sábado, 30 de noviembre de 2013

La reducción del vocabulario

En el programa de televisión conducido por Guido Kaczka, un grupo de participantes observaba determinadas sombras de objetos y adivinaban los nombres de dichos entes. Las respuestas que proporcionaban los jugadores eran dignas de horror: en vez de decir ‘picaporte o ‘trompo’, replicaban oraciones tales como ‘la cosa ésa de la puerta’ o ‘el coso ése que gira’. El colmo de la cuestión: el conductor validaba algunas de estas frases sueltas. Menos mal que el gran premio no era más que un microondas. O ‘un aparato que calienta comida’, dependiendo de quién hable.

La reducción del vocabulario es uno de los mayores males de nuestra época. Mientras la industria editorial alcanza álgidos niveles de producción de libros y los periódicos desparraman diarios vespertinos a rabiar, el hombre recorta su presupuesto de palabras cada vez más. ¡Qué curiosa e infame contradicción!

No estoy diciendo que un hombre con errores gramaticales es un estúpido sin remedio. Estamos en una crisis lingüística importante, en la era de la depreciación de las palabras. Las pantallas de televisión, la intromisión de anglicanismos odiosos (‘este blackberry es re-top’), la supremacía de las publicidades de medio minuto de duración e incluso el abuso de jergas populares (‘¡eh, gato, alta llanta!’) son factores elementales en el juego de la Gran Depresión de la Lengua.

Hagamos una revisión concienzuda del lunfardo, el idioma de los arrabales, el lenguaje de los tangos. A pesar de sus marginales raíces, este vocablo subterráneo presenta una terminología rica e incomparable. El famosísimo Roberto Arlt, desdeñado por algunos poetas por sus humildes orígenes, estaba equipado con un verdadero arsenal de palabras y nos regaló sus mejores Aguafuertes con huesos de lunfardo, con ese inconfundible sabor a calle porteña.

Aclaro así que mi preocupación por el vocabulario no tiene que ver con practicar un lenguaje sofisticado como el que preconizaba Borges, sino con nuestra impotencia al encontrarnos con un ‘coso’ que no podemos describir con la ayuda de nuestro minúsculo diccionario mental.

Es más: seguramente, haya algunos párrafos de determinados libros que deben parecerte chino básico, ¿verdad?

Por esto, y por muchas razones más precisas y vastas que éstas, es necesario en nuestra vida diaria reivindicar la lectura, esta maravillosa capacidad humana que nutre nuestro espíritu y amplifica el campo de acción de la lengua.

Pues, ¿qué otras herramientas tenemos para expresar nuestra condición humana que el milagroso poder de las palabras? Es verdad que el arte no se reduce a la literatura: las musas de la pintura, la escultura y la música son otras deidades capaces de tocar la fibra sensible de los seres humanos. Empero, el lenguaje oral está al alcance de cualquier boca, es patrimonio humano y es nuestra simultánea costumbre.

     El conocimiento de las palabras nutre el intelecto y ensancha el umbral de la comprensión. Si somos incapaces de describir el mundo y todo lo que hay en él con nuestro propio lenguaje individual, estamos condenados a escuchar discursos sin entenderlos, seremos incapaces de formular preguntas y de comunicarnos entre nosotros. Como en 1984, de George Orwell, la reducción del lenguaje limitará toda forma de pensamiento. Y si somos incapaces de pensar, viviremos entre ‘cosos’ y ‘cosas’ por el resto de nuestras vidas, sin cuestionar nada, premiándonos con electrodomésticos por nuestra desgraciada ignorancia.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Esa cosa llamada 'sistema'

Me dan asco los adolescentes que hablan de la sociedad como si fueran protagonistas de una novela de Orwell. Dios me perdone por invocar esta palabra tan nauseabunda e intolerable. No es desagrado o mero malestar. Es asco. Es una repulsión insoslayable de la cual hago poquísimas excepciones. Apenas me gusta conversar sobre problemáticas sociales con una minoría de individuos selectos, mentes nutridas con criterio más o menos formado en las ciencias de la naturaleza humana. Si me dieran diez centavos por cada boca juvenil que se proclama ‘enemigo del sistema’, sería tan rico como un evasor de impuestos.

