martes, 30 de diciembre de 2014

¿En qué estaba pensando...?



¿En qué estaba pensando…?

Estuve al borde de renunciar a los sueños y saltar al vacío. Y, de pronto, canciones de esperanza me atan a la vida que tanto amo.

¿En qué pensaba…? ¿Qué quimeras enfermaban mi cabeza? ¿Qué caliginosas sombras me atormentaban? Han desaparecido. Sólo hay lágrimas de felicidad en mis ojos hambrientos de milagros.

Dios, ¿en qué pensaba…?

Tantas veces he desperdiciado tiempo por mis amarguras vanas. No quiero vivir así. No quiero. Oh, Dios, que me arrancas la hiel y llenas mi boca con la miel de los caros leones. Oh, Dios, ¿por qué lloro? ¿Por qué salto? ¿Por qué río?

¿En qué estaba pensando? Todavía, allí, está el camino… Lleno de polvo y de peligro. Quiero recorrerlo. No solo. No estoy solo. Estoy rodeado de estrellas y de luciérnagas que me iluminan en las noches terribles.

‘¿Y aún crees –dice Dios, cruzado de brazos– que te he desamparado? ¿Crees que te odio? ¿Qué te desprecio? En mi corazón azul sólo hay lugar para el amor. No, hijo… Soy viejo y sabio y eterno, pero tú…’

Él se interrumpe. No puedo escucharlo. Quiero escucharlo.

‘¿En qué estabas pensando?’

Ahora, en el presente, sólo quiero vivir.

Ánimos caídos



Mis allegados han percibido el fatal acceso de amargura que ha afectado mi aspecto en estas últimas semanas y he recurrido a todas las excusas nimias para atribuir este desplazamiento de sentimientos a los festejos de fin de año.

Lo cierto es que este desasosiego es hondo.

No he escrito nada nuevo en días. He ocupado mi potencial creativo en un proyecto íntimo y absurdo. La inspiración a la hora de elaborar artículos se ha ido.

No intentes levantar mis ánimos caídos. Desgarraré el corazón de mi prójimo de un zarpazo. La cólera se me amontona en las encías cada vez más y más. Hay un monstruo creciendo dentro de mí.

Y lo estoy alimentando con miedo. Mucho miedo.

Expectativas para el año que viene

Ninguna.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Herederos del viento




‘Ahora quiero decir lo que he conseguido con este libro, pero principalmente lo que no he conseguido.’

Rodolfo Walsh. Epílogo a la segunda edición de ‘Operación Masacre’.


Émula de epílogo triste es esta opinión marginal que aspira a resumir de algún modo estos doce meses de vida miserable. Que este espacio virtual prolifere en crónicas impensadas me basta para reconocer que he ejercido, por lo menos esporádicamente, mi modesto oficio de escritor.

A diferencia del glorioso Walsh, no he publicado un solo libro, no tengo un posicionamiento político definido, no he contribuido a una causa noble. Empero, tornándome barroco y desolado, padezco mis desencantos subjetivos con narcisista orgullo.

Precede a todo desengaño las fascinaciones, y a éstas me dedico con entusiasmo y prisa. Con vanidad pondero mis triunfos: cinco materias en la carrera de Letras, mi incursión primera a la Feria del Libro, la adquisición de numerosas novelas, el descubrimiento de inolvidables literaturas, una visita al Colegio Piedrabuena, un recorrido ingenuo por el Abasto, una larga conversación con una escritora misionera en un restaurante de Flores, el talento de una cantante angelical, mi rimbombante irrupción en un boliche, un cumpleaños de quince, un gramo de vino, el sabor de un camarón, una sala de cine, la incorporación de mi hermana al taller literario…

Todas estas pequeñas felicidades convergen en un acontecimiento trascendental: el brillo de Luna Roja, cuya amistad es el mayor milagro que la Providencia ha proporcionado, y cuya resistencia a mis defectos imperecederos ha demostrado el poder de las relaciones humanas sobre las soledades urbanas.

Este ciclo rebosante de logros parece no admitir posibilidad de derrota; empero, mis ánimos apocados, aunque satisfechos, me sumergen en un abismo de festiva decadencia que las transitorias y luminosas pompas navideñas parecen acentuar en vez de sosegar.

El estallido de cada fuego artificial en el cielo remite a un fracaso, y mi corazón, firmamento de sangre pesada y músculos calientes, es un jardín de lágrimas no lloradas.

¿En qué he fracasado? En defender las ideas que en tiempos pretéritos con tanto fervor preconizaba; en ayudar a otros seres humanos cuando más lo necesitaban; en mantener una coherencia entre las palabras que he dicho y las acciones que he perpetrado.

A principios de este año propuse en mi espíritu ser egoísta, y lo hice. Sin moverme del sillón he sacado provecho de muchas situaciones, sea por gentil invitación de mis camaradas, sea por explotar acaso mi torpe imagen de chico bueno.

Colgado de los escenarios y de las mangas de mis anfitriones experimenté gozos inimaginables. A cambio, ¿cómo he correspondido a mis aliados? Con hombros encogidos, con consejos esquivos, con gratitudes huidizas.

Yo vivo a través de las personas. Parásito, rémora, pollerudo. Cobarde. La conciencia me acribilla con estos apelativos y yo los recibo con estoico y soberbio gusto.

Durante cinco años he vivido con la absoluta certeza de que he ejecutado una vida plena y una conducta cristiana, pero ha sido esta creencia, tan profundamente arraigada en mi ser, la que me ha amputado de mis hermanos.

No soy bueno. No soy santo. No soy puro. No soy moral. No soy ético.

