viernes, 31 de enero de 2014

Escribir a tiempo y fuera de tiempo

Es muy difícil que un problema o un estado de ánimo me quiten las ganas de escribir. Mi entusiasmo se deduce por la longitud de mis textos. Si mis publicaciones se reducen a dos o tres frases, los habitantes de mi entorno personal deberán tener mucho cuidado a la hora de dirigirme la palabra.

La producción literaria es un oficio que disfruto con el mayor de los placeres, no sólo por el efecto catártico que solivianta los sentimientos perturbados del escritor, sino también porque me produce una satisfacción y una sensación de realización que desplaza parcialmente mis pequeños aflicciones.


Llueva o truene en el interior de mi alma, persistiré en el maravilloso acto de escribir; sea por desahogo, por vicio, por virtud y simultáneo deseo de liberación intelectual.

miércoles, 29 de enero de 2014

Un poquito de humor negro

Hay días en los que me pregunto de qué sirve ser bondadoso, respetuoso y leal. Se lo pregunto al reflejo del espejo del baño y recibo como respuesta el mutismo del retrete. Se lo pregunto a mis perros y ellos ladran, salpicando pulgas por los alrededores. Se lo pregunto a Dios y él me señala las viejas palabras del apóstol San Pablo.

Como no hallo respuestas contundentes, he improvisado una respuesta irónica aferrándome a las virtudes del humor negro.

Ser bueno, en vida, no sirve.

Los frutos de la benignidad se cosechan después de muerto, cuando el encargado de pompas fúnebres rectifica los últimos pormenores del entierro y todos tus familiares, amigos y enemigos hacen fila para dedicarte una sarta de discursos inútiles acerca de tu trayectoria, tus sueños rotos y tus sublimes cualidades. El lado glorioso de tu propio funeral es que todos los defectos que te reprochaban desaparecen de un plumazo.

En vida, medio continente te toma el pelo. En muerte, inauguran un monumento de oro en tu honor.

Cuando las personas te devuelven una palabra de aliento con una bofetada marginal, es lógico derramar una lágrima secreta. Pero, si me aferro a mis principios y a la moral, tal vez, el día de mañana, uno de mis pocos amigos encargue a un artesano particular la fabricación de una placa con este esquema:

Julián C.
Fecha de nacimiento – Fecha de defunción
Epitafio conmovedor o frase ingeniosa
proferida por el difunto en cuestión

Al que no le gusta el humor negro, tiene todo el derecho de despreciarme. Pero hay determinados momentos de mi vida en los que pienso que la ética, para lo único que sirve, es para premiar las debilidades y para compensar la falta de reconocimiento de los espíritus laboriosos y sensibles.

martes, 28 de enero de 2014

El vendedor de cuchillos

Hago tenebrosa memoria de un personaje al que vi solo en dos o tres ocasiones en el interior de los grises vagones del ferrocarril de la línea Sarmiento. Aquel hombre, en cierto modo, fue muchos hombres. Compartió los defectos de todos los mortales: el aire temerario y la indiferencia al tiempo y a la muerte. A pesar de estas irrevocables limitaciones de espíritu, no había ningún signo de misterio o de metafísica en el rostro sereno, atravesado de costumbres. Tratábase de un vendedor ambulante. No ofrecía biromes, galletas o encendedores. Era un vendedor de cuchillos.

Rememoro con pavor la enérgica entrada del comerciante; las navajas, enfrascadas en fundas de plástico chillón, destilaban resplandores mortecinos a la luz del sol. La nariz inhalaba estruendosamente y la boca irradiaba por enésima vez el discurso de la venta. La voz precisa y nasal habitaba el hueco de sonidos cavado por el mutismo general de los pasajeros: algunos se percataron de la peligrosa naturaleza del producto; otros, abofeteados por las manos de la indiferencia, persistían en el hábito de dormitar u orientar la cabeza hacia la ventana.

Mi corazón reventó como un petardo cuando vi cómo el abominable manipulador de puñales tomó una de las navajas y la desenfundó. El filo desnudo perforó el cristal de la tranquilidad. Si el objetivo de aquel era el de llamar la atención, lo había logrado a costa de la gris parsimonia que impera en los largos viajes ferroviarios.

Oí unas palabras se me antojaron ridículas. La sonora voz del comerciante expresó que lo acontecería a continuación no correspondía a un acto de vandalismo o destrucción de la propiedad pública. Con el terror que afectaba la circulación sanguínea de mis tímpanos, me maravilló haber podido escucharlo. El hombre estrelló el dorso del delgado cuchillo contra una baranda de hierro sucio. Los feroces tintineos me rayaron el ánimo, pequeñas campanadas de muerte.

El vendedor comenzó a caminar, golpeando cada maldito fierro con el instrumento mortífero que pretendía ser un simple utensilio de cocina. La resistencia del acero inoxidable estaba comprobada; empero, el comerciante, hundido en el laberinto de la persistencia, desparramaba sobre las orejas de los infortunados viajeros las onomatopeyas de la imprudencia más deliberada.

Clink, clink, clink.

Mi cuerpo se tensaba como una soga en el cuello de un condenado. Las pulsaciones resbalaron por la pendiente del vértigo. El repartidor de tintineos  pasó junto a mí. El tren danzaba suavemente, así me pareció, sobre las tórridas vías. La velocidad de la sangre en mi temblorosa mandíbula disminuyó. Recobré el sentido de la realidad. Hacia la próxima estación, el vendedor de cuchillos desapareció en el gentío del andén.

No hay sensatez en el arte de traficar armas blancas. Menos, cuando el escenario de las transacciones es un tren en pleno movimiento. Mis temores están justificados: experimenté el miedo a que la infausta navaja se escurra de los dedos del negociador insensato; el miedo a que la daga describa círculos de metal en el aire turbio del vagón; el miedo a que el triángulo rectángulo cuyo sarcófago debe ser un cerrado cajón de madera aterrice en la diminuta inmensidad de mi pupila izquierda; el miedo a que la fría y seca lengua de plata se abra paso por el pastizal de tejidos orgánicos que componen la geografía circular de mi vulnerado globo ocular; el miedo a que la punta del dedo de hierro se hunda en la ternura del cerebro mientras el ojo partido florece en pétalos de sangre y colirio marchito; el miedo a deslizarme por el asiento como un muñeco de nieve descongelado hasta que mi brazo muerto encuentre la rigidez inesperada del suelo.