Insisto con enérgica terquedad que no soy un hermético solipsista negador de la realidad. La existencia de políticos corruptos y delincuentes impiadosos son males empíricos que vivimos en carne propia, por no mencionar otras calamidades universales. No me inquieta la presencia de nuevos soñadores que aspiran a torcer las falanges de los marionetistas que mueven los hilos de la desigualdad. Empero, me desagradan los jóvenes que creen que por escupir el sillón de Rivadavia piensan que cambiarán al Universo.

Me preocupa más, como amante de las letras, el uso exhaustivo de la palabra ‘sistema’ en la mandíbula de estos mensajeros contraculturales. ¿Qué significa ‘sistema’ para ellos, los voceros de la revolución venidera? ¿‘Sistema’ de gobierno representativo republicano federal con tendencias democráticas y liberales, ‘sistema’ de dominación de clases sociales por causa de los modos de producción y explotación del modelo económico capitalista, o simplemente ‘sistema’ por decir ‘sistema’?

¡En verdad, no entiendo! Que alguien me explique: ¿qué es el ‘sistema’? ¿Es tan malo como dicen que es? ¿Hay un solo ‘sistema’ o tiene hermanitos residiendo en el resto de las civilizaciones humanas? ¿No estarán hablando del ‘sistema’ operativo de mi computadora o del ‘sistema’ métrico decimal con el que estamos acostumbrados a mensurar las longitudes espaciales de un dormitorio, una provincia o un campo de soja?

A lo mejor, estoy confundiendo a los miembros de un movimiento estudiantil de inclinaciones imprecisas que se opone al ‘sistema’ político-económico establecido en Occidente con un club de astronomía que defiende el ‘sistema’ heliocéntrico copernicano. O quizás mezclé a una sociedad de neurocirujanos que se dedican a analizar los avatares del ‘sistema’ nervioso central con un oficioso grupo de planificadores urbanos que debe modificar el ‘sistema’ de red de cloacas de la ciudad por un desperfecto escatológico masivo.

Si estoy utilizando mi ‘sistema’ respiratorio para gastar mi voz en oraciones indignadas o si encadeno estas letras bajo un ‘sistema’ de signos prefijado para construir una aburrida tesis de muerte, sepan disculpar a este escritor minúsculo, apolítico y entrometido.

Hoy en día se habla tanto del ‘sistema’ que ni siquiera sé a ciencia cierta de qué se está hablando. Tal vez por eso que no me gusta hablar mucho de estos temas: prefiero ser una estatua de carne antes que convertirme en un mediocre charlatán. Declino mis ganas de debatir, consciente de que mis neuronas carecen de las nociones más básicas de política o economía, y cedo la voz a los panelistas más lúcidos en la materia. Me gusta ocupar el estrado de los ignorantes y aprender de las gargantas de las personalidades que saben de dónde provienen las raíces del sufrimiento humano y cómo podar las ramas del dolor.

Ojo, no todos los jóvenes hablan del ‘sistema’ por deporte. Conozco nobles espíritus que aspiran a ser abogados o docentes para enderezar desde su humilde posición los entuertos que nos deja este siglo latente. Irónicamente, estas divinas almas son las que menos hablan y las que hacen más.

Esto me ha sumido en profundas cavilaciones, muy a pesar de que el concepto de ‘sistema’ me parece aún un término cuyo significado necesita pulirse más en los discursos cotidianos.

No me importa qué tan tiránico parezca esa cosa llamada ‘sistema’ desde los comentarios de sus más desacertados críticos. Me permito tomar tranquilas siestas sabiendo de que algunos bondadosos seres humanos de mi entorno (cierta estudiante de abogacía; cierta futura docente) son conscientes del ‘sistema’ de valores que deben emplear para tomar las riendas de su propio destino.

