viernes, 28 de febrero de 2014

Tus lágrimas tienen precio

     El programa de Guido Kaczka tiene recursos inagotables a la hora de desplegar el arsenal del entretenimiento televisivo. Uno de los juegos más recientes en el programa consiste en llorar, literalmente, en menos de un minuto para obtener el premio mayor: una pantalla de cristal líquido. Los participantes gozan de privilegios especiales en esta competencia singular: solicitan a la producción algún tema musical nostálgico o concurren ante las cámaras con sus parejas para explotar un recuerdo encriptado. El espectáculo devalúa el peso de la ternura, sacrifica la emotividad humana y eleva a la audiencia hacia las montañas de la mediocridad.

La sal de la ironía reviste el hecho de que el observador se regocije en el análisis del llanto ajeno, en el detenido escrutinio de caretas de carne viva que se contraen en muecas de niño azorado, en búsqueda de un electrodoméstico poderoso o un puñado de billetes. Escribió Bierce que la felicidad es la contemplación de la desgracia ajena. El circo mediático no nos brinda felicidad, pero nos ofrece risa, un mero sustituto de bienestar espiritual. En vez de celebrar la exhibición del ingenio o la prominencia de la originalidad, nos acomodamos en la sala de estar y clavamos los ojos en la muchacha que irradia cristalinas lágrimas de rabia a través de la pantalla para obtener la victoria en un juego que menoscaba el valor del llanto.

Lector, tus lágrimas tienen precio. Tus emociones tienen un precio. Ríe tras bambalinas para estimular a la audiencia de reidores y te darán un billete. Fabrica un escándalo que lacere los pulmones de la farándula y te darán diez. La televisión carece de ideas, y a falta de ideas se recurre a la falsificación de identidades, sentimientos y controversias.

Esta situación es digna de llanto. Sin embargo, aparte de los productores, puedo inferir otro beneficiario en el negocio de la lágrima: Julio Cortázar, autor de un microrrelato genial titulado ‘Instrucciones para llorar’. El que quiera ganar el concurso, debería atenerse a las recomendaciones de esta pieza literaria. O, por lo menos, darle una linda ojeada.

domingo, 23 de febrero de 2014

Retrato de una náusea

     A nadie le gusta pasar la vergüenza de sufrir una descompensación en el trabajo y regresar a casa antes de tiempo. No hace falta precisar que esto fue lo que me sucedió anoche. Ni bien recobré la lucidez tras una cucharada de azúcar, se me permitió salir prematuramente.

Estaba pálido, sudoroso y con un ladrillo de dolor en el estómago. Pero podía mantenerme de pie. Tomé un colectivo y anuncié a mis familiares inmediatos mi inesperado retorno. Con el cuerpo tieso de incomodidades en un asiento, eche la cabeza sobre una ventana y mis ojos rodaron en el vértigo del paisaje. La velocidad de las negras ruedas, el malhumor del chofer que profería maldiciones cada dos esquinas, la pétrea seriedad de los pasajeros, construían en mis pupilas un malestar atroz que encajaba con la dolencia física.

Las luces de la carretera se convertían en lunas de neón cortado cada vez que el vehículo realizaba un brusco giro. La urbe se me antojo funesta: edificios, cables, cemento y metal, todo mezclado en la retina y el cerebro.

‘¿Esto es la náusea?’ me pregunté, sin ganas de poetizar lo intolerable.
 
Llegué a casa, expié todas mis angustias en la intimidad del baño y me recosté en mi tenue cama.

Ahora, estoy mejor. De este banal y trémulo episodio puedo sacar la más fatal de las conclusiones. No todos los días serán buenos. ‘Vendrán lluvias suaves’, reza el verso más famoso de Sara Teasdale. Habrá tardes de rabia, vómitos y hondo malestar. Días de dolor y de vorágine. Y noches en las cuales tu cráneo asomará por los bordes del tren de la vida, observando el mundo con desdén y con locura, deseando llegar a destino solamente para descansar.

Hoy, estoy bien. Mañana, ¿quién sabe?

martes, 18 de febrero de 2014

La elección de un libro

     La elección de un libro es una batalla interna en el corazón del lector. El primer paso hacia el umbral de la librería, la contemplación estupefacta de los anaqueles, las alas de papel infinito que se despliegan en la cuna del comercio, las máscaras amenazadoras de publicidades minuciosamente elaboradas para atrapar el interés de tu ojo sediento. Penetramos el santuario de la tinta, peregrinos del tiempo, calzamos saludo nada místicos con los mercaderes de enciclopedias, inspeccionamos con recelo las primeras filas de las novelas recién estrenadas, como los perniciosos generales de guerra que pasan revista a la sección de vanguardia de un ejército para seleccionar ellos mismos la carne de cañón.