Ignore si quiere a este chico que urde fobias en la intimidad de la escritura. De vendedores de cuchillos no he tenido novedades. Y tampoco quiero tenerlas. Dejemos que el río de la normalidad fluya con sobrio ritmo a través de nuestras sienes y demos punto final a esta anécdota. Dejémoslo.

lunes, 27 de enero de 2014

Las catacumbas porteñas

Si en los cuentos de Borges apreciamos la veneración por los laberintos, es legítimo también que en mis anécdotas me preocupe por glorificar las penumbras de las galerías comerciales.

Estas cuevas mercantiles que atraviesan manzanas enteras parecen ser el eventual escenario de diferentes tipologías de personajes que comprenden el elenco de la vía pública.

Un grupúsculo de adolescentes en plena cacería de caras ropas, una madre arrastrando a una criatura irritada en busca de zapatos, un noviazgo apretujado en enternecedor abrazo que camina sobre largas escaleras, protagonizan sus propias aventuras personales en túneles de vidrio y tiempo.

La diferencia sustancial entre el laberinto mitológico y la galería urbana radica en que en el primero se privilegia la búsqueda constante de una salida. En los paseos de compras las puertas de emergencia están perfectamente señalizadas; sin embargo, nadie quiere salir, no hay mortal que desee cortar el hilo de la caminata. Si una persona permanece encerrada en un centro comercial durante veinticuatro horas, no le afectarán el miedo o la impaciencia, sino el regocijo de estar rodeado de un bosque de productos accesibles a la mano. (La moraleja sugerida en la película ‘El amanecer de los muertos’ de Romero contradice la tesis de esta escritura: el centro comercial puede ser tanto nuestro refugio como nuestra perdición.)

Hay una galería, en particular, a la que trato de ir siempre que puedo: me detengo delante de una tienda de películas y observo las cajas de DVD’ s en exhibición, más para no olvidar la existencia del cine que para otra cosa. En la eterna contemplación de caras famosas, hago un esfuerzo visual para ver a través del reflejo del cristal al gentío acérrimo que recorre la caverna conmigo.

Si se me presenta la oportunidad, no escatimo mi tiempo en organizar escaramuzas para investigar las catacumbas porteñas que tanto llaman mi íntima atención. Después de todo, las mejores opiniones marginales que he escrito han florecido dentro de las venas de la urbe, y nunca se sabe de dónde puede salir la inspiración prematura para un excelente relato futuro.

domingo, 26 de enero de 2014

El libro del hada sin nombre

Dios sabe que la naturaleza del lector es uno de los objetos de estudio que más movilizan mi curioso intelecto. La versatilidad corporal del amante de los libros para adaptarse a la incomodidad de los ambientes públicos es admirable. Fácil es creer que se puede leer en cualquier parte. Incluso, en la vía pública.

Cito una urbana visión de día miércoles para justificar un ejemplo.

El colectivo, la torre horizontal de metal rodante que acostumbro montar para arrastrarme a largas distancias, penetraba por una avenida tibia de automóviles. En las vicisitudes geográficas de Floresta, aprovechando el resplandor carmesí de un semáforo, asomé la cara por la ventana abierta. El interior de la bestia cuadrúpeda que reptaba hacia Primera Junta, a pesar de la exigua cantidad de pasajeros, presentaba una atmósfera sofocante.

Cuando mis pupilas brincaron hacia el pavimento, chocaron con las multitudes imperturbables de la ciudad. Viajeros peatonales sin más propósito que migrar de un sitio a otro, planetas de carne enjaulados en las órbitas de cronogramas individuales. En la nebulosa de constelaciones de cabezas que rebotaban sobre el filo caliente de la acera, distinguí la aurea cabellera de una señorita sin nombre.

Vi el rostro colorido, ovalado y casi germánico; la musculosa blanca, los pantalones negros. Las sobrias chancletas en los pies de porcelana. Las piernas flexionadas sostenían el cuerpo de un libro sin título. Mi imaginación rellena el hueco de los ojos femeninos de un color boreal: un iris irreal que oscila entre un agudo azul y un verde ácido.

Era un hada imperfecta con sed de palabras. Un manantial secreto de curiosidad. Bajo el cartel de una tienda de bicicletas, se desdibujaba esta anónima visión.

Desde mi tórrido asiento estiré la mirada para contemplarla con inútil admiración. Me interrogué a mí mismo acerca de la naturaleza y el género del tomo atrapado en los dedos de la efímera mujer.

En vehículo retomó la marcha al extinguirse la estrella roja del semáforo. Por enésima vez, sin ojear otro reloj que la pantalla del teléfono móvil, supe que llegaría temprano a mi destino. Descendí unas cuadras previas y desfilé lentamente delante de los escaparates de farmacias y jugueterías, con repentinas ganas de volver al lugar de los hechos y preguntar a la señorita desconocida qué era lo que estaba leyendo.

Esto, por supuesto, corresponde a la especulación y a la fantasía.

Mientras tanto, en algún lugar del tiempo, el libro del hada sin nombre se cerraba para siempre en las sombras de Floresta.

sábado, 25 de enero de 2014

Peor que las mujeres

Mi indecisión a la hora de elegir qué camiseta ponerme trepa hasta los límites más aborrecibles de la intolerancia. Al menos, eso debe pensar mi hermana cada vez que ve mi sombra desdibujada sobre las puertas del armario abierto. En otras palabras, dudo demasiado cuando debo seleccionar qué vestir para cualquier salida.

Mis vacilaciones, por lo general, exasperan a cualquiera. Evocando un caso reciente, mi queridísima compañera de sangre me reprochó con vago desaliento el uso duradero de una remera verde que llevo siempre antes de partir al trabajo. Articulando una sucesión de comentarios profanos, me persuadió de arrancar otra vestimenta desde las vísceras de mi placard, para ‘variar un poco’.

