para hacernos razonar. No nos gusta nada lo que vemos, pero no movemos un dedo para cambiar la crudeza de nuestras realidades.

Mientras muchos se preguntan: ¿Por qué me pasa esto?

Otros se preguntan: Bien, tengo un problema, ¿qué puedo hacer para solucionarlo?

Ésta es la pregunta práctica que debemos pronunciar antes de que la tragedia se imponga sobre nuestros ánimos. Los amantes del discurso fácil ejercitan la creatividad para lobotomizar a la audiencia con sus palabras acusadoras. Las circunstancias en las que se encuentra la humanidad no son favorables: el calentamiento global, las armas de destrucción masiva, la propagación de numerosas enfermedades, los niveles de desigualdad económica, la magnificación de las guerras, la contaminación ambiental…

La superficie terrestre está llena de problemas que, de solo pensarlo, te obligan a considerar seriamente la posibilidad de un suicidio.

Los heraldos de aquellas lóbregas sentencias de muerte pueden tener razón: el planeta está inundado de problemáticas irresolubles. Empero, si tuviera que prestar oído a cada fatalidad habida y por haber, se me habrían agotado las ganas de vivir.

El mundo fue y será una porquería, ya lo sé… reza una canción famosa.

Pero no me pueden negar el derecho a tener una esperanza.

¿Es iluso creer que las cosas pueden cambiar?

Tal vez. Si me toca descender al Seol y tomar la escalera eléctrica al Edén, lo haré conservando por lo menos una promesa de luz en este saco del alma que es el corazón.

En cuanto al muchacho al que acabo de referirme en el primer párrafo, le concedo toda la respetuosa veracidad en las palabras dichas. Es una pena que no me sienta lo suficientemente pesimista para comprender el hilo de sus pensamientos, mucho más profundos que mis razonamientos cauterizados por una débil chispa de fe.

Tengo un defecto: no hablo mucho. Escribo mucho. Invento historias trágicas con personajes abatidos. Toda la melancolía que cargo en la sangre la desparramo en oraciones. Cuando hablo, procuro versar sobre asuntos alegres y cotidianos para no amargarle el desayuno a nadie; si me siento deprimido, cierro la boca y bajo la cabeza. No quiero asfixiar a las personas con desesperanza; quiero nutrir las esperanzas ajenas y ver el jardín de los sueños florecer con nenúfares y luciérnagas.

Sí, tenemos problemas, pero nada gano echándole la culpa a los demás. En todo caso, una pequeña palabra de aliento vale más que todas las voces negativas del cosmos.

¿Hay algo que no te gusta de este mundo? Llora primero y actúa después. Arremángate la camisa, ponte los guantes, aférrate a esta vaga ilusión y transfórmala en una realidad: es tiempo de tratar de cambiar el mundo y morir en el intento. No lograrás la paz mundial ni se evaporará la desigualdad social, pero transformar tu manera de ver el mundo es el primer paso hacia la verdadera revolución humana.


Si quieres un verdadero cambio, deja de abrir la boca para enumerar los defectos de tus enemigos y comienza a abrir las manos para levantar los sueños de tus amigos. Después de todo, constituye parte de la naturaleza del hombre el acto mecánico de sostener una humilde esperanza, aunque no nos conduzca más que a un callejón sin salida en el cual sabemos que lucharemos hasta el final de los tiempos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El corazón del poeta viajero

Tengo un amigo al que se le ha reprochado escribir versos improvisados en el colectivo. Una barrera de respeto me impide mencionar aquí su nombre, pero espero halagarlo con estas miserables líneas.

Hay que tener una creatividad bien afilada para dibujar poemas en el vaivén de los autobuses. Es en la intimidad de la habitación, junto con la confidencialidad de la tinta o la monotonía de un teclado, donde se forjan las vías seguras de una buena historia. Escribir en el calor del público parece imposible; menos en una gran lata de sardinas que compacta almas humanas entre jirones de plástico, vidrio y metal.

En lo que a mi amigo se refiere, tengo la seguridad de que no es el único que bosqueja letras en el borde de un marchito papel. Así como podemos ver hermosas jóvenes con libros en las manos mientras la población del tren se dilata en una pérfida estación, hay espíritus con lápices invisibles que perpetúan sus propias novelas en el escritorio del corazón.

A duras penas puedo anotar un par de palabritas en el celular y amplificarlas en la parsimonia de mis reflexiones, a pesar del barullo articulado por el resto de los viajeros que me acompañan en el viaje. Empero, hay quienes en verdad honran a la poesía en movimiento. Ni el llanto de un bebé interrumpe el río de ideas que se desliza dentro de sus neuronas; al llegar a casa, perfeccionan y pulen el poema que nació junto a la ventana del transporte, mientras contemplaban a través del cristal la silueta de la ciudad despedazada por la velocidad.

No es que el colectivo nos infunda inspiración artística cuando, en la vida diaria, nos deja un mal sabor de boca si demora más de treinta minutos. El corazón del poeta viajero ya sube al lomo de la bestia con la sensibilidad en los bolsillos. Paga el boleto, toma un asiento y deja latir el alma silenciosa para cantar poesía con la boca cerrada. Son espíritus reflexivos, pasajeros de la vida misma, ocultos en la tediosa masa de carne que se mueve de una esquina a otra, de estación en estación, sobre rieles o calles. El que se abstrae por un instante de la amalgama de cuerpos que inundan todos los rincones del vagón, el que se entrega a la imaginación más allá del perro fastidio de viajar con el colectivo lleno, es un triunfador aún sin saberlo.