En cuanto al ‘sistema’ en sí, no puedo ofrecerte una definición clara y precisa. Usted, lectora o lector, tiene toda la libertad para despreciar mi frígida postura o no estar de acuerdo con mis vagas opiniones; las suyas serán actitudes que no me afectarán en demasía, puesto que mi interpretación de ‘sistema’ es tan enrevesada que no hará más que demostrar mi solemne y sempiterna ingenuidad en los asuntos humanos.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Sobre títulos, no hay nada escrito

Me costó horrores escoger un título para este blog. Hay momentos en los que Opiniones marginales me parece más el prefacio a un apéndice periodístico que el nombre de una página web.

Los artistas en general tienen una particular dificultad a la hora de colocar nombres a sus obras. Si escribes un poema de amor, ¿qué nombre le pones? O si un pintor crea un cuadro hermosísimo y vivaz que se enreda en los cánones del arte abstracto, ¿cómo lo va a llamar?

La inquietud de un nombre no es solo asunto de los artistas. Hay madres que se compran la última edición de ‘Mil y un nombres para bebés’ o chicos que, a falta de creatividad, le ponen a un cachorrito recién adoptado un nombre tan patético como Manchas o Coqui. (No se rían, uno de los perros de la casa se llama así.)

El título de una obra es objeto de controversia. Debe ser un nombre de peso, una frase contundente, un rótulo que lo diga todo pero que no diga nada a la vez. En cada una de sus letras debe ofrecer el perfume de una intriga irresoluble, cada sílaba debe suscitar un torrente de curiosidades en el lector.

El nombre no lo es todo, pero muchos juzgan por la portada. Si tu mejor amiga comienza a salir con un varón llamado Hermenegildo Nibelungo Eustaquio Gómez, no sólo sospechas de la mayoría de edad del sujeto en cuestión, sino que hasta serías capaz de cuestionar su humanidad. Porque, ¿quién en su sano juicio condenaría a su hijo al ostracismo y a la humillación con semejante nombre?

Hay personalidades celebérrimas de la farándula que al concebir un retoño de vida, no tienen mejor idea que bautizar a la criatura con nóminas extravagantes o apelativos idiomáticamente rarísimos. En la televisión desfilan mujeres cuya identidad es Charlotte López, Indiana Arismendi o Sharon González… No me atrevo a poner ejemplos verídicos de la realidad televisiva: sabemos de antemano que casi nada es real en la televisión, pero esta es leña para otro fuego.

Movámonos hacia el polo opuesto de la polémica, al sumario de los nombres bien puestos. Me preguntó en qué rábanos estaba pensando Jackson Pollock cuando discurrió La mujer-luna corta el círculo; en los autores de La naranja mecánica o El jardín de los senderos que se bifurcan, cuyos títulos rebosan de una genialidad incomparable. Y no son inferiores quienes optan por frases más sencillas, como El túnel, El extranjero, 1984 o Lolita.

Ni hablar de las películas emblemáticas: Tiburón, Psicosis, La Guerra de las Galaxias, Los intocables, Pájaros, Parque Jurásico. Mis conocimientos de cine son limitadísimos, pero en cuanto a títulos que desfilen por la pasarela de mis pupilas, me sacó el sombrero.

Ahora bien, hay títulos tediosos. Después de ver a Brad Pitt interpretando a un hombre que envejece al revés, el espectador dice:

–Vi Benjamín Button.

Es decir, no se toma el trabajo de decir que vio El curioso caso de Benjamín Button, así como no se tomaría jamás la molestia de decir que acaba de ver El día en que la Tierra se detuvo o Una serie de eventos desafortunados. La naturaleza de los nombres debe ser breve y concisa; a comodidad del enunciador, pero poderosa.

Si uno se pone a pensar en todo el contenido poético y emocional que se debe condensar en un par de palabras, se dará cuenta de que no es empresa fácil poner rótulo a las cosas. La única manera de saber cómo poner un buen título es observando los títulos de otros autores y preguntarse cómo hacen para sentenciar a una obra a la vida o a la muerte.