Se sabe que los peligrosos territorios de los escaparates están ocupados por las obras más vendidas, los manuales de auto-ayuda, las historias románticas y los lánguidos ensayos políticos. El género erótico, los tomos históricos, los libros con fotografías surgen eventualmente como desdeñables alternativas. La literatura infantil merece, norma irrevocable de toda librería, un espacio independiente.

El comprador debe entrar al establecimiento con el nombre de la obra y el apellido del autor grabado en la cabeza. De otro modo, la indecisión se apodera pronto de la mente del visitante. Examinará cada libro con reverencial temor, arrastrará las pupilas a través de un océano de títulos incalculables, incurrirá en el pecado de equiparar unos tomos con otros; manoseará la billetera oculta en el bolsillo trasero del pantalón sin saber si el dinero alcanzará justo para un par de poemas de Rubén Darío o si deberá conformarse con lo que el empleado de la librería recomendará a continuación.

Profeso una envidia incurable a los lectores cuyas gordas alforjas llenas de dólares les permiten apropiarse de dos o tres libros de más. Es una envidia benévola, puramente literaria, pero no por eso menos mortífera y corrosiva. Soy el apostador que arriesga un centavo por el caballo más veloz. Mis transacciones son lentas, a cuentagotas; fracciono las menudencias de un pequeño jornal, un libro de bolsillo cada tres semanas.

Ningún lector puede negar que visitar una librería constituye una singular aventura cotidiana.

Bienaventurados los que leen, porque de ellos será el reino secreto que late en el terreno fresco de cada libro honradamente ganado.

Entremos una vez más a la iglesia de las letras, donde los ángeles de corbata azul intentarán persuadirnos a la fe de la Literatura mayúscula, hecha carne.

lunes, 17 de febrero de 2014

Recuerda que eres pobre

     No sé si fue el previo conocimiento del Día de San Valentín, el dolor en una pierna, la ausencia de dinero en la billetera o una rara combinación de por lo menos dos de los tres factores mencionados. Llegué temprano a mi destino, padeciendo un malestar que casi nada tenía que ver con lo corporal y decidí perderme en las luminosas sombras de una galería de Flores. La efímera caminata no me tranquilizó. El túnel abundaba en comercios de relojes, vanas joyerías y tiendas de caras ropas.

Vi maniquíes revestidos con lujosas telas, abalorios de plata cuyo vago resplandor horrorizaría a todos los licántropos de tres mundos secretos, estatuillas de vírgenes virtuosas talladas en diáfano vidrio, finos utensilios destinados a las mesas de los déspotas y de los adinerados.

El aburrimiento me empujaba sobre la superficie de un sendero de cerámica pulida. Mi reflejo se desdibujaba en los indiferentes escaparates; al reencontrarme con los vientos callejeros de la avenida Rivadavia, imaginé los tentáculos de la miseria recorriendo las rugosidades de mi piel mortal.

‘Recuerda que eres pobre’ pensé, con crueldad. ‘Pobre, pequeño e inútil. Recuerda que a las damas no les importa la caballerosidad, sino saber si el día de mañana tendrás capital para llenar de pan la boca de tus hijos no nacido. Recuerda, recuerda, las armaduras de oro y la fascinación del cristal, el precio de los libros y el costo del metal. Y entenderás que no podrás aspirar a los encantos de una mujer en la triste tarde de San Valentín.’

‘Recuerda, recuerda, que a los pobres nadie los quiere, nadie los querrá. A los pobres en espíritu y a los pobres en verdad.’

viernes, 14 de febrero de 2014

La destrucción de los zoológicos

    Con la evolución de las cámaras digitales y la eventual predisposición de los documentalistas especializados, es posible contemplar la maravillosa diversidad de especies animales en sus espacios naturales, sin necesidad de desequilibrar la armonía de su hábitat. En resumen, si queremos ver a una jirafa estirar el cuello para alcanzar la rama más alta de un árbol, bastará encender un televisor o abrir un libro de zoología.

Es tiempo de que la humanidad vaya despidiéndose de los jardines zoológicos.

Mi benévola timidez me impide tomar decisiones radicales, como dejar de comer carne o protestar contra las industrias petroquímicas que intoxican el planeta. Admito incluso que las visitas a las prisiones animales constituyen tiernos recuerdos de mi infancia. Pero, ¿hasta qué punto ver un animal enjaulado es un acto de inocencia y no la satisfacción secreta de una oficiosa perversión? ¿Hasta qué grado de realidad la cautividad es ‘útil’ para preservar seres vivos? ¿Hasta dónde es permisible el confinamiento y condicionamiento de un espécimen destinado a la vida salvaje?