Aquí comenzó la tortura.

Bajo la vigilancia de mi hermana, recostada desinteresadamente sobre una cama, abrí el ropero. Un ejército de tela se desplegó ante mis narices. Aparté buzos y pantalones hasta hallar una pieza digna de combinar con el acuoso océano de los jeans y la carbónica negrura de los zapatos.

Me probé harapos varios sin necesidad de espejo. Mi hermana ojeaba mi apariencia y disparaba a quemarropa el defecto inmediato de mi pobre estética: la remera azul aguamarina con letras amarillas fosforescentes tenía un rastro violáceo en la sección del omóplato izquierdo; una lisa remera negra, poco recomendable por la exposición al violento sol de verano, presentaba una manchita perceptible a la altura del corazón. La remera roja, una de mis miserables alternativas, se me antojaba añeja y gastada al tacto. Cuando pronuncié mi elección final, mi hermana clavó las pupilas en la zona del abdomen y sentenció:

–Che, se te nota la panza.

En un breve acceso de furia fraternal arrojé la remera última contra la superficie del colchón. Regresaba a la comodidad de mi sempiterna remera verde mientras la muchacha de ojos críticos me increpaba:

–¡Sos peor que las mujeres!

Tal vez haya algo de verdad en esta frase imprevista. El género femenino rebosa una belleza impresa en su propia naturaleza, cargan con el sentido de la estética ya en la sangre. El hombre, que tiene tanto ojo para discernir colores como un topo encerrado en una caja, se resigna a ser un espantapájaros andante y una bolsa de andrajos deshilachados. Aunque esta regla no se aplique a todos los miembros del género masculino, me considero fiel espécimen de los muñecos de trapo mal vestidos.

viernes, 24 de enero de 2014

El tango de Teseo

La mitología de los arrabales privilegia al compadrito como el minotauro y el simultáneo Teseo de Buenos Aires. Ni enteramente héroe, ni enteramente villano; ni aún el neologismo de antihéroe describe la plenitud de la descorazonada naturaleza del sombrío orillero.

Inquietud no menor suscita la admiración de los porteños ante el hábil manejador de cuchillos. Una veneración popular que se remonta a las épocas de fraude electoral, donde los tiranos disfrazábanse de próceres para erigir regímenes dispares en una República consagrada como el granero del mundo y habitada, sin embargo, por famélicos proletariados extranjeros con ansias de vida digna.

Fue el crepúsculo del gaucho y el amanecer del hombre urbano; la inmigración desmedida y el lunfardo maltrecho; la desesperación del pobre y la oligárquica reprobación.

Las rojas agujas de la historia tejían el entramado de una patria fresca; el compadrito, lejos de ser un hilo fugitivo, fue un signo estampado en la cara visible de esta cortina de años agotados de incertidumbre.

El compadrito, sin mayores armas que la sanguínea virilidad y la frialdad de una navaja eventual, se hundía cada dos por tres en las penumbras de un periódico laberinto. El arrabal, sin embargo, jamás le ha parecido una geografía desconocida. Cada zaguán, cada patio de tierra, cada esquina, carecía del encanto del misterio a los ojos del varón pendenciero. Los barrios de Capital Federal destilaban, y siguen destilando, elemental calidez.

Para el hombre despechado no hay laberinto más inextricable que el amor. La tristeza ocupa el rol de minotauro cuya inaccesible muerte acabaría con las sombras minoicas. El compadrito se repliega, se desdibuja, se desfragmenta: por más que lo vean en una reyerta callejera, cuchillo en mano, no lucha jamás con el otro. En realidad, lucha consigo mismo: el espíritu sediento de ternura contra el hombre derrumbado por el peso de la soledad.

Un laberinto dentro de un laberinto. La devoción de Borges y la envidia de Dédalo.


En el tango de Teseo no hay Ariadna visible. Tampoco hay tributos adolescentes ni demiurgos terribles. El  héroe está solo y combate contra sí mismo en un túnel sin paredes.

miércoles, 22 de enero de 2014

La negra escarcha del tiempo perdido

A mis hermanos les une el eventual vicio de ejercitar la imaginación. Cada dos o tres semanas, si mis cálculos no erran, contemplan desde la sombra del árbol del patio trasero de la casa la invisible trayectoria de las nubes pasajeras. No demoran mucho en entregarse a la ciencia de adivinar formas en los colosales cúmulos de algodón que recorren la cerúlea espesura del firmamento, como blancas embarcaciones que penetran la espumosa piel de los vastos mares.

Reclinado en mi asiento, absorto en mis estivales pensamientos, oigo las voces susurrantes de mis hermanos que describen mamíferos atrapados en la diáfana llanura de la tropósfera. Recuerdo con laboriosa tenacidad la fascinación de mis sanguíneos observadores al dilucidar las líneas de un toro descomunal en un nubarrón de tormenta. Imito sus esfuerzos y no hay caso: no hay zoológicos celestiales o inventarios divinos de objetos gigantes en el desfile de vapores que se lleva a cabo en el cristalino cielorraso del planeta.

Esto me deprime.

Rememorar que en el cielo peregrinan concentraciones de moléculas de agua vaporizada, reconocer que la atmósfera es una yuxtaposición de capas aéreas, presuponer que más allá de la dureza de aquel océano de aire se despliega un negro hormiguero agujereado de estrellas innombrables. El hábito del conocimiento extingue la ilusión de deidades que manipulan relámpagos o ángeles temerarios que cabalgan sobre el lomo de sombríos cumulonimbos.

Erguido sobre el trémulo césped del ignoto jardín, envidio con envidia infantil a mis hermanos, quienes, empuñando con los febriles dedos de la mente la daga de la creatividad, desgarran la garganta de la costumbre para sumergir los ojos mortales en la sangre de la rutina.

