lunes, 12 de mayo de 2014

Diablos blanquicelestes

En la noche del último sábado, un considerable número de fanáticos de Racing Club copó el interior del colectivo en el cual este ilustre narrador se hallaba. Recién salido de la pizzería, había cerrado mi jornada de telefonista; rendí, asimismo, un examen de gramática esa misma mañana. Que mis oídos y ojos tuviesen sed de calma nocturna, era evidente. Estaba decidido a entregarme al Reino de los Sueños en la incomodidad de los asientos del bondi: era uno de los primeros en la fila y en pos de mí, los menos privilegiados habrían de permanecer de pie dentro del voraginoso vehículo.

Desde la esquina, sin embargo, un cúmulo de diablos blanquicelestes, consumado el partido sabático, se aproximaba a la parada. Dos de los demonios (tez cetrina, ojos desorbitados, pómulos chupados por el tabaquismo u otra adicción que prefiero esquivar) se acercaron a la ventanilla del conductor.

–¿Podemos subir?

El chofer pecó de generoso. Abrió la puerta trasera. El colectivo se convirtió en un Infierno de cuatro ruedas. ‘Por lo menos, agarré asiento’ pensé, resignado. Y la carroza de metal arrancó, nomás.

Bombos, insultos, olor a marihuana y a tabaco, hombres bestiales que cantan conspiraciones contra Independiente. El colectivo se convirtió en un zoológico rodante, una Biblia oficiosa de cánticos obscenos.

El conductor obvió o quiso obviar a las muchedumbres amontonadas que esperaban un transporte a altas horas de la noche para el retorno a casa. Liniers, Ramos Mejía, Haedo, Morón, Ituzaingó… El chofer los ignoró. Dos o tres de los monstruos acababan de romper el mecanismo de la puerta trasera y no falto quien asomara la cabeza al mundo exterior para exigir a los peatones callejeros condenación eterna a River Plate en términos demasiado asquerosos para reproducirlos aquí.

Esa noche, por una vez en mi vida, fui Dante sin Virgilio. El colectivo, ese quimérico y argentino sustituto de la Barca de Caronte, atravesaba los círculos concéntricos del Infierno de la Academia. Vi el Limbo en la indiferencia de los pasajeros; la Lujuria en una chica encima de los muslos de su novio, tranzando a bocajarro y con las cabezas cubiertas por la capucha de sus buzos; la Gula en los bebedores de vino barato. Podría decirse que la Avaricia estuvo presente porque, de la hinchada de Racing, nadie pagó su boleto; la Ira en las conjuras impersonales hacia el resto de los equipos de fútbol de la República Argentina; la Herejía en la adoración enfermiza a los colores; la Violencia en los empujones y en las agresiones verbales.

El Fraude era la escena entera, el carácter de irrealidad que se leía en la cara de los descerebrados, quienes descargando puñetazos contra el techo se engañaban a sí mismos creyendo que Racing Club constituye una divina institución que perdurará por siempre. Que Cristina Fernández declare guerra a Corea del Norte y veamos en cuántos segundos puede desaparecer toda la Selección. Señores, por favor, ¿en serio piensan que los once nobles tipos que se revientan las rodillas en plena cancha se sentirán honrados al saber que provocaron ultrajes en el interior de un transporte público? ¿Es ésa la forma gloriosa de demostrar devoción por la camiseta?

(Claro, si digo esto en voz alta, me empujan por la ventana, y, derechito al cementerio.)

El noveno Círculo, el de la Traición, lo merece el inexpresivo chofer.

Afortunadamente, nada es para siempre en la faz de la Tierra. A cuentagotas descendían los diablos de Racing en sus tierras nativas, llevándose las blasfemias y el sudor a otros confines ignotos.

El viaje llegó a su fin. Bajé del autobús y, en un remis nada celestial, regresé a casa.


De esta experiencia rabiosa entresaco un consuelo: después de un viaje a través del Aqueronte-Rivadavia, las almas llegan al Cielo. Y mi vida, damas y caballeros, es la más irrisoria y feliz de las Divinas Comedias.

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