lunes, 31 de marzo de 2014

Fútbol y literatura

El fútbol es una de las tantas cosas que no me gustan. Quiero creer que no soy el único. La argentinidad registra sentimientos encontrados: el fervor de Fontanarrosa y el asco de Borges, los dos extremos de una pasión indeleble en la cronología deportiva de la patria. El segundo concebía al balompié como uno de los inagotables signos de la estupidez humana; el primero profesaba un amor visceral hacia la disciplina, tanto en lo privado como en lo literario.

El entretenimiento popular no tiene que estar excluido de las esferas del arte. Menciono un ejemplo extranjero. El pecado de Stephen King es nombrar cada siete párrafos a los Red Sox, su equipo predilecto de béisbol. Las historias del maestro del terror son impecables; no obstante, me revienta que, entre líneas, aparezca una descripción de la tabla de puntuaciones de un bateador desconocido o las reglas que un juego que poco tiene que ver con la cotidianeidad de los porteños.

El campo de acción del atleta y el poeta no se mezclan. El ejercicio físico y el intelectual, ríos que no se entrecruzan. Hay excepciones. La literatura no es solo espíritu, metafísica y Kafka; es sudor, fuerza dibujada, retrato de sociedades enloquecidas por los penales y los árbitros corruptos, tíos oligofrénicos que destrozan tus tímpanos cuando la pelota golpea en el travesaño. La deplorable condición humana se refleja en los barrabravas, en las amenazas de los maníacos a los jugadores, en las groserías de los palcos; la nobleza, el compañerismo, la estética, la anatomía, la diligencia y la gloria están reservadas para los titulares que se desgarran las rodillas en la cancha.

He dicho que no me gusta el fútbol: lo mantengo y lo sostengo. Mi realidad está partida por el frenesí y los papelitos de colores. En medio del barullo, anoto los detalles en silencio y me las arreglo para aguantar al tarado con la remera de River Plate que aúlla la muerte de Boca Juniors en la inhabitable atmósfera del colectivo. La obligación del narrador es ésta: fotocopiar verdades con sustantivos y adjetivos, inyectarlas en el papel y convertir el deporta en una musa griega.


Esto opino, muy a pesar de mi animadversión al atletismo. A Cortázar le fascinaba el boxeo, y no dejó de ser un escritor genial; es legítimo, más aún en los argentinos, la devoción futbolística vertida en la tinta.

viernes, 28 de marzo de 2014

El mundo es demasiado grande

Tengo la impresión de que el mundo es demasiado grande para mí. Vasto, oscuro e infinito. Y, asimismo, la sensación de que soy un pobre diablo que a duras penas se atreve a salir de su casa. Nunca me han interesado los viajes memorables o las aventuras extraordinarias. No me importan. Viajar en un avión será toda una experiencia inolvidable para cualquier mortal; yo soy cobarde, me aterran los aparatos voladores y las burocracias de la aduana.

El Universo es casi tan infinito como mi aburrimiento. Tan poca sed tengo de movilidad que, con un libro y una cama, me conformo. Hallo mi felicidad en los placeres sencillos. Punto y aparte.

En una nota marginal escribí: ‘Soy un niño pequeño en un mundo de gigantes’. Este sentimiento no deja de acompañarme. Camino entre quimeras y cíclopes, acorralado entre guarangos y princesas, Escilas y Caribdis. Los viajes en colectivo, las clases de facultad, los clientes de la pizzería, las multitudes en las plazas…

¡Cuán pequeñas parecen mis ideas ante la avasalladora realidad que se me impone!

Conozco mis convicciones, mis orígenes y mis metas. Mientras la brújula del espíritu prevalezca sobre mis ánimos, confío en que podré mantenerme de pie en el jardín de los dragones egoístas.

martes, 25 de marzo de 2014

Los días pasados fueron mejores

He expresado con anterioridad mis impresiones respecto a la producción literaria de los autores contemporáneos; sé que no resulta ajena al lector la sensación de que la humanidad tuvo sus mayores instantes de inspiración en épocas pasadas. Otorgo credibilidad legítima a este común prejuicio: las obras de Shakespeare, por ejemplo, constituyen las fibras del fundamento de la literatura moderna, gozan de una profundidad artística y retratan las contrariedades de la naturaleza humana de tal manera que sus líneas exceden las meras obligaciones de una narración azarosa. Mi atención personal por la literatura anglosajona no impide recordar la loable complejidad de las obras de los novelistas rusos, los poetas franceses y los cuentistas latinoamericanos.