Porque es a través del nombre que el hombre siente curiosidad por entrar al cine o por abrir un libro. Eso sí: si querés ponerle título a un relato propio, el cuento tiene que estar ya terminado. De lo contrario, sería como esperar de una mujer embarazada un varoncito, pintar todo el cuarto del bebé de azul, y luego… ¡Tener una nena!


Entonces, ya no le podés poner Néstor, como se lo prometiste a ese amigo que te salvó en una inundación; se llamará Nestorina, tendrá la habitación azul y el título mal puesto por el resto de su vida.

martes, 26 de noviembre de 2013

La sociedad tiene la culpa de todo

El día de ayer he tenido oportunidad de hablar con un chico que criticaba a ultranza la sociedad occidental y capitalista en la que vivimos. Según el discurso que discurrió en el furtivo diálogo, la juventud está perdida y la nación ha empeorado notoriamente. Sentí la necesidad de corregir algunos puntos, pero callé la boca. Soy demasiado perezoso para contradecir las palabras de otros. De la interesante disertación de este colega pude sacar una nebulosa conclusión: la sociedad tiene la culpa de todo.

Sometí a una severa reflexión todas las palabras que aquel muchacho acababa de pronunciar. A pesar del fervor de las sílabas, lo que decía no constituía ninguna novedad. En la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en casa, en la calle, en el país, en el mundo, se oyen miles de voces que articulan la misma queja: la sociedad tiene la culpa de todo.

Los movimientos de izquierda critican a los gobiernos conservadores; los cristianos ortodoxos echan la carga sobre los paganos inmorales; la señora Estévez siente terror al ver a los hijos de la señora Sánchez sentados en la esquina extraviándose en laberintos de cocaína. Al enterarnos de un asesinato a sangre fría o un accidente trascendental, nuestras neuronas atormentadas disparan pensamientos de horror y echan culpa a la figura de autoridad inmediata: el gobierno, la sociedad y el género humano.

Si muere una mujer, es tu culpa; si se inunda la pampa deprimida, es tu culpa; si Dios no existe, es tu culpa; si lees esto es tu culpa.

No niego que la delincuencia es un mal que el Estado debe regular, que la drogadicción y el narcotráfico son asuntos pendientes para las naciones del orbe, que la juventud “descarriada” protagonice hechos de violencia y sangre…

Nuestras lamentaciones pueden ser verdaderas, pero nadie gana nada con la mera queja. Como Job, maldecimos el día en que nacimos y permanecemos de brazos cruzados mientras el mundo se desintegra día tras día bajo las ramas del tiempo. Albergamos la impertérrita necesidad de incurrir a un chivo expiatorio cuando el martillo del sufrimiento impacta en nuestras cabezas para hacernos razonar. No nos gusta nada lo que vemos, pero no movemos un dedo para cambiar la crudeza de nuestras realidades.

Mientras muchos se preguntan: ¿Por qué me pasa esto?

Otros se preguntan: Bien, tengo un problema, ¿qué puedo hacer para solucionarlo?

Ésta es la pregunta práctica que debemos pronunciar antes de que la tragedia se imponga sobre nuestros ánimos. Los amantes del discurso fácil ejercitan la creatividad para lobotomizar a la audiencia con sus palabras acusadoras. Las circunstancias en las que se encuentra la humanidad no son favorables: el calentamiento global, las armas de destrucción masiva, la propagación de numerosas enfermedades, los niveles de desigualdad económica, la magnificación de las guerras, la contaminación ambiental…

La superficie terrestre está llena de problemas que, de solo pensarlo, te obligan a considerar seriamente la posibilidad de un suicidio.

Los heraldos de aquellas lóbregas sentencias de muerte pueden tener razón: el planeta está inundado de problemáticas irresolubles. Empero, si tuviera que prestar oído a cada fatalidad habida y por haber, se me habrían agotado las ganas de vivir.