Con las pupilas empañadas por la niebla del aburrimiento, hermano y hermano elevan las cabezas hacia los odiosos cabellos del sol para sentir cómo se derrite en sus mutuos corazones la negra escarcha del tiempo perdido.

martes, 21 de enero de 2014

Una razón para estar enojado

Cuando mi familia lee en mi rostro los signos de la ira, me preguntan el motivo de mis gestos rabiosos. Un hombre puede tener miles de razones para sentir cólera o bien no tenerlas. Si no ofrezco a los habitantes de la casa materna una explicación contundente, mi indignación se convierte en un berrinche ilegítimo y me considerarán, una vez más, un neurótico que pierde su tiempo escribiendo relatos de miedo. Entonces, busco ‘excusas’ para justificar mi rabia irracional. Poco satisfechos con mis argumentos, recuperan el ritmo de las costumbres abandonadas. Añado a mi enojo el pétreo malestar de la incomprensión.

¿Hace falta tener una razón para estar enojado? ¿Debo rendir cuentas ante el otro sobre el origen de mis sentimientos? ¿No puedo encolerizarme por el puro vicio de sustituir el letargo rutinario por la furia secreta?

Si pudiera torcer mis muecas irritadas bajo el imperio puro de la razón y maquillar el hondo pesar con una blanca sonrisa, no me vería forzado a inventar pretextos para defender los relámpagos de ira que me atraviesan.


Siento lo que siento. Es inevitable. Mas me rehúso a hallar las raíces de los sombríos sentimientos que me impiden ser eternamente risueño.

lunes, 20 de enero de 2014

Complejo de inferioridad

A nivel puramente artístico, me intimidan los escritores contemporáneos cuyo vocabulario frondoso honra a la literatura en su máxima expresión. No es odio o envidia. Es, más bien, un complejo de inferioridad que crece  a medida que leo las páginas del otro.

Admito que no soy un poeta experimentado. A mis espaldas se perpetúa una larga lista de cuentistas anónimos y nobles tejedores de versos. Imponerme en las librerías nacionales como una gran promesa de la literatura argentina no comprende una de mis metas vitales. Tener esto en la cabeza me quita presión a la hora de escribir.

No quiero devanarme los sesos aspirando a ser el nuevo Jorge Luis Borges del nuevo milenio. Borges, hay uno solo; y, además, existen innumerables talentos que reptan por las vastas calles de Buenos Aires. Tal vez uno de ellos tendrá la fortuna de ver el sueño de escritor en consumada y perfecta realización.


Yo, en la soledad del patio trasero de mi casa o acariciando el sabor de una lluvia eventual, soy feliz. La escritura silenciosa, lejos de las polémicas y los derechos de autor, es otro de los idiomas de la felicidad.

sábado, 18 de enero de 2014

Un paseo por Rivadavia

Después de una visita al consultorio de un otorrinolaringólogo en Morón, me dirigí a la estación ferroviaria y tomé el próximo tren con destino a Once. Descendí en Flores, la sagrada tierra del Ángel Gris. Las agujas de los relojes apenas superaban las cinco de la tarde. La pizzería abría a las siete y media. Despreocupado por mi prematura llegada, emprendí una ligera caminata por Rivadavia.

No hice demasiada distancia cuando vi a una mujer acomodando libros sobre la piel caliente de la vereda. Me detuve. La fama de algunos autores llamaba la atención de mis ojos. Junto a mi pie, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, había cautivado mis pupilas.

Consulté el precio de la novela. La comerciante recitó un número de dos cifras, pero ofertó el libro a una cantidad menor, por las ligerísimas señales de desgaste en los bordes del tomo. Lo compré. Me refugié en una galería de compras y, acomodándome en unas escaleras marmóreas, comencé a leer.

Devoré las primeras sesenta y cinco páginas con terrible placer. Al paladear los párrafos de la página sesenta y seis, mi padre llamó al teléfono móvil: eran las seis y cuarto, y yo aún no había llegado al trabajo. Repuse, con voz calmada, que estaba ‘paseando’ por Flores, y que no demoraría mucho en aparecer por Carabobo.

Apreté un botón rojo, guardé el libro y regresé a la calle. Hice las cinco o seis cuadras que faltaban para llegar a la pizzería. Después de todo, mi paseo había terminado: una caminata mental que comenzó con las palabras 'Era un placer quemar' y que terminó en el momento en que un bombero llamado Guy Montag se daba cuenta de una infelicidad un poco parecida a la mía, a la tuya y a la de todos los mortales de Occidente.

viernes, 17 de enero de 2014

El arte de la exageración

La exageración es un defecto o una virtud. Depende de cómo la usemos. La regla general dictamina que el hombre, al ser exagerado, tiende a magnificar lo insignificante en los momentos menos apropiados. El ser humano es el único animal que se ahoga con una gota de agua o se pierde en un bosque de un solo árbol. Hay que admitirlo, somos criaturas neuróticas e incomprensibles.

Sin embargo, la exageración, en determinados contextos, adquiere un peso sublime. Más especialmente en el arte, donde la perversión de la percepción es admisible y hasta necesaria para llevar a cabo una empresa poética.

El teatro del absurdo, el texto satírico y la narrativa infantil se nutren de las exageraciones. Existen obras literarias donde se recurre a la distorsión de la imagen de forma compulsiva e indiscriminada; otras, aferrándose al humor refinado, honran plenamente el género que propugnan.

Un requisito indispensable para el escritor romántico es la exaltación del ánimo. El artista no puede ser objetivo; a diferencia del científico, él es enemigo por excelencia de la objetividad. La hipérbole es una de las herramientas que tiene el poeta del alma para imponer la subjetividad sobre la frialdad de los espectadores escépticos.


Sea en el escenario, en el papel o en el lienzo, la exageración es una necesidad y un derecho; un derecho que, como tal, debe ser bien empleado en la dosis justa para lograr una pieza artística inolvidable.

jueves, 16 de enero de 2014

El Evangelio según Julián

Durante seis años he asistido a las reuniones de una iglesia evangélica. No se precipite el lector a pensar en mí como un fundamentalista religioso. El fanatismo desmedido, bajo la bandera de cualquier dogma, es uno de los males más nocivos que pueden tener las sociedades humanas. Yo, al menos, soy plenamente consciente de ello.