No pretendo ver en la actualidad la destrucción de los zoológicos, que, a diferencia de las reservas ecológicas y los programas de protección ambiental, comercian con el deleite de los curiosos y los turistas. Mi humilde deseo en este Día de San Valentín no es siquiera el beso de una mujer, sino que los amantes de la libertad, el equilibrio y la naturaleza se impongan sobre nuestra cobardía e inyecten en las venas de la sociedad las aspiraciones a alcanzar un mundo mejor.

martes, 11 de febrero de 2014

El arte de narrar anécdotas

    La narración de anécdotas está sujeta a reglas viscerales y tácitas. La recomendación, obvia e implícita en el género, es sacar de la galera una desventura propia, pulirla con el cincel de las palabras y transformarla en un recipiente de arte. No tengo piedras angulares en mi filosofía de escritura, aunque hay un axioma elemental que no pasaré por alto en esta lluviosa tarde de febrero: desconfiar completamente de las historias relatadas por el amigo de un amigo. Así de simple.

El mapa de mis costumbres está repleto de grises calles delgadas. Tomo un crayón rojo del alma y trazo círculos alrededor de los rincones más interesantes. Narrar anécdotas es jugar al ajedrez en orden inverso, comenzar con la muerte del rey y regresar a la plenitud de los dieciséis trebejos negros del inicio de la partida. La anécdota no es una biografía exhaustiva ni la contratapa de un libro de bolsillo: la longitud debe ser exacta y graciosa, poco más extensa que un chiste mal contado y explicado.
No soy quién, por supuesto, para dictar cátedras sobre la composición perfecta de las narraciones personales. El poder de la anécdota radica precisamente en la imperfección, en la ausencia de un esquema prefijado condenado a un final sorpresivo que desarma de un tijeretazo el hilo de la costumbre continua hasta desconectarnos por tres segundos de la realidad que tanto odiamos.
Cuando a uno le va bien en la vida, no repara en las vicisitudes del hombre común. Es más, hasta podría afirmarse que, para escribir, tenés que ser un flor de desgraciado. Ése sería el requisito fundamental, aunque no obligatorio. Cuando un evento pequeño interrumpe la circularidad de la próspera rutina, la semilla de una anécdota futura echa raíces en el papel. Cada día es una nueva batalla, un júbilo y una sorpresa. El excéntrico sombrero de un hombre extraño, una borrachera de fin de semana o las macanas de un allegado íntimo son dignos motivos de carcajada y estupor. Al adquirir la capacidad de entresacar de la arena del tiempo las perlitas de la jornada, nos convertimos en nuestros propios historiadores sin necesidad de un título impreso. Comprendemos que la realidad es vasta, infinita y multiforme. Y que no podemos hacer otra cosa que reírnos de ella, transmutando las tragedias breves en sutiles chistes de muerte.
El perfil de un narrador de anécdotas, por último, incurre en características inolvidables. El aire cansado y atroz de los veteranos que han visto todo y no se asombran de nada; la lentitud de los vientos en la voz parsimoniosa que impulsa los párrafos borrosos de silencios y de pausas; el hábito de observar el mundo bajo una lente de existencialismo urbano; el pesimismo risueño y voraz del hombre derrotado por la modernidad; y un hálito de nostalgia malsana pero bien distribuida en cada sílaba, condimentada con guiños de humor.
No me considero ni por estupidez o soberbia un arquetipo o una sombra previsible de relator. Apenas me limito a clasificar mis nimias adversidades de chico tonto en textos virtuales. Hoy en día, el arte de narrar verdades cotidianas ha sido destronado por ‘el amigo de un amigo’, las noticias de último minuto y los anuncios epilépticos de los medios masivos de comunicación. Una lástima. Concedámosles el reconocimiento a todos los Arlts, Fontanarrosas, Dolinas, Cortázares, que han vivido sus bien merecidas vidas y que, aún teniendo tantas aventuras por compartir, carecen de una calurosa audiencia, una antología publicada o nuestra sencilla atención.

lunes, 10 de febrero de 2014

Una larga ausencia

Mi ausencia en los territorios virtuales ha sido notoria. Por lo menos para mí, un chico habituado a estrellar las furiosas yemas de los dedos contra las frías caras de los pálidos botones de un viejo teclado. He vuelto, en cambio, a experimentar el encanto del derramamiento de tinta sobre las hojas de un cuaderno: la inquietud de mis falanges sobre los renglones negros me provocan dulces espasmos de dolor en las articulaciones. Admito, con mucha vergüenza, que mis cartílagos contienen más telarañas que una mansión embrujada en cuanto a escritura tradicional se refiere.

