sábado, 29 de noviembre de 2014

El tema más triste del mundo



La muerte de un comediante es el tema más triste del mundo. El fallecimiento de Roberto Gómez Bolaños no es el primero en herir los ojos de la comunidad occidental; ya Robin Williams, cuyo legado en la cinematografía es incalculable, desgarró con su muerte al mundo. Entre artistas no hay comparación. Ambos, desde sus púlpitos de cristal, dibujaron huellas en generaciones enteras de televidentes y cinéfilos.


En ‘La vida es sueño’, de Pedro Calderón de la Barca, el único acontecimiento que me llenó de congoja es la muerte accidentada de Clarín. Un detalle transgresor: en el teatro, el que ríe no tiene que morir nunca. La vida no es un escenario, y los que ríen duermen con los que lloran. Una lástima.


Latinoamérica rinde homenajes y elegías a alguien que hizo reír a grandes y chicos. El llanto, al igual que la risa, no dura para siempre. Parece ser que esto es la vida: una yuxtaposición de tragedias y comedias, entreactos y telones. El vestuario, el elenco, los guiones, los escritores. Todo puede cambiar.


Que las risas permanezcan imperecederas en el tiempo. Que así sea.

martes, 25 de noviembre de 2014

Año Uno



Opiniones Marginales nació el 21 de noviembre de 2013, con la publicación del artículo Borrón y cuenta nueva. Hasta el día de la fecha se han publicado casi ciento cincuenta textos.

Mucha agua ha corrido bajo el puente de este escritor. El primer año de carrera en la universidad, la articulación de nuevas amistades, desilusiones personales y simultáneas fascinaciones; este río de acontecimientos me ha atravesado de pies a cabeza y ha erosionado mi personalidad, de manera tal que no puedo descifrar quién soy, de tal forma que me desconozco completamente.

Ha sido un buen año para mí; ha sido un mal año para muchos. Es el extraño conocimiento de la infelicidad de mi prójimo el motivo por el que rebajo el estilo de mi prosa a un lenguaje, si no accesible, despojado de toda complejidad poética.

Impregnados parecen estos párrafos de sigilosa petulancia, de impúdica mas velada soberbia. Me incomoda ser consciente de la delgada línea que separa la exaltación del ego de la franqueza literaria. Que mis constantes y humildes lectores no contemplen mi obra como un acceso de vanidad.

En estos últimos meses he prestado más atención a las derrotas ajenas que a las propias victorias; en algún punto, yo también he fracasado: si mi obra no puede confortar el corazón del apocado, si mi escritura no puede enaltecer los ánimos caídos, mi literatura es inútil.

Escribo para mí mismo. O, al menos, esta inicial creencia ha sido la causa primera de numerosas opiniones marginales. El tiempo se ha encargado de desterrar esta farsa: si escribo, escribo con la profunda convicción de que alguien, en algún lugar del vasto mundo, está leyendo esto.

Escribo para comunicarme contigo. Para transmitir esperanzas inciertas, para entrar en contacto con el lector, para deslizar tus desgracias un par de centímetros a tu izquierda. Escribo para sentirme humano. Me pregunto cuántas veces he fracasado tratando de encontrar mi propia humanidad en las letras cuando pude haber ayudado a alguien de otras mil maneras diferentes.

Viene a la memoria una historia. Érase una vez un joven que se subió al escenario de una iglesia y sentenció: ‘Yo soy el hombre que ríe. Yo soy un payaso’. Acto continuo, cantó una cristiana canción. Aquel adolescente renunció más tarde a su privilegiada posición de cantor, renuncia cuyos motivos no me son desconocidos y que, sin embargo, prefiero elidir en mi mísera prosa.

De esta anécdota frugal arranco una terrible frase. ‘Yo soy un payaso’. ¿No es acaso el artista un portador de risas forzadas y tristezas fingidas? No quiero escribirme más, quiero escribir a los otros. Quiero el maquillaje y la máscara; quiero representar la realidad que me rodea, no escapar de ella. Cuando quiero hablar sobre mí, lo único que veo es un corazón vacío. El oro que busco está en mis hermanos, en mis padres, en mis amigos, en los pasajeros de un tren, en el colectivo…

Ha transcurrido un año desde que tú me lees. Has sufrido el derecho de tragarte mis palabras a voluntad. No puedo darte ninguna recompensa. ¿Gracias? Desde el instante en que tus ojos arrasaron la primera línea, mi gratitud es eterna.

Mis sueños de inmortalidad son imposibles. Aspiro a un objetivo más modesto. Escribir. Escribir y ser leído. Por uno, por varios, por muchos. ¿Importa la cantidad? Lo que en verdad deseo es mantener esta conexión invisible entre tú y yo. La mirada del lector. Tus ojos me llenan de humanidad. Cuando me lees, resucito una y otra vez. Retorna a la vida sólo una parte de mí, pero es la mejor parte de mí.

Es esto lo que me define como persona, lo que me hace humano. Escribir. Lo que he estado haciendo durante todo un año; lo que quiero hacer por el resto de mi vida.

Escribiré. Escribiré más allá de mis propias debilidades. Escribiré más allá del patetismo y de las limitaciones de mi ser. Escribiré hasta que mi corazón exprima el último latido de sangre que selle mi entrada a los otros mundos.