Es mi amigo un poeta reptante, un prestidigitador que escapa de la jaula de la rutina por un brevísimo segundo antes de bajar del vehículo y volver a casa. Es un ser creador que se escurre entre los barrotes de la cotidianeidad, como todos aquellos que han sabido dominar la pluma con la cual escriben el libro de sus vidas.


Estas nobles almas son los artistas, quienes al pisar la primera pulgada cuadrada de la calle no pueden evitar disfrazarse de gente común para disimular su genialidad y así poder vivir un día más en la tórrida Buenos Aires.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El calor del pleno Infierno

Odio el calor, y todo lo que representa: sudor, sopor, sed, insolación, asfixia, insomnio en un cuarto vaporoso, poca ropa, veranos despreciables y sol carburador.

Ignoro lo atractivo que se le ve a las estaciones cálidas, cuando la exaltada temperatura te atraviesa a flor de piel y te convertís en un termo de carne que acumula grados centígrados a cada paso que da. La amplia mayoría rebate mi pesimismo climático: no hacen más que enrostrarme en la cara lo paradisíaco que puede ser una semana de estadía en Punta del Este, la textura grácil de la playa y la frescura del salado mar.

Mi familia y yo hemos vacacionado en Mar del Plata en una ocasión. Mientras que para el resto de mi estirpe fue aquella una grata semana, esta experiencia me convirtió en enemigo definitivo del verano.

De calores está hecho el Infierno, de fuego y de sofocantes hogueras.


Si me preguntan, prefiero el frío, la lluvia, la sobriedad de los climas. Y si fuera por mí, el Universo sería un sempiterno círculo de hielo; y, en vez de lidiar con las espumosas fragancias de una atmósfera estranguladora como anaconda tropical, me sumergiría en un mar de frazadas al compás de los relámpagos de una tormenta, con un buen libro y una taza de té bien azucarado, para deleitarme en la divina gracia del Invierno Eterno.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El balance del año

Estamos llegando a fines de noviembre. A un mes de tirar el año presente por la ventana y abrazar con fuerza apasionada al año entrante. Todas las bocas de la ciudad se llenan de preguntas: dónde piensan pasar la Navidad, cuánto cuesta el asado, a quién le toca recibir a la suegra que viene del Interior, cuántas botellas de vino hay que comprar además de las copas que trae consigo el tío Raúl cuando se embriaga…

Fuera de esta esfera de preguntas, el más meticuloso de la familia (alguna tía esotérica, algún hijo entusiasta) deja de preguntarse qué será de los perros cuando estallen los fuegos artificiales para preguntarse qué es lo que hicieron durante los últimos trescientos sesenta y cinco días.

Y aquí acuñamos el término BALANCE DEL AÑO: confeccionar una lista de todo lo que hicimos y todo lo que no hicimos a lo largo de estos doce meses. Inmortalizamos los buenos momentos en un discurso inútil y desdeñamos las desgracias que nos acontecieron en el calendario.

Si uno quisiera realizar un listado de las preguntas más frecuentes a la hora de hacer un balance, tal vez anotaría en un bloc de notas interrogantes como: ¿Qué es lo mejor que te pasó este año? o ¿Qué es lo que sacás de todo lo que sucedió este año?

Las calculadoras del alma y las balanzas de la memoria tratan de medir el volumen de las experiencias vividas para decir: ‘Sí, la verdad, que este año fue mejor que los anteriores’ o ‘Sí, no ha sido un mal año, después de todo’.

Si fue un buen año, sacarán a relucir fenómenos benignos como el nacimiento de un hijo, un ascenso en el trabajo, la compra de un automóvil o el origen de un noviazgo.

Si fue un mal año… Bueno, me abstengo de escribir ejemplos.

El punto es el siguiente: el planeta ha terminado de dar una vuelta alrededor del Sol y el mundo occidental se arroja a la expectativa de que el año que viene será un año mejor. Especulamos, proyectamos e idealizamos, como crueles inversionistas del tiempo en la bolsa de valores del Universo.

Mientras las copas rozan sus caras en el brindis, mientras los niños contemplan como desposeídos la ignición de los cohetes y el tío Raúl se derrumba en el suelo otra vez, una voz imaginaria osará preguntarme: ¿y? ¿tu balance del año?

A lo que responderé:

–No sabría decirte. No lo hice. No lo necesito. En todo caso, para mí, ha sido un año bueno y un año malo al mismo tiempo.

Porque es infructuoso pesar la vida como si fuera un pescado y determinar qué tan bondadoso es el reloj con nosotros, cuando a duras penas sabemos diferenciar ‘lo bueno’ de ‘lo malo’. No niego que he vivido buenas experiencias y que he protagonizado notables progresos en mi vida personal, así como fui marcado por rotundísimos fracasos. Simplemente, no necesito la ayuda de una balanza imaginaria para determinar que tan bueno es Dios conmigo, si empuño la certeza de que los tiempos venideros serán mejores, siempre y cuando mantenga el hilo de la libertad entre mis dedos.

Pensar en el tiempo es una pérdida de tiempo.

Sin embargo, hacer un balance entre lo bueno que nos pasó y lo malo que hubiésemos preferido no vivir, improvisar esta tediosa dialéctica, no es tan perjudicial como yo lo presento; es sano, alimenta nuevas expectativas y nos obliga a mirar nuestros errores pasados para aprender de ellos.

No voy a felicitarte si tomas una birome y un cuaderno para enumerar cada cosa que hiciste en estas cincuenta y dos semanas. Quiero que pienses antes de contestar la siguiente pregunta, que reflexiones, que levantes tu mirada, que sonrías la última sonrisa de este mortecino mes de noviembre antes de responder…


¿Qué cosas buenas y qué cosas malas has anotado en tu balance del año?