El mundo fue y será una porquería, ya lo sé… reza una canción famosa.

Pero no me pueden negar el derecho a tener una esperanza.

¿Es iluso creer que las cosas pueden cambiar?

Tal vez. Si me toca descender al Seol y tomar la escalera eléctrica al Edén, lo haré conservando por lo menos una promesa de luz en este saco del alma que es el corazón.

En cuanto al muchacho al que acabo de referirme en el primer párrafo, le concedo toda la respetuosa veracidad en las palabras dichas. Es una pena que no me sienta lo suficientemente pesimista para comprender el hilo de sus pensamientos, mucho más profundos que mis razonamientos cauterizados por una débil chispa de fe.

Tengo un defecto: no hablo mucho. Escribo mucho. Invento historias trágicas con personajes abatidos. Toda la melancolía que cargo en la sangre la desparramo en oraciones. Cuando hablo, procuro versar sobre asuntos alegres y cotidianos para no amargarle el desayuno a nadie; si me siento deprimido, cierro la boca y bajo la cabeza. No quiero asfixiar a las personas con desesperanza; quiero nutrir las esperanzas ajenas y ver el jardín de los sueños florecer con nenúfares y luciérnagas.

Sí, tenemos problemas, pero nada gano echándole la culpa a los demás. En todo caso, una pequeña palabra de aliento vale más que todas las voces negativas del cosmos.

¿Hay algo que no te gusta de este mundo? Llora primero y actúa después. Arremángate la camisa, ponte los guantes, aférrate a esta vaga ilusión y transfórmala en una realidad: es tiempo de tratar de cambiar el mundo y morir en el intento. No lograrás la paz mundial ni se evaporará la desigualdad social, pero transformar tu manera de ver el mundo es el primer paso hacia la verdadera revolución humana.


Si quieres un verdadero cambio, deja de abrir la boca para enumerar los defectos de tus enemigos y comienza a abrir las manos para levantar los sueños de tus amigos. Después de todo, constituye parte de la naturaleza del hombre el acto mecánico de sostener una humilde esperanza, aunque no nos conduzca más que a un callejón sin salida en el cual sabemos que lucharemos hasta el final de los tiempos.

lunes, 25 de noviembre de 2013

El corazón del poeta viajero

Tengo un amigo al que se le ha reprochado escribir versos improvisados en el colectivo. Una barrera de respeto me impide mencionar aquí su nombre, pero espero halagarlo con estas miserables líneas.

Hay que tener una creatividad bien afilada para dibujar poemas en el vaivén de los autobuses. Es en la intimidad de la habitación, junto con la confidencialidad de la tinta o la monotonía de un teclado, donde se forjan las vías seguras de una buena historia. Escribir en el calor del público parece imposible; menos en una gran lata de sardinas que compacta almas humanas entre jirones de plástico, vidrio y metal.

En lo que a mi amigo se refiere, tengo la seguridad de que no es el único que bosqueja letras en el borde de un marchito papel. Así como podemos ver hermosas jóvenes con libros en las manos mientras la población del tren se dilata en una pérfida estación, hay espíritus con lápices invisibles que perpetúan sus propias novelas en el escritorio del corazón.

A duras penas puedo anotar un par de palabritas en el celular y amplificarlas en la parsimonia de mis reflexiones, a pesar del barullo articulado por el resto de los viajeros que me acompañan en el viaje. Empero, hay quienes en verdad honran a la poesía en movimiento. Ni el llanto de un bebé interrumpe el río de ideas que se desliza dentro de sus neuronas; al llegar a casa, perfeccionan y pulen el poema que nació junto a la ventana del transporte, mientras contemplaban a través del cristal la silueta de la ciudad despedazada por la velocidad.