La excelencia (o la popularidad, si incurrimos en un vulgarismo impersonal) de la letra no radica en el tratamiento de los elementos vernáculos de la tierra nativa; es la universalidad la fuerza que la audiencia más admira.

Las historias de José Saramago orquestan ingredientes exquisitos para reunir a una comunidad mundial de lectores: personajes sin nombre, países irreconocibles, relojes atemporales, argumentos simples y poderosos. Las crisis presentes en ‘Ensayo sobre la ceguera’ o ‘Las intermitencias de la muerte’ pueden ocurrir en cualquier punto del espacio, en cualquier ángulo del tiempo.

¿Debo mencionar el malestar que me provocan determinados escritores que sacrifican la esencia poética de la palabra en pos de convicciones políticas e ideológicas? En ‘El escritor argentino y la tradición’, un brevísimo y eficiente discurso de Borges, se deja entrever un desprecio velado al reduccionismo nacionalista.

La literatura ‘politizada’ es apenas uno de los males irreproducibles para el buscador de quimeras y librerías.

El contrapunto de la originalidad es la conjunción oficiosa de personalidades que figuran en las cimas de los libros más vendidos. Me refiero a aquellos seres que figuran en la contratapa de una novela de duro lomo con una reseña de minúsculas letras que auguran la frescura radical de su contenido. Tras detenidas inspecciones, nos percatamos de que su trama no es más extraordinaria que el aumento del precio de un chicle.

No todo best seller es malo, no todo lo malo es best seller. Las novelas que no me gustan le pueden gustar a otros. No ofrezco aquí verdades absolutos de bibliófilo puro. Opino. Mi odio hacia Stephenie Meyer o E. L. James no excede el límite de lo literario. Nada más.

‘Los días pasados fueron mejores’ dice el refrán, y los escépticos cimentan en esta tesis las neofobias editoriales. Este inocente narrador quiere creer que hay talento más allá del mar de mentes calcinadas que veneran el romanticismo obsesivo de Edward Cullen, un arquetipo de vampiro reducido por los chichés evitables y la inexperiencia de una escritora exitosa.


En la materia oscura del universo literario, hay estrellas que aún pueden brillar en la ceguera de los planetas.

domingo, 23 de marzo de 2014

Un hábito solitario

‘La lectura es un hábito masturbatorio’ sentenció el señor P., el docente que preside las clases de Teoría Literaria. Acto continuo, señaló, con enfática comicidad: ‘No digo con esto que todos los lectores son masturbadores potenciales –risa general y trémulo silencio del auditorio–. Me refiero a que la lectura es un hábito solitario’. La memoria me impide rescatar los términos exactos; el adjetivo ‘masturbatorio’ dejó una impresión de estupor en mis oídos. Sin embargo, la analogía, despojada de toda implicación impúdica, era apropiada.

La lectura es un ritual íntimo. Es placer, enriquecimiento del alma, satisfacciones de espíritu. No es un crimen público. Que una adolescente de diecisiete años se desangre la vista leyendo ‘Crepúsculo’ o ‘Cincuenta sombras de Grey’ en el colectivo, aparte de perder gramos valiosos de tiempo derrochado, no constituye un acto de pandemia literaria, sino llevar a cabo una acción privada en forma visible.

El señor P. agregó, verbigracia:

–La lectura no es un acto público, a menos que se lea en voz alta.

Mencionó casos de irrecuperables tertulias poéticas en las cuales los autores compartían sin vergüenza sus versos. En los talleres literarios, el procedimiento oral es una tradición cerrada. Empero, desafío al lector de este tendero a congregar por lo menos tres prosistas en la esquina de una plaza y que debatan sobre la estética del romanticismo en compañía de linyeras y vendedores ambulantes. Entre las especies que engrosan las tipologías humanas de las faunas urbanas, los literatos no son mejores que las bestias a los ojos de los ineptos.

La literatura contemporánea goza de amplias difusiones gracias a los blogs, las publicidades o las recomendaciones pasivas. Pero, siento que algo ‘falla’; que las nueve musas del Olimpo no están tan enérgicas como antes. Usted también, lectora y lector, lo perciben. Como si todos los Borges, los Shakespeare, los Saramago, los Mistral y los Neruda de los cuatro extremos de la Tierra se hubiesen desvanecido en el aire, como si todos los anaqueles repletos de tomos en la librería no fuesen más que misiles de papel comprimido.

Es la sensación de que no hay más literatura en los libros del nuevo milenio.