Casi no había pisado un solo templo desde que nací hasta poco antes de cumplir los quince. El nombre de Dios brillaba por su ausencia en mi diccionario de palabras aprendidas. No puedo considerarme ateo o agnóstico en esta etapa de mi vida. No discurría ninguna deidad a la cual oponerme.

Omitiré los detalles de mi conversión. Alcanza con saber que tropecé, o decidí tropezar, con la fe de Jesús.

El creyente que lea estos párrafos  esperará a que arroje una frase tal como: ‘Entonces, acepté a Cristo en mi corazón, fui restaurado y ahora estoy siendo prosperado’.

Puedo afirmar que esto es así, pero sería confesar una verdad incompleta, una realidad a medias. Escribir de esta manera sería promover el optimismo motivacional casi al estilo de Claudio María Domínguez, ponderar las Sagradas Escrituras como un mero libro de auto-ayuda y no como un documento histórico que refleja la cosmovisión única de la cultura judeocristiana.

(El libro que cargamos los cristianos en la mano no es ni por asomo una aproximación fiel a los manuscritos originales; empero, la debilidad de las traducciones será controversia para análisis posteriores.)

Creer en Dios no se trata ni por asomo de caminar por la calle vestido con un traje sobrio ni atraer multitudes a un estadio recién construido. Ni siquiera se trata de sanar enfermos, echar fuera demonios o resucitar muertos, auténticos prodigios cuya mención provoca risotadas entre los escépticos. No es cuestión de ministerios prestigiosos o bandas musicales. Menos con recitar el primer versículo del libro de Génesis y arrastrar la memoria hasta el punto final del Apocalipsis.

Creer en Dios es comprender la posibilidad de una dimensión que excede lo tangible. Es decir, creer que, realmente, hay hilos invisibles en el entramado del mundo. Tal vez este argumento no le parezca muy convincente cuando todas las religiones conocidas, con teologías diferentes, preconizan lo mismo.

Prescindiremos de una investigación exhaustiva de todos los dogmas habidos y por haber. No soy un teólogo.

Continúo.

Lo que me conmovió de la fe que ahora profeso no fueron las promesas de una vida mejor, sino el asesinato a sangre fría del Mesías. El corazón de la sana doctrina, los ritos y las liturgias de la cristiandad, giran en torno a una ejecución pública. Me estremecí al pensar que inclinamos la cabeza para agradecer el derramamiento de sangre del Cordero, el chivo expiatorio de la oscura humanidad. Las palabras de los profetas mayores anticipan que el Hijo de Dios eligió por propia voluntad caminar hacia el matadero. Saber que Jesús murió porque quiso morir no modifica mi punto de vista.

Jesús no murió; lo mataron. Y yo soy un testigo indirecto de su muerte.

No se trata, pues, del Verbo hecho carne enviado al mundo para la redención última; se trata de una persona que murió por ‘mis’ pecados. Ahora, intentaré abordar de la forma más sincera esta rama de pensamientos que se me escapa de las manos.

Después del descubrimiento del cristianismo, de mi conversión fortuita, mi renacimiento espiritual, la rauda pero comprometedora lectura de una Biblia nueva, rechacé abrazar el mensaje tradicional de ‘Dios prosperará tu vida’ y nada más. Anhelé acariciar las verdades ocultas del sacrificio y la cruz. Mientras el resto de los parroquianos veía en mí al hijo de la recién convertida, yo, en silencio, contemplaba el ascenso y la ramificación de mis penumbrosas ideas.

A mi corta edad razoné que yo, el más insignificante de los mortales, fui el motivo de la muerte de Cristo. Yo fui el culpable de su inmediata crucifixión. No mis padres, no mis hermanos, no los otros. Yo. Me imaginé a mí mismo en los ojos de Jesús de Nazaret, quien, en las sombras de Getsemaní, se debatía entre el deber suicida y la agónica renuncia al destino. A través de los Evangelios lo vi morir una y otra vez. La famosa película de Mel Gibson vindicaba y alimentaba mis culposas fantasías.

Tardaría cinco años en conocer la filosofía de Nietzsche, pero, en estos años, una idea se ha mantenido inamovible en mis razonamientos teológicos. La idea de que yo, un chico común y corriente de Sudamérica, era realmente el asesino de Dios.

Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres’ sentencia Borges, en un relato de Artificios. Mi íntima filosofía es análoga a este pensamiento: yo soy el agente de la Inquisición que envía a las mujeres a la hoguera; yo soy el conquistador español que arrasa con las culturas precolombinas con el latido del plomo y del caballo; yo soy el sacerdote acusado de cruda violación en un convento sin nombre; yo soy el falso profeta que se llena las arcas de ajeno dinero; yo soy la conspiración de los fariseos y la perversión de los gnósticos.

Pienso que mis lecturas paralelas a la Biblia me brindan una interpretación más profunda del amor de Dios. Aunque se trate de la misma Deidad, la manera de creer varía entre hombre y hombre. Esta es mi forma de creer; imploro a la Divinidad que respete mi individualidad.

Sin cometer delitos y sin quebrantar las leyes de mi patria me reconocí como pecador en el instante en que reconocí lo sagrado. Una rata de biblioteca que no tenía casi nada de qué arrepentirse; tal vez, el esporádico hábito de mirar pornografía con un ojo cerrado, o el cínico vicio de envidiar y aborrecer a otros chicos de mi edad por exhibir un carisma que yo no tenía. Errores que cometí más por ingenuidad que por los influjos de la maldad.

El hábito de concurrir a los servicios religiosos no supuso para mí ninguna lobotomía o lavado cerebral. Me mostraba tímido y cerrado, pero estos son adjetivos que de por sí me han caracterizado siempre a la vista de los otros.

Hoy comprendo que no soy el asesino de nadie. Que una vida con remordimientos y furias es una vida imposible. Jesús no predicó un mensaje de culpas, de crimen y castigo. Transmitió un mensaje de amor. Un Evangelio que hoy, más que un dogma, es una deuda pendiente entre la humanidad y el deber.