Después de una amarga caminata por la zona comercial en la última semana, la compra de un CPU más antiguo que la primera edición de la Biblia de Lutero supuso el fin de mi abstinencia electrónica. Aún debemos rectificar determinadas configuraciones, pero, con el dispositivo colocado encima del escritorio, me sobrecoge la esperanza de desvelarme hasta las una de la mañana para recuperar la continuidad de mis relatos.

La circulación de mis opiniones marginales ha disminuido como la sangre que corre bajo mi piel cuando cae la presión. Lo elemental, no obstante, es que la savia roja permanezca dentro de mis venas y que el corazón de este blog siga latiendo.

Mientras tanto, con una birome y un pedazo de papel, puedo arreglármelas para moldear cuentos caseros en la comodidad de mi trémula cama.


Nuevamente, en las penumbras de un locutorio, rubrico esta retrasada publicación. Aún no hemos logrado restablecer la conexión de Internet en el hogar. El pequeño precio de comprar un aparato y no comprenderlo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

A mitad de camino

    En otras circunstancias, compartiría mis maníacos arranques de felicidad por haber llegado a cincuenta publicaciones; una manera mediocre de decir que estoy a mitad de camino de los cien textos que, desde el primer momento en que decidí abrir esta sección virtual, me parecieron utópicos.

Hoy, con mi computadora inutilizada y acumulando polvo, escribiendo en el dispositivo portátil de mi hermana, en los últimos calores del verano moribundo, no me siento muy feliz.

Con teclas prestadas y el ritmo de escritura virtual reducido por la desgracia mencionada con anterioridad, avanzo a paso de tortuga por el laberinto de Internet.

El espectáculo, damas y caballeros, debe continuar a pesar del presupuesto y la censura. Sin pretensiones de convertirme en orador motivacional, uno no puede sucumbir a la pereza o a la derrota por una flaqueza de espíritu o la intromisión de un virus en la base de datos.

Cuando un hombre tiene un sueño, trabaja lo que puede con lo que tiene. Y lo que ahora tengo no es nada despreciable, pero si demoro quince minutos más de la cuenta, mi hermana me arrancará el aparato de los dedos. Exagero, pero, saber que estoy rumbo a la montaña de las cien publicaciones me da buen motivo para pelear las rondas siguientes por una meta miserable.

Mi tiempo ha expirado. Habrá más opiniones marginales, por supuesto. En el restaurante del tiempo, ya hemos disfrutado de la entrada. Ahora, mi queridos comensales, vendrá el plato principal. Disfrútenlo.

lunes, 3 de febrero de 2014

Pérdida de una computadora

Para los miembros de mi familia, la sensible pérdida de una computadora no significa nada más que un rectángulo relleno de circuitos del que debe deshacerse. Yo, por mi parte, acabo de perder una valiosa herramienta de catarsis, de publicaciones virtuales y espacio creativo. Mi hermana me reprocha la existencia de la tinta y el papel; sostiene la tácita creencia de que el escritor verdadero se aferra a las vísceras inertes de un cuaderno silencioso.

No pienso defender mi título ausente de poeta ni entrar en imprecisas discusiones.

Mi teclado blanco ha quedado fuera de combate, lo cual representa una lívida amenaza  para la continuidad de mi blog. Sin embargo, heme aquí, Señor, en el altar de silicio de un locutorio urbano, elevando una plegaria cibernética en la telaraña virtual.

Seguiré escribiendo, aunque el destino me arranque los dedos cuando la mandíbula de la vejez aplaste mis falanges en la dentadura del tiempo y la oxidación ósea inyecte dolor en mis nervios agotados. No espero ninguna gratificación del lector ni espero tampoco que mi propia estirpe comprenda mis vicios positrónicos.


La incomprensión poco importa. Escribo, publico, pago el uso de la computadora prestada y me reúno con la lluvia no nacida del grisáceo mundo exterior.

sábado, 1 de febrero de 2014

Hay que aguantar a los niños

La escasa paciencia con los párvulos provoca un envejecimiento prematuro de ánimos. Mi espíritu oxidado sucumbe al ácido corrosivo de las sonrisas infantiles. No hay nada más parecido a un demonio como un mocoso de dientes partidos y pequeña estatura que se mueve de un lado a otro, cual piraña errática en un río de sangre.

Nunca me han gustado los niños. No sé si la adolescencia, la introversión o el amor a la tranquilidad moldearon esta sección de mi carácter. Esto no se aplica a toda la generación de retoños humanos: solo a mi hermano, a mis primos y a sus descarriados amigos.

Si no tengo éxito en el arte o en la docencia, ejerceré la profesión de inventor y construiré una jaula electrificada para estas criaturas insoportables. Después de todo, de alguna manera y otra, hay que aguantar a los niños.