Lo que hago es lo que soy. Y, en este momento, me siento nada más y nada menos que un escritor.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Post-examen



Me ha ido bien. Esto lo digo, respecto al último episodio de mis opiniones marginales, en los que veladamente me prefigura como un convicto al borde de la silla eléctrica. Ignoro o quiero ignorar el estado académico de Luna Roja; los buenos amigos jamás mencionan la fortuna del prójimo, no sea que el elogio acabe en envidia.

Había llegado a la Facultad con unos minutos de anticipación para sacar cierto material de la fotocopiadora. Hallé a dos compañeras de curso que, con mayor lucidez y premeditación, se preguntaban mutuamente si estaban nerviosas por el examen.

Desinteresado por su cháchara universitaria, hice lo que tenía que hacer allí y subí. Encontré a otra estudiante más cerca del umbral del aula del segundo piso, con un pucho consumido en las finas manos.

La profesora llegó. Repartió los temas. El color gris de las paredes se nos hizo plomo a todos. Sin embargo, pude responder, creo yo, las preguntas en un estado de mediana coherencia.

Luna Roja salió después de mí. Caminamos hacia el comedor del subsuelo. Pidió un café con medialunas. Le temblaban las manos.

–Eso es porque vos no estás constantemente nerviosa, como yo… –quise decir, en un tono de broma que a todas luces no resultó tan cómico, porque Luna Roja me dedicó una cansada mirada de ‘Esto no es un juego’.

Quedamos mudos, estudiando obras teatrales españolas para la evaluación del día siguiente. Acabábamos de salir de una guerra para meternos en otra. Dije, también, entre bocado y bocado: ‘La única manera de sobrevivir es volviéndose loco’.

No sé si ésas eran las palabras exactas, o si Luna Roja, de lo hastiada que estaba, no las escuchó. Estoy convencido de que la Facultad te vuelve loco, en algún punto. Y uno prefiere enloquecer por sí mismo antes de que los exámenes enloquezcan a uno. Uno tiene que esforzarse por acordarse de que está estudiando lo que le gusta. Los viajes, el esfuerzo, la falta de tiempo, las idas y venidas, los múltiples vaivenes, el precio de las fotocopias y los almuerzos… Valen la pena.

Cuando regresé a casa y comenté mi experiencia, mi padre, para mi asombro, dijo:

–¡Es que eso no es fácil! ¡Te cansa!

Me lleno de orgulloso y secreto estupor. Mis padres, que antes me preguntaban para qué servían las letras, me estaban apoyando, estaban reconociendo la dificultad de mis actos. Acaba de culminar un cambio sigiloso, una transformación imperceptible que significa mucho para mí.

La cursada está a punto de terminar, y me llevo muchas cosas buenas para el fin de año. El temblor de las manos de Luna Roja, definitivamente, no es una de ellas.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Examen



Hoy tengo examen. Una cosa es que me guste la literatura norteamericana; otro asunto, completamente diferente, es que sepa aplicar conocimientos en una hoja de papel, escribir con desenfado durante dos horas, entregar la hoja a una profesora joven y bonita, salir al pasillo y gozar de la compañía de jóvenes que fuman…

Mariano fuma. Ernestina fuma. Camila fuma. Luna Roja y yo no fumamos. No queremos morir. Podemos morir de miedo o de ansiedad, incluso morir de pena por amores que nunca nos correspondieron. Así somos: hermanos adoptivos del tiempo, Luna Roja y Sombra Azul, abstemios de lo tóxico, hastiados de teorías, comerciantes de lástimas mutuas, trémulos consejeros, conversadores y literatos.

No fumamos. Necesitamos nuestros pulmones. Quiero respirar con los míos los campos que pisaré el día de mañana. Luna Roja quiere lo mismo: ella me metió en la cabeza la idea de los viajes. Me tomó por la nuca y me disparó a quemarropa la idea del cambio. Creo que la mayoría de las personas que he conocido me acribillaron con el mismo pensamiento. Sólo que Luna Roja me puso un petardo en la boca, salió corriendo y me dejó con la boca ensangrentada de reflexiones.

Tengo ganas de sangrar sueños. Desperezarme, salir de mí mismo. Cometer una locura lo suficientemente pequeña para no molestar a nadie, pero lo suficientemente grande como para que todos digan: ‘¡Ey! Esto es algo que este tipo no haría, ¿qué pasa acá?’

Yo soy la Sombra Azul que nunca fuma. Yo soy la Sombra Azul que siempre escribe. Yo soy la Sombra Azul que siempre espera. Sombra Azul de tanta tinta en cada una de sus venas.

No fumamos. Esperamos, como reos de buen comportamiento, la nota imprecisa, como quien espera una puñalada en la estación de tren.

Hoy tengo examen. Y sé, a todas luces, que me irá mal. Y esta premonición no me llena ni de vergüenza ni de orgullo. Solamente lo sé.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Inventarse una vida



–¿Qué hacés los domingos? –pregunta un compañero de Facultad.

Me da vergüenza decirle la verdad, así que respondo:

–Nada.

A mí me gusta responder estupideces. Siento que mi vida es demasiado ordinaria y que el otro espera a que yo me deshaga en fanfarronadas como: ‘Sí, soy un multimillonario que combate el crimen por las noches con un disfraz de murciélago’.

Me gustaría inventarme una vida con los suficientes detalles como para entretener al público. Mis amigos, mis auténticos amigos, me ahorran el trabajo: me quieren tal cual soy.

Sacrifico las falsificaciones a favor de la ficción que suelo escribir en la intimidad. Me gusta mentir cuando lo hago en el papel. Y en el arte de fabricar acontecimientos que jamás sucedieron –creo yo– me considero bastante bueno.