Relean el párrafo anterior. “Hoy comprendo…” el Evangelio. No basta con saberlo. Hay que comprenderlo. No con el cerebro; con el corazón. Y aplicarlo no sólo a los cristianos, sino también a todos. Amar al que cree y al que no cree; respetar al que lee y al que no lee; alimentar las virtudes públicas y disolver los vicios privados; no juzgar a los otros por sus “pecados”, ni someter a la crítica sin fundamento todas las cosas del Universo.

Sin acusar a nadie de blasfemia me he ganado la confianza de amigos de incalculable valor. Dios me está enseñando a dar muerte a mis propios fantasmas. Y sigo luchando contra mis defectos personales. Por lo demás, queridos lectores, no soy quien para decirle que crea o no crea en una deidad determinada.

La fe es un asunto personal. Y con esta frase, cierra este Evangelio. El Evangelio según Julián.

miércoles, 15 de enero de 2014

El lado luminoso de la rutina

¿Cómo he podido entresacar pequeñas experiencias de la vasta tranquilidad de mi vida? Este es un misterio que ni yo mismo puedo explicar. Soy un chico común y corriente, lleno de vivencias normales. La gracia, supongo, reside en seccionar mis recuerdos en palabras y desparramar las letras en los dedos.

No soy el maestro de la descripción o el egocentrismo del poeta. Me limito a observarme en la pecera de la cotidianeidad y ver cómo interactúo con los otros especímenes flotantes que se disgregan en la fría corpulencia de este artificioso océano llamado mundo.

Uno aprende a ver el lado luminoso de la rutina y a omitir las sombras del dramatismo excesivo. Es común creer que, al no haber padecido un sufrimiento insoportable o protagonizado una aventura fabulosa, una persona ordinaria no tiene nada que contar. No es así. Cada corazón tiene una melodía propia; para escucharla, hay que abrir la boca para hablar… O las manos para escribir.

Sé que mi vida, para algunos, parecerá 'aburrida'. En realidad, me gusta ver la belleza en la simpleza, tal como ha dicho una amiga mía hace poco tiempo. Si logras transformar un granito de arena en un largo desierto, estás a mitad de camino de convertirte en un artista puro.

martes, 14 de enero de 2014

La iglesia de las desilusiones

Los desterrados del amor se reúnen bajo el mismo techo. Se congregan en la iglesia de las desilusiones, compartiendo el pan de la amargura y rezando el mismo tango de la derrota. Han comprendido que el amor, como todas las cosas, es una lucha desigual. Una batalla desequilibrada, imposible de ganar.

Acúsenme de melancolía en esta tórrida noche de indiferencia. Sepa perdonar, estimado lector, a este cuentista miserable. ¿Acaso no tengo derecho, como todo escritor barato, a desmenuzar los pétalos de un romance fallido?

Puedo ser, damas y caballeros, un oficioso amigo. Camarada silencioso que guarda los secretos en la caja fuerte del corazón, capaz de morir como un mártir antes que revelar las intimidades de mis aliados ante las lenguas indiscretas. El rótulo de ‘amante’, contra todo lo predecible, no calza con las configuraciones de mi espíritu errante. Huyo o suelo huir de los compromisos. O, para ser honestos, soy la antítesis del romanticismo.

Frío, parco y seco como una tumba. Un gesto árido en el diccionario de la ternura. Mi sonrisa es apenas verosímil ante mis hermanos. Cabizbajo en la avenida de las esperanzas, estrello mi cuerpo contra la placentera lluvia. Las tormentas se me antojan simpáticas. La única acaricia que me animo a recibir es la del viento que rasguña mi cara.

Detengo los pies sobre la tierra mojada y extiendo una mano al cielo imposible. Grito: ‘¡No lo merezco!’  Esa frase, sin significado ni verdad, atraviesa la lluvia de ensueños. Con las manos en los bolsillos regreso a un santuario que no existe. La iglesia de las desilusiones, por supuesto. El refugio de los hombres que no pueden ni podrán amar jamás a las buenas mujeres de este roto mundo.

lunes, 13 de enero de 2014

Bien cocida, pero no crocante

Mi prima ha comenzado a trabajar como telefonista y no deja de maravillarse de las pequeñas particularidades del nuevo empleo. Su capacidad de asombro no es para nada exagerada: la jornada tiende a sorprendernos, a veces, con verdaderos guijarros de humor. Especialmente, tras la línea telefónica.

Ella citó el ejemplo de una mujer cuya voz bien podía corresponder al de una señora de respetuosa edad. La autora de la llamada exigía que la pizza estuviese ‘bien cocida, pero no crocante’.

Es como ir a una heladería y decir:

–Quiero un helado de chocolate que no sea muy frío.

Si sometemos esta condición al capricho de la clientela, tendríamos que violar las leyes de la física y la química para lograr el producto perfecto.

En mi efímera experiencia puedo afirmar que, cuando una voz aparece en el teléfono, se puede desatar el nudo de una anécdota implacable.


Y, mientras armamos cajas en la parte trasera del local, se pueden oír débiles carcajadas. Las nuestras, los telefonistas, sonrientes de tanto recordar las llamadas más desopilantes de la jornada.

sábado, 11 de enero de 2014

La ecuación de la carne picada

Muy eventualmente hago pequeños mandados a la hora de las compras. Mi minúscula contribución a la casa consiste en cruzar la calle y comprar lo justo y necesario en el quiosco de la manzana opuesta. Tarea más que sencilla hasta para el menos iluminado de los mortales. Sin embargo, como mi cerebro está acostumbrado a interpretar la realidad bajo formas lógicas, hasta el intercambio de un par de monedas por chicles parece, dentro de mis circuitos orgánicos, una ecuación complicada.

Me explico.

Imagínese que me dan dinero para comprar un kilogramo de carne picada.

–¿Y si no hay carne picada? –pregunto antes de salir, con toda precaución.

–Comprá un kilo de milanesas de pollo –repara mi madre, ligeramente irritada.

–Ah, bien –respondo; medito un segundo y urdo otra pregunta:– ¿Y si no hay milanesas de pollo?

–Milanesas de carne –responde mi madre, antes de rectificar con todo severo–, pero comprá carne picada.