Mi individualidad se sostenía en la delgada línea entre lo bueno y lo malo. Mi inconmensurable desilusión respecto a las instituciones políticas-religiosas y las actitudes solapadamente hipócritas de ciertas sombras de un pasado que creí haber superado derrumbaron la bipolaridad que condicionaba mis procesos mentales. Si no existe realmente lo blanco y lo negro, ¿dónde migran las almas cuando los cuerpos perecen?

He renunciado a un cargo en la iglesia a la que asisto todas las semanas porque la contradicción que arrastraba en mi pecho se me hizo insoportable. Hace poco tiempo, el pastor del evangélico templo afirmó:

–Vos sos una persona espiritual.

¡Ay de ti, benévolo ministro! ¿Qué ceguera de profeta le atormenta, que no puede ver acaso las perversas máculas de disgusto que en mi naturaleza contrita resplandecen, como tempestuosos agujeros negros en la infinita longitud del cosmos?

No soy espiritual. Incalculables despropósitos amedrentaron mi fe. No oro, no rezo, no alabo, casi no toco la Biblia. No tengo moral cristiana; de hecho, no tengo moral. En este aspecto, he fallado. En los momentos en los que mi familia requería todo mi apoyo, les he negado mi mano. He sido prosperado, pero la arrogancia me impide reconocer que todo lo bueno de mi vida proviene del Cielo.

He renunciado a un ministerio porque he contemplado mi sonriente rostro en un espejo y vi a un monstruo que se desliza entre dos mundos.

–Dios busca corazones humildes –sentenció mi padre, alguna vez.

¿He sido yo humilde? ¿He sido yo solidario? ¿He sido yo valiente y esforzado? ¿He resistido, por lo menos, el impulso natural de desear alguna mujer? No, no y no.

He fallado como hermano, como cristiano y como persona. Pero no como escritor. Esto es un consuelo y a la vez una placentera maldición.

Ya no aspiro a salvar al mundo.

Los hijos de puta no merecen ser llamados hijos de Dios.

Pero los herederos del viento pueden narrar historias. Y las voces de los muertos en vida pueden cantar romances a la noche.

No soy bueno ni malo. Soy estúpido. Patético, histérico, evangélico. Y poco gracioso. Pero Dios ha comprado mi alma; el Creador tiene piedad de los mediocres.

No aspiro al Edén, pero este ha sido un año demasiado bueno y generoso, tanto así que desconfío de los ángeles y los demonios, que me miran con codicia y con desdén a pesar de mis herejías, como diciendo: ‘No importa lo que diga este tipo, él tiene un as bajo la manga y lo va a usar’.

Más allá del pesar, y de todo lo que mi familia sufrió, no quiero matarme, y ése es un buen síntoma. Quiero vivir, ya no pensando en corregir el rumbo de los otros, aunque no prometo ser más solidario o heroico. Soy demasiado cobarde para cambiar, y demasiado perezoso para siquiera intentarlo.

En vez de mejorar, parece que busco la manera de empeorarlo todo.

Me da igual.

Me da igual si el amor eterno existe o no para mí. Me da igual si usted me cree un cínico o un depresivo, porque al fin de cuentas, he perdido la capacidad de definirme a mí mismo. Soy barroco. Me ilusiono y desilusiono con facilidad, soy extremadamente dependiente de los demás y gozo de una salud tan implacable como mi torpeza.

Que la corriente del tiempo me arrastre y sea Dios quien me premie y me castigue.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Drugos de Buenos Aires



De tanto viajar en colectivos uno tolera con naturalidad las eventualidades que surgen entre fierros y pasajeros. Cada viaje es una pequeña representación teatral en un escenario de cuatro ruedas, un mecanismo que el azar pone en funcionamiento sin obedecer los rigurosos cronogramas de la rutina, un microcosmos sujeto a las arbitrariedades y los acontecimientos inesperados.

Expongo, por ejemplo, el caso de ayer, donde un guitarrista se subió al transporte y entonó en compañía de una dama no tan refinada canciones de Pappo, Cerati y Solari. Una pasajera de escasa indumentaria y contextura robusta intentó competir con la melodiosa sonoridad de la seca guitarra y accionó, desde su teléfono móvil, intolerables ritmos de pseudocumbia.

Pero el rock está hecho de metal, pasión y sangre; en la clasificación de los apasionados por la música, entraré yo acaso en la categoría de los caretas. No importa. Se produjo una batalla de armonías en la noche, y reconocí de inmediato al bando ganador.

Los colectivos son campos de batalla donde los pseudocumbieros irrumpen en la parsimonia suburbana con sus dispositivos musicales, su metalunfardo –degeneración de la antigua rica jerga de los inmigrantes–, sus distintivas vestimentas y sus aires de gallardía lasciva.

La gente se refiere a ellos con un nombre despectivo que los congrega y los margina: la ‘negrada’. Evito estas caracterizaciones descaradamente preracistas; empero, admito que en esta protocrónica se estima cierto grado de desprecio ante esta interesante sociedad de jóvenes malsonantes y grotescos.

Respiro en estos párrafos cierta influencia cyberpunk, como si ellos fuesen la descarriada generación de este siglo, empecinados drugos de Buenos Aires.

Lo cierto es que las ciudades adquieren estos matices decadentes, positrónicos, nocturnos, ambiguos. Y entre boliches y previas, los pseudocumbieros elevan las cabezas, reunidos en manadas, con hambre de juerga y sed de putas.

Y yo, disimulado en la multitud, disfrazo mi miedo, aún rodeado de estos seres viriles y famélicos. 

Una canción simplona resuena a mitad de la noche. Son ellos. Los fieros drugos de Buenos Aires.