De estas impresiones hablaré en otra oportunidad; regresemos al ‘hábito masturbatorio’. (No crean que el término es de mi agrado, pero he de respetar la línea argumental de los pensamientos que deseo transmitir.)

No se puede leer de a dos o de a tres. Es una ciencia complicada. El placer de leer es tan personal que, sencillamente, no se lo puede transmitir sino antes o después de la lectura. Un buen lector no puede interactuar con el mundo en la duración del ‘durante’. Aunque he visto jóvenes clavados en los asientos de los colectivos, blandiendo heroicamente un libro de bolsillo entre los dedos, no hay mayor grado de comodidad en la temporalidad de una novela que en la cama o en el sillón.

La lectura, en este sentido, reúne las condiciones de un secreto: única, secreta, cómoda, personal, silenciosa, solitaria, tranquila y placentera. Así es como debe ser y así es como será en todas las generaciones de escrutadores de historias de tinta que honren a las sagradas divinidades del arte que cierran la puerta de su habitación para hacerse…

Un tiempo para leer.

viernes, 21 de marzo de 2014

Bajo la sombra de hojas rotas

No hay motivo para ocultar mi fascinación por el otoño. La progresiva desnudez de los árboles, la caída del follaje corrupto, el brío de los gélidos vientos. El ambiente concuerda con las abstracciones de la melancolía, la nostalgia y la reflexión. Es la pacífica transición entre el violento verano y el imperdible invierno.

Las puertas abiertas de marzo denotan comienzos, arranques, nacimientos de periplos y narraciones. Bajo la sombra de hojas rotas, el aire impregnado en tonos ocres y sepias, nos internamos en la frescura de la nueva estación.

Los porteños no aspiramos a las nieves o al hielo; el placer radica en la calidez de una cama, en la intimidad de los libros y en la dulzura del chocolate caliente. En las perezosas mañanas, nosotros, los amantes del otoño, somos hombres libres.


Celebremos en silencio, pues, la llegada de esta taciturna y peregrina estación.

martes, 18 de marzo de 2014

Una contradicción viviente

Soy el primer universitario de mi estirpe. No sé si mi desarrollo académico es motivo de orgullo o de incertidumbre. Todo adolescente se detiene en la bifurcación fatal en la cual se pregunta qué es lo que debe hacer con su vida. Me he decantado por el camino de las letras. Mi vocación aúlla por los ríos de tinta y el sabor de los libros. Tan confiado estoy de mis elecciones, existe tanta seguridad en mi respuesta, que no sé a ciencia cierta qué es lo que debo sentir.

En la derrota, el hombre enarbola la frustración. En la victoria, preconiza el júbilo. La exhibición de pasiones arquetípicas, la improvisación de expresiones previsibles, no es mi oficio. Entremezclo las virtudes del nerviosismo, la alegría, la desesperanza y la indiferencia. ¿Cuál de todas estas sensaciones debe dominar a las demás?


Soy una ecuación irresoluble, una contradicción viviente. Una queridísima amiga me confió que la naturaleza humana es de por sí contradictoria. En verdad, confío con lucidez en el destino previsto, con tanta seguridad que no conozco otra manera de expresar mi regocijo que a través de mi fingida pero sincera ansiedad.

domingo, 16 de marzo de 2014

La chica que leía

Ayer viajé junto a una chica que leía. No sucedió nada. Ninguna de mis anécdotas excede el marco de lo previsible. Pasajeros que van y vienen. Idas y vueltas de colectivos siniestros. Ella subió en Castelar y yo bajé en Flores. Nada más.

Hay misterios que jamás podré resolver respecto a esta rara raza de hadas lectoras. No sólo los nombres, sino también el título y el contenido de los libros. A simple vista, la señorita era hermosa (rectifico: ¿acaso no todas las chicas que leen son así?); mas el objeto de mi intriga era el tomo. Vi la vejez de las páginas en el color amarillento del papel; la portada era azulada, como el cielo violento después de una tormenta de viernes.

Intenté buscar con el rabillo del ojo alguna frase delatora en los párrafos borrosos que se hallaban fuera de mi campo visual. La timidez, la fuerza de la normalidad, más bien la cobardía, me contuvieron en mi posición. Con los auriculares en los oídos, me entregaba a siestas intermitentes, manteniendo la cabeza casi pegada al cristal de la ventana.

En las vicisitudes de Liniers, alcancé a leer: ‘…el Creador de los Cielos…’

Sentencia peculiar para una historia de bolsillo. Sospecho que la posesión de la muchacha era la obra de un ministro cristiano que versaba sobre la naturaleza de Dios. Perezosa deducción: jamás he leído a un autor que incrustara entre líneas estas palabras en una novela marginal.