No es que el colectivo nos infunda inspiración artística cuando, en la vida diaria, nos deja un mal sabor de boca si demora más de treinta minutos. El corazón del poeta viajero ya sube al lomo de la bestia con la sensibilidad en los bolsillos. Paga el boleto, toma un asiento y deja latir el alma silenciosa para cantar poesía con la boca cerrada. Son espíritus reflexivos, pasajeros de la vida misma, ocultos en la tediosa masa de carne que se mueve de una esquina a otra, de estación en estación, sobre rieles o calles. El que se abstrae por un instante de la amalgama de cuerpos que inundan todos los rincones del vagón, el que se entrega a la imaginación más allá del perro fastidio de viajar con el colectivo lleno, es un triunfador aún sin saberlo.

Es mi amigo un poeta reptante, un prestidigitador que escapa de la jaula de la rutina por un brevísimo segundo antes de bajar del vehículo y volver a casa. Es un ser creador que se escurre entre los barrotes de la cotidianeidad, como todos aquellos que han sabido dominar la pluma con la cual escriben el libro de sus vidas.


Estas nobles almas son los artistas, quienes al pisar la primera pulgada cuadrada de la calle no pueden evitar disfrazarse de gente común para disimular su genialidad y así poder vivir un día más en la tórrida Buenos Aires.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El calor del pleno Infierno

Odio el calor, y todo lo que representa: sudor, sopor, sed, insolación, asfixia, insomnio en un cuarto vaporoso, poca ropa, veranos despreciables y sol carburador.

Ignoro lo atractivo que se le ve a las estaciones cálidas, cuando la exaltada temperatura te atraviesa a flor de piel y te convertís en un termo de carne que acumula grados centígrados a cada paso que da. La amplia mayoría rebate mi pesimismo climático: no hacen más que enrostrarme en la cara lo paradisíaco que puede ser una semana de estadía en Punta del Este, la textura grácil de la playa y la frescura del salado mar.

Mi familia y yo hemos vacacionado en Mar del Plata en una ocasión. Mientras que para el resto de mi estirpe fue aquella una grata semana, esta experiencia me convirtió en enemigo definitivo del verano.

De calores está hecho el Infierno, de fuego y de sofocantes hogueras.


Si me preguntan, prefiero el frío, la lluvia, la sobriedad de los climas. Y si fuera por mí, el Universo sería un sempiterno círculo de hielo; y, en vez de lidiar con las espumosas fragancias de una atmósfera estranguladora como anaconda tropical, me sumergiría en un mar de frazadas al compás de los relámpagos de una tormenta, con un buen libro y una taza de té bien azucarado, para deleitarme en la divina gracia del Invierno Eterno.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El balance del año

Estamos llegando a fines de noviembre. A un mes de tirar el año presente por la ventana y abrazar con fuerza apasionada al año entrante. Todas las bocas de la ciudad se llenan de preguntas: dónde piensan pasar la Navidad, cuánto cuesta el asado, a quién le toca recibir a la suegra que viene del Interior, cuántas botellas de vino hay que comprar además de las copas que trae consigo el tío Raúl cuando se embriaga…

Fuera de esta esfera de preguntas, el más meticuloso de la familia (alguna tía esotérica, algún hijo entusiasta) deja de preguntarse qué será de los perros cuando estallen los fuegos artificiales para preguntarse qué es lo que hicieron durante los últimos trescientos sesenta y cinco días.

Y aquí acuñamos el término BALANCE DEL AÑO: confeccionar una lista de todo lo que hicimos y todo lo que no hicimos a lo largo de estos doce meses. Inmortalizamos los buenos momentos en un discurso inútil y desdeñamos las desgracias que nos acontecieron en el calendario.

Si uno quisiera realizar un listado de las preguntas más frecuentes a la hora de hacer un balance, tal vez anotaría en un bloc de notas interrogantes como: ¿Qué es lo mejor que te pasó este año? o ¿Qué es lo que sacás de todo lo que sucedió este año?

Las calculadoras del alma y las balanzas de la memoria tratan de medir el volumen de las experiencias vividas para decir: ‘Sí, la verdad, que este año fue mejor que los anteriores’ o ‘Sí, no ha sido un mal año, después de todo’.