–Un kilo de carne picada… –murmuro yo, más para grabar estas palabras en mi acuosa memoria que para probar la paciencia infinita de mi agobiada progenitora.

–Y, en caso de que no haya carne picada –dice mi madre, haciendo énfasis en el carácter condicional de la frase–, milanesa de pollo.

Con estas minuciosas instrucciones introducidas en mi cabeza, las neuronas procesan la nueva información y construye la siguiente contingencia lógica:

COMPRAR CARNE PICADA UN KILO SI NO HAY CARNE PICADA COMPRAR MILANESAS DE POLLO UN KILO SI NO HAY CARNE PICADA NI MILANESAS DE POLLO COMPRAR MILANESAS DE CARNE UN KILO…

Solo para disipar los últimos nubarrones de dudas, prolongo el tedioso ciclo de preguntas y respuestas durante media hora más. Luego, por fin, salgo a comprar.

Me importa poco que el lector me considere un neurótico por esquematizar la acción más nimia de la cotidianeidad humana. Incurro en estos exasperantes hábitos para ahorrar las erratas que suelo cometer en vista de mi personalidad distraída. En más de una oportunidad he olvidado uno o más insumos en la lista de compras.


Por estas razones insto a los miembros de mi familia a repetir lo que dicen una… Y otra… Y otra vez… Si no clasifico mi rutina en fórmulas ordenadas, sería capaz de olvidarme hasta de mi propio apellido.

viernes, 10 de enero de 2014

Las jugadas del amor

En ‘El Túnel’, de Ernesto Sabato, el narrador se enamora de una mujer y comienza a barajar todas las probabilidades posibles de un encuentro con el objeto de sus sentimientos. En esta sección de la historia muchos lectores, especialmente varones, se sienten identificados.

Seamos honestos. No hay enamorado carente de premeditación, de esta virtud de tahúr o de matemático del alma. ¿Quién jamás no ha evaluado las mil y un formas de cautivar a una chica, por más recurrente y estúpida que sea la enrevesada fantasía?

Cuando la cucaracha de la pasión se introduce bajo la piel del corazón humano, las manos de Cupido trabajan laboriosas en las próximas maquinaciones románticas.

El apostador examina todas las cartas de la actual mano y en cálculo rápido traza la jugada siguiente. Sabe, mucho antes de atravesar las puertas de las pasiones sin retorno, que el amor es un estratega empedernido: juega rápido, juega sucio y juega bien. Es la banca, el naipe, la ficha, la ruleta y el croupier. No perdona cronómetros o vacilaciones. No admite excepciones. Si se produce una mínima brecha en el tablero de ajedrez, el hombre enamorado debe mover la reina de una vez por todas o resignarse a la derrota segura.

Un buen amigo dijo, en una conversación sobre desazones amorosas, que el amor es como la lotería. Le concedí la razón. No hay analogía más exacta para describir a este avatar informe, azaroso, traicionero e impredecible.


Después de todo, se trata de ganar o perder en el casino de los sentimientos.

jueves, 9 de enero de 2014

No hay hijos perfectos

Ocupo el puesto de primogénito en el esquema de una familia común: padre, madre, hermana, hermano. Vivimos en una casa que podría ser el hogar de cualquier ciudadano de clase media baja. Carecemos del sentido de la envidia y no envidiamos a nadie. Nuestros días se dejan vencer por la lividez de una rutina tranquila.

No correspondemos, por regla general, a los jolgorios desproporcionados o a las borracheras infames. Hay acuerdos y diferencias, como en estirpe toda, pero nos consideramos enemigos de la murmuración e inútiles en el arte de sacar el cuero al otro. En parte, porque no deseamos desperdiciar el tiempo en disputas mediocres; en parte, porque nuestra filosofía de honestidad y transparencia, heredadas de un cristianismo sobrio e íntimo, nos lo impide.

Somos, en resumen, tranquilos y felices.

En silencio practico la viciosa tendencia de comparar a mis padres con otros matrimonios y de contemplar a mis hermanos a la par de otros especímenes de esta generación. Descubro y redescubro en esta manía secreta lo afortunado que soy al haber sido por progenitores bondadosos.

He visto en los últimos años a muchos linajes enredados en problemas profundos, llenando de podridas infamias las ramas de los árboles genealógicos. Consciente del vertiginoso ritmo de estas épocas turbulentas, dejo aflorar el tierno impulso de agradecer a la Deidad por haberme brindado maravillosos guardianes humanos.

Seré duro en el párrafo siguiente.

Hay hijos e ‘hijos’. Hijos que se drogan; hijos que embarazan a otras hijas; hijos que abandonan a otros hijos; hijos que roban; hijos que violan; hijos que matan; hijos que fuman; hijos que beben; hijos que golpean; hijos que se van; hijos que no vienen; hijos que viven; hijos que mueren.

No hay hijos perfectos. Aunque a los ojos de los padres los retoños de vida irradien divina perfección. No soy yo la excepción. Pero no he experimentado los oprobios del crimen, la adicción o la rebeldía; alimento cada día mi fascinación por la literatura y hasta aspiro comenzar una carrera universitaria.

Esto dice mucho de cómo me criaron mis padres.

Un padre o una madre no ganan esta milagrosa profesión por los lazos genéticos. La maternidad y la paternidad es un ejercicio de amor sobre las criaturas indefensas. El destino de los hijos es fruto de la labor de los padres.


Esto no es un texto para leer en las fechas comerciales. Si me llego a enterar que comparten estos renglones para regalar a un adulto una tacita de café para la ocasión, acribillaré la cabeza del autor de esta aberración con mis zapatos. Porque no alcanza, ni jamás va a alcanzar, todo lo que hagamos en esta vida para recompensar todo lo que ellos han realizado por nosotros.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sombras inmutables

Hay personas que no cambian nunca. Seres incapaces de transformar las vilezas en virtudes. Vasos llenos de corrosiva terquedad que intoxican los pétalos de un desilusionado corazón. Almas estériles de tanto rencor que guardan bajo la piel de una máscara sonriente.

