viernes, 6 de diciembre de 2013

Los escritores de La Tinta Dorada

Más allá de la autenticidad de mi vocación como hombre de letras, todo espíritu creativo requiere compartir el incipiente don de encadenar bellos versos con seres cuya magnífica comprensión de la literatura no se reduzca a las limitaciones meramente académicas.

En términos un poco más asequibles, el escritor, a pesar de las cavilaciones solitarias que fragmentan su personalidad taciturna, necesita exponer sus pensamientos escritos ante un minúsculo auditorio de poetas que inclinen su crítica atención a las marchitas rimas recitadas por el artista adolescente.

En palabras mucho más simples, un escritor necesita amigos. Y, muy a pesar de mis incurables defectos, veo gloriosos camaradas a mi lado que, con este aire de fraternidad, siguen formando activa parte de mi vida, en mi faceta de escritor y de persona.

Si bien esta heterogénea conjunción de almas sensibles ha existido desde mucho antes de mi llegada, el grupo en sí carecía de un nombre propio. Ignoro a quién se le ocurrió bautizar a esta alianza de soñadores con el glorioso rótulo de La Tinta Dorada. El título nos gustó tanto que lo asumimos como nuestro.

Una vez por semana nos reunimos y damos rienda suelta a nuestra imaginación.

Lejos de la estética suntuosa que caracterizó a otras tertulias literarias históricas, tales como los Inklings anglosajones o el porteño grupo de Florida, La Tinta Dorada aúna a prodigiosos adolescentes cuya afinidad por la literatura no se limita a un estilo unánime, sino que comprende, según sus integrantes, una exquisita variedad de gustos artísticos.

En más de una ocasión hemos entremezclado manuscritos que comprometen diferentes calibres estilísticos. Mientras un muchacho, bajo el influjo del terror, escribe un relato impecable y desgarrador, una chica lee una poesía que mueve las fibras de la sensibilidad. Otro joven, devoto amante del deporte, manifiesta su personalidad inconformista a través de sus cómicos textos satíricos; un varón arriesga sus párrafos en visiones oníricas, nebulosas e imborrables; otro, cuyo gusto por el hip hop es de antemano conocido en el ambiente, maneja el arte de la rima con la facilidad de la respiración humana. Uno de los chicos, quizás el más callado, ha escrito narrativas perfectas que hasta el día de hoy alimentan mi inspiración.

Dos profesores de Lengua y Literatura presiden las interesantes clases semanales. Un hombre y una mujer, respectivamente. El primero, de barba prolija y voluminosa corporalidad (no me animo ni por asomo a incurrir en otras adjetivaciones menos venerables) es un verdadero erudito en materia de cine y tiene una gracia irreparable para introducir agudos comentarios que iluminan la tarde a los estudiantes. Uno de sus alumnos suele referirse a él como 'El Capitán'. Un apodo que se ha ganado pero no gracias al poema de Walt Whitman.

En cuanto a la profesora, una hermosa mujer de cabello largo y castaño, debo destacar su contagiosa fascinación por autores como William Shakespeare o José Saramago, entre otras figuras literarias. Ella es la que aporta el toque de lirismo que complementa la plenitud del taller, ella es la que nos anima a abordar complejas temáticas como el amor o el destino, a la luz de otros personajes. (Como Alejandro Dolina, otro transmisor de genialidad cuyos relatos agotamos cada dos por tres.) Sus conocimientos de arte, cine y televisión no son inferiores a los del Capitán; aunque, eso sí, a diferencia de él, carece de un sobrenombre preciso.

Es bajo la vigilancia de estos seres entrañables que los miembros de este taller escriben con absoluta libertad. Estos docentes han comprendido a lo largo del oficio que el talento, como el alma humana, tiene una identidad propia e irrevocable que no se puede enclaustrar bajo cánones fijos. Las actividades dadas suelen ser meros disparadores para despertar en los poetas la chispa de la creatividad en su estado más puro.

Algunos, por imperio de las circunstancias o por insistencia de obligaciones más urgentes, ya no asisten. Otros, distraídos en el buen sentido de la palabra o encadenados a múltiples responsabilidades, han hecho una o dos apariciones en el salón y jamás se los volvió a ver, dejándonos con las ganas de conocer más a los visitantes de esta pequeña pero entusiasta sociedad de jóvenes soñadores.

Sin embargo, ellos están allí, escribiendo y conversando sobre preocupaciones metafísicas o historietas norteamericanas. Después de todo, si el afamado barrio de Flores goza de una mitología interna coronada por el inolvidable Ángel Gris, los Hombres Sensibles y los Refutadores de Leyendas, ¿cómo el municipio de Merlo podrá prescindir de estos personajes sublimes y heroicos, los Escritores de la Tinta Dorada, tan legendarios como las historias que perpetúan en la intimidad de sus cuadernos?

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