Si fue un buen año, sacarán a relucir fenómenos benignos como el nacimiento de un hijo, un ascenso en el trabajo, la compra de un automóvil o el origen de un noviazgo.

Si fue un mal año… Bueno, me abstengo de escribir ejemplos.

El punto es el siguiente: el planeta ha terminado de dar una vuelta alrededor del Sol y el mundo occidental se arroja a la expectativa de que el año que viene será un año mejor. Especulamos, proyectamos e idealizamos, como crueles inversionistas del tiempo en la bolsa de valores del Universo.

Mientras las copas rozan sus caras en el brindis, mientras los niños contemplan como desposeídos la ignición de los cohetes y el tío Raúl se derrumba en el suelo otra vez, una voz imaginaria osará preguntarme: ¿y? ¿tu balance del año?

A lo que responderé:

–No sabría decirte. No lo hice. No lo necesito. En todo caso, para mí, ha sido un año bueno y un año malo al mismo tiempo.

Porque es infructuoso pesar la vida como si fuera un pescado y determinar qué tan bondadoso es el reloj con nosotros, cuando a duras penas sabemos diferenciar ‘lo bueno’ de ‘lo malo’. No niego que he vivido buenas experiencias y que he protagonizado notables progresos en mi vida personal, así como fui marcado por rotundísimos fracasos. Simplemente, no necesito la ayuda de una balanza imaginaria para determinar que tan bueno es Dios conmigo, si empuño la certeza de que los tiempos venideros serán mejores, siempre y cuando mantenga el hilo de la libertad entre mis dedos.

Pensar en el tiempo es una pérdida de tiempo.

Sin embargo, hacer un balance entre lo bueno que nos pasó y lo malo que hubiésemos preferido no vivir, improvisar esta tediosa dialéctica, no es tan perjudicial como yo lo presento; es sano, alimenta nuevas expectativas y nos obliga a mirar nuestros errores pasados para aprender de ellos.

No voy a felicitarte si tomas una birome y un cuaderno para enumerar cada cosa que hiciste en estas cincuenta y dos semanas. Quiero que pienses antes de contestar la siguiente pregunta, que reflexiones, que levantes tu mirada, que sonrías la última sonrisa de este mortecino mes de noviembre antes de responder…


¿Qué cosas buenas y qué cosas malas has anotado en tu balance del año?

viernes, 22 de noviembre de 2013

Microbiografía

Es difícil resumir veinte años de existencia en pocos párrafos. Haré el mejor esfuerzo posible.

Nací un día moribundo de octubre. Fui el primero de tres hijos. Mi hermana, dos años menor que yo, heredó el gusto por las artes visuales de mi madre, quien en su época de juventud fue una sigilosa pintora; de mi enérgico hermano, me basta decir que tiene un carácter tenaz y una notoria vivacidad, cualidades típicas de cualquier purrete porteño.

Fuera de los avatares que suelen patear las rutinas de una familia de clase media baja, puedo afirmar que tuve una feliz infancia. Mis días de niño florecieron en un suburbio tranquilo, a la sombra de casas pequeñas, calles de tierra y vivencias corrientes.

No pienso aburrirlos detallando exhaustivamente con mis miedos de la niñez, mi relación con mis compañeros de curso o desdibujando problemas familiares. A los imitadores de Dickens les será más fácil incurrir en el error de retratar cada molécula de tiempo perdido y llenar los renglones con frases poco pertinentes.

Lo que sí puedo decir es que he sido, y sigo siendo, un espíritu afectado por la timidez, lacerado por un carácter huraño y receloso. Esto no me impide conversar con otros seres humanos, por supuesto, pero no tengo el don de cosechar amistades con tanta facilidad.