En este túnel de muerte cargado de penumbras corruptas hallaremos a quienes se resisten a la madurez y a las moralejas. En la telaraña de las relaciones personales conocemos a alguien que ‘no se rescata más’. El fruto podrido en el cajón de manzanas. La gota de sangre perdida en el mar que atrae a los tiburones. El punto negro en el blanco papel o la piedra en el zapato de Dios…

Todas las metáforas son válidas. Todo adjetivo despreciable le queda bien a aquel cuya mediocridad parece inmortal.


No permita, lector mío, a pesar de estas brutales palabras, que estas sombras inmutables lo atemoricen en su trayecto de vida. No sucumba al miedo o a la rabia. En los senderos del destino siempre habrá hombres secos que querrán con sus necios balbuceos entorpecer nuestros caminos.

martes, 7 de enero de 2014

En la vereda desgraciada

Hace poco fui testigo de un fugaz pero llamativo acontecimiento urbano. Escapando del trabajo, mi padre y yo abordamos un colectivo rumbo a Primera Junta. El verano había sucumbido a una frescura momentánea, mezcla de vientos callejeros y ecos de lluvias muertas, que apaciguaba un poco la sensación de asfixia estival que con frecuencia nos apoca los ánimos cada perro año. Mis ojos resbalaron sobre el filo de una ventana acérrima: la Avenida Rivadavia se diluía en oscuras diapositivas, rauda sucesión de imágenes estiradas por el cansancio y la noche.

En determinado instante del breve viaje, el vehículo aminoró la marcha. Sin mayor emoción que el aburrimiento alcancé a ver a dos jovencitas empuñando caros celulares en las manos. Hablaban en voz alta; la despreocupación era notoria en sus alegres gestos. La distancia y el cristal no me permitieron conocer el motivo de la conversación.

Las dos muchachas no tuvieron más importancia para mí que el semáforo más oxidado de la ciudad. Un sujeto caminaba en dirección opuesta, en la misma vereda. Con temor no nacido vi la postura encorvada, el rostro pétreo de sombras y las grisáceas ropas del caminante; a simple vista, un perfecto rostro sin nombre con aires de sinvergüenza.

La corpulenta avenida y las penumbras eventuales separaban la mirada de este infiel observador de la nimia escena. El sujeto pasó junto a una de las chicas; la cabeza del varón giró horriblemente: no me fue difícil dilucidar que las pupilas del hombre resbalaron por las espaldas de las adolescentes. Hubo un movimiento difuso: el tipo extendió la mano hacia el muslo de la víctima más cercana. ¿Mero acto de lascivia mecánica o intento de robo de celular?

Las jovencitas se arrimaron, una con la otra, en instintiva postura de defensa. Le dedicaron una inútil mirada de irritación al propietario de los atrevidos dedos e incluso le imprecaron con un par de palabras mudas.

Aquí muere el incidente. El hombre se aleja, como si nada, como la zorra de la fábula que se queja del verdor de las uvas que no alcanza a devorar. Las muchachas se detienen en una esquina; una se lleva una mano a la boca y mira a todas direcciones.

Yo la imité, inconsciente, desde un punto de observación más privilegiado y seguro. Comprobé, al igual que las protagonistas de este relato, la ausencia de almas humanas en la vereda desgraciada.

Si un asesino hubiese elegido este sitio para matar a puñaladas a una mujer indefensa, la escenografía habría encajado a la perfección con el funesto acto.


Llegué a Primera Junta sano y salvo, como siempre ha ocurrido y ocurrirá en mi línea de tiempo personal. En cuanto a los personajes de este verídico cuento, los empaña el anonimato, la imprecisión del narrador y las penumbras de aquella irrecuperable noche.

sábado, 4 de enero de 2014

El Infierno no otorga devoluciones

Mi cuota mensual de cívica ira es proporcional a las floridas políticas fiscales que propugna el Estado para recaudar fondos. Parece que los Reyes Magos han traído como regalo anticipado el aumento del boleto del colectivo, negro presente que mueve al proletario pasajero a la bronca y a la náusea. Si este obsequio tuviese un ticket de reembolso, con mucho gusto caminaría hacia la sucursal del Infierno más cercana y lo canjearía por un abalorio menos detestable.

Por desgracia, aunque algunos funcionarios comparten importantes similitudes con los sirvientes más pérfidos de Lucifer, ni el Averno ni la inflación otorgan devoluciones. Y quien alce la voz para indicar que los impuestos pagan las dichosas computadoritas que obsequia la patria a los numerosos párvulos en edad escolar, señalo con nebulosa precisión que esto no es una retribución al pueblo, sino la sospechosa dilapidación de imprecisos fondos.


Perdonen a esta ignorante y tediosa voz que se queja por el aumento del boleto. Ahora, me retiro… Si es que me alcanza el bolsillo para recargar mi infame tarjeta…

viernes, 3 de enero de 2014

Las milongas que no bailo

Un amigo a quien admiro acaba de regalarme una antología literaria de tango. Mi gratitud, tanto por la temática sublime del tomo como por la calidad de persona que resultó ser mi compatriota, es infinita.

La juventud, la falta de oído y la inexperiencia me impiden escribir caras melodías del género. Acusar al tango de una lógica vejez sería incurrir al más sencillo de los pretextos. He visto adolescentes que se deleitan en la respiración de un acordeón o en la estridente voz de célebres cantores nacionales; rezumar tango, pues, no es cuestión de edades.

He intentado escribir, bajo el imperio de un lunfardo mutilado y dos o tres canciones de Julio Sosa, historias de arrabales y compadritos. Mis pequeñas empresas literarias demostraron en la intimidad de la escritura mis incurables limitaciones para evocar este tema con el debido respeto y la argentinidad que amerita.

Por esto admiro a los hijos del tango, oidores, bailarines y poetas del género que mantienen caliente la sangre de los desamores en las venas de la abarrotada cultura argentina. En alguna esquina rosada de la furiosa Buenos Aires, héroes secretos alimentan la hoguera de los himnos arrabaleros invocando en sensual inspiración las milongas que no bailo...
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!