El colectivo casi vacío, las ruedas acariciando el asfalto de la capital y el disgusto de saber que no saldría del trabajo hasta la medianoche. Abandoné mi asiento y me dispuse a descender del vehículo, no sin antes dedicarle un último vistazo a la anónima poseedora del libro.

Verifiqué la autenticidad de su belleza en los blancos ángulos del rostro y en las doradas raíces de su cabellera. Fue aquella una imagen despojada de toda actitud de lascivia o perversión. Dos estrellas puntiagudas resplandecían al compás del sol: un par de cruces de plata se balanceaban bajo las preciosas orejas femeninas.


Me arremetió la absoluta certeza de aquella lectora era verdaderamente una devota cristiana. Me pregunto: ¿qué misterioso río de tinta giraba alrededor del Creador de los Cielos?

sábado, 15 de marzo de 2014

Invariablemente bipolar

Soy invariablemente bipolar. Frío o caliente. Feliz o triste. Blanco o negro. Guerra o paz. Siempre me he movido en los bordes del círculo, jamás en el centro. Camino por las veredas de la vida, nunca en el corazón de la calle. Mi equilibro radica, justamente, en el desequilibro de mis pensamientos. Bien o mal en términos absolutos. Por causa de mi enfermizo extremismo, se me tacha de histérico o neurótico. No quito legitimidad a estas acusaciones familiares; en verdad, soy una persona muy complicada de tratar.

En la esfera familiar, en el ámbito laboral, en mi ambiente académico, en la red de la amistad, me muevo de formas diferentes. Calzando gestos, léxicos y rostros distintos. No es hipocresía moderna, es un hecho de la vida que los seres humanos se adapten a disimiles contextos sociales. El ‘yo’ privado es opuesto al ‘yo’ público. El ‘yo’ que escribe es especular al ‘yo’ que habla. Si usted me estrechara la mano personalmente, o si echara un ojo al contenido de mi cerebro, se sentiría  decepcionado.

El poder del poeta radica en la invisibilidad del cuerpo. De esta manera, prestigia la supremacía de la palabra. Más de uno rompería a reír si me viera a este joven de veinte años, estatura baja y voz aguda, leer en un auditorio. Carezco de la voluntad de defensa, de lógica o de carisma. Mi arsenal único es el diccionario, al cual trato de sacarle todo el jugo en cada texto. Si arriesgo todas mis fichas en el mero histrionismo, estoy muerto.

Mi prosa misma es víctima de mi juego de luces o sombras. O escribo impulsado por la esperanza rabiosa o bajo las garras de una ponzoñosa aflicción. Noches en las que derrumbo con mis propias manos mi autoestima y mañanas en las que me levanto de la cama como si fuera el amo del Universo. Me destruyo y me construyo constantemente, en silencio, ajeno o atento a la cotidianeidad que zumba conmigo. Transito con mucha facilidad el puente entre la alegría, la cólera y el llanto. Soy muchas cosas, y a la vez no soy. Me pudro, me reviento y me renuevo en todo momento. Soy uno para algunos y otro para muchos.

Hacia el final de la medianoche, solo sé que no sé quién soy, que el sueño me cose los párpados y que en realidad nada más importa sino vivir y ser vivido. Seré lo que deba ser; y las opiniones del otro, en realidad, no importan.


“Dios está en su Cielo, todo está bien con el mundo”. Que este agotado verso de Browning me sirva de consuelo en mis desvelos. Mientras Dios esté en su Cielo, poco importa que mis ánimos se muevan a la velocidad del viento.

martes, 11 de marzo de 2014

Sin fe

En mis horas melancólicas imito la indiferencia de Meursault. Siento que soy una pieza ajena al mundo. No puedo comprender aún el mecanismo de la sociedad. Los perversos son recompensados, los seres honestos son masacrados, y los mentirosos engendran gloriosas revoluciones. Me parece atroz el hecho de que la premisa anterior no se cumple en todos los tiempos, que hay excepciones temporales que iluminan el rostro de los desamparados; me abate el horror de saber que ninguna verdad es verdadera en la absoluta circularidad de los relojes.

Me considero el contrapunto del personaje de Camus por legítimos motivos. La época, la nacionalidad y mi fe en Dios constituyen las diferencias primordiales. El misterio de la cruz es mi fundamento puro. Incurro en el existencialismo primitivo de Kierkegaard. Le pregunto al silencio por qué mi Creador me arrojó al mundo. No pregunto a nadie si existe o no Jehová. Conozco la respuesta de los otros. Las leo en el espejo de sus pupilas.