No me gusta hablar de política, de deportes o de economía. Mucho menos de mujeres o de religiones. Nunca fui a una discoteca ni sorbí una sola gota de cerveza, jamás fumé un cigarrillo, y menos he estado cerca de las drogas. Acabo de cumplir veinte años. Estudio en la Facultad de Filosofía y Letras; trabajo los fines de semana en una pizzería como telefonista; asisto tres veces por día a una iglesia evangélica; una vez por semana asisto a un taller literario. Mi vida es demasiado sencilla para merecer una descripción tan grande. Atrapado en la apacible rutina de los días, derrocho mis tiempos de ocio en hondas lecturas. No necesito decir que la literatura constituye el mayor de mis placeres: me permito citar a Borges, a Cortázar, a Arlt, a Horacio Quiroga, a Stephen King, a Edgar Allan Poe, a Asimov, como mis influencias inmediatas.

Es en este punto del relato que decido cortar con la narración. Esta biografía condensada es una carta de presentación, no un tratado de mi personalidad. Porque, muy a pesar de las palabras, uno no puede conocer el todo de la persona. Y la única manera de conocerse es (¡cuán grande es esta paradoja!) precisamente a través de las palabras, que sobran pero no nos alcanzan.


De modo que tendrás que conformarte con estos míseros párrafos. Considérate afortunado. En la realidad, yo soy, más allá de las virtudes, un ser apático, ingenuo, huidizo, y muy, muy distraído.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Borrón y cuenta nueva

Fuera de todo lo previsto, escribo el primer artículo de mi nuevo blog. Tras varias vicisitudes e indecisiones personales, abandoné mi antigua página con quince minúsculas publicaciones. Este puñado de textos se ganó la conmiseración de una minoría de amigos lectores que lamentaron mi descenso de los territorios virtuales, y me pidieron, muy sinceramente, que no elimine el primigenio blog.

“El cuaderno de Julián” sigue siendo accesible a los ojos de los navegadores. Después de varios meses de escritura silenciosa, decido regresar a los eléctricos páramos de las computadoras y disponer mis palabras a una estéril cantidad de lectores que con el mayor de los placeres devoraran estas líneas.

Porque yo no escribo para complacer a las masas ni para cautivar a grupos selectos. No escribo para nadie, menos para mí mismo. Simplemente escribo. Y por más que las palabras transmitan sentimientos o ideas, este párrafo no es un mensaje o una carta destinada a una persona particular.

Escribir es disparar palabras al aire. Si alguien es alcanzado por una frase, si la bala perfora los músculos del alma, si el espíritu lector yace desangrándose en las calles de la vida, poco le importa al autor del desquiciado fuego.

Mentiría si dijera que me importa poco que mis compañeros en el arte de soldar sílabas me dieran palmadas en la espalda y elogiaran mis pequeños accesos de locura literaria. A uno le gusta recibir aplausos. Pero ya no me veo afectado por el temor de que a algún mortal, del otro lado de la pantalla, le disguste esta lectura. Fue esta fobia la que me vedó de fabricar más publicaciones en la red: experimentar la posibilidad de no ser lo suficientemente bueno en un Universo donde la excelencia es motivo de laureles dorados y cánticos de marfil.

No busco éxito. No busco encerrar corazones en un frasco ni trastocar la sensibilidad de la comunidad lectora. No busco el Premio Nacional de Literatura ni publicar best seller bajo mi maliciosa pluma. Lo que busco no se encuentra en tus ojos. Lo que busco está dentro de mi mano.

Abro el puño y hablan los dedos. Esto es lo que busco.

Tal vez este texto provoque una alegría sin voz entre mis exiguas amistades y hasta llame la atención de un explorador desprevenido. Si te gusta o no te gusta, no será motivo de preocupaciones.

Lo importante es escribir. Escribir por catarsis, escribir por pasión, escribir por placer, escribir por puro gusto… Si el verbo nuclear es ESCRIBIR, poco importa el resto de la oración. Siempre en cuando, escribir sea un acto sincero.


Ahora más que nunca he de escribir. ¿Estoy a la altura de las circunstancias para hacerte pasar un buen rato? No hay garantías. No prometo nada. Pero si has arrastrado tus pupilas hasta esta frase final, habrás hecho feliz a un joven demasiado distraído para disfrutar de ese blanco milagro llamado vida.