‘No.’

El mundo parece escupir sobre los valores en los cuales creo; hasta mi propia boca se siente tentada a imitar las palabras de los incrédulos. Es equívoco pensar que la tentación se reduce al ámbito sexual: existe la concupiscencia intelectual, el pecado mental, la vanidad del intelecto. La dilatación del conocimiento es una reducción de la capacidad de creer.


Sé mucho. Sé poco. Sé. Pero quiero seguir creyendo. Creer en figuras celestiales y cielos imposibles, en paraísos y estrellas. No es autoengaño, es el deseo de comprender lo que hay más allá de la materia. Solo pido que la Providencia me ayude a conservar la fe en este mapa de sensaciones sombrías y oscuras, en la geografía tenebrosa de la realidad. Sin fe, no tengo razón ni de ser, ni de estar o escribir.

lunes, 10 de marzo de 2014

Carretera salvaje

Pocos crímenes despiertan en el espectador tan macabro sentimiento de repugnancia como el acto de atropellar a un animal en la vía pública. Las anécdotas sobre criaturas aplastadas por ruedas de coches anónimos constituyen negros episodios en el historial de pecados de todo conductor urbano. Existe una obscena inclinación hacia la tergiversación deliberada de la realidad cuando el autor de los hechos señala de la víctima de su crueldad vial ‘se cruzó en el camino’.

Fuera del escrutinio de casos precisos, ¿no somos nosotros, los hijos de los hombres, quienes recortamos el laberinto de la naturaleza con líneas de cemento iluminadas con sangre eléctrica manada de los ojos de los postes de luz que se perpetúan en los bordes de estos riachuelos pavimentados? ¿No somos nosotros los agentes responsables de la confección de un sistema de símbolos que la fauna acérrima no comprende en su plenitud y cuya irreprimible sed de movimiento blandimos como inepto argumento a la hora de justificar accidentes de esta índole. El perro no se cruzó en nuestro camino; nosotros nos cruzamos en el camino del perro, interponiendo una barrera de luces cambiantes y letreros rojos que la mente del cánido no puede interpretar.

Ni el más astuto de los lobos sabe leer un semáforo.

La definición de la culpabilidad del hombre es motivo de amplia controversia. Lejos de las vicisitudes que suscita la dificultad de establecer quién contribuyó más al desencadenamiento trágico que estampó una estrella de sangre en la tierra, el tácito pesar que nos infunde la detenida observación de vísceras reventadas es un denominador común que compromete a todos los ojos sensibles que rememoran la vieja visión de un esqueleto ajado por los vehículos motorizados.

La muerte de un gato en circunstancias infames mueve las cuerdas más profundas de la conmoción, pulsa los botones de la náusea y el rostro de la humanidad se contorsiona bajo las impresiones de un malestar inescrutable. ¿A qué clase de espíritu le puede deleitar el espectáculo de una sentencia de muerte ejecutada a ciento diez kilómetros por hora?

No dilato la amplitud de esta elegía zoológica al extremo de censurar la expansión de carreteras necesarias o el uso de transportes modernos. Mi prosa expresa mi pequeño e inútil deseo de impedir el asesinato, eventual y sistemático, de los entes vulnerables a la fuerza prodigiosa de la ruta.

En el ritual del choque, cuando el paragolpes abofetea sin piedad las vértebras de un sabueso sin collar, se difuminan las barreras que separan al hombre de la barbarie. En este triste juego de luces y sombras, ¿quién es, realmente, el animal?

La próxima vez que vea a un perro descuartizado junto a una avenida populosa, venza al pudor y mírelo. Hónrelo con un apretón de labios, con la trayectoria de una mano hacia su boca, con una noble y compungida interjección de asombro, con una arcada incompleta. Hágalo con el conocimiento de que, al menos, usted le ha prestado más atención a la criatura una vez muerta que el sujeto detrás del volante en sus últimos minutos de vida.

sábado, 8 de marzo de 2014

Día de La Mujer: Antes de celebrar...

Este día no es, precisamente, un canto a la feminidad; es el recordatorio de una milenaria opresión cuyos nudos poco a poco se están aflojando. Ningún carnaval superlativo puede añadir a la dignidad del género femenino mayor gloria de la que ya tiene o debe tener. Procuraré no deificar desmedidamente la figura de la mujer en los tiempos contemporáneos. La objetividad pura es imposible y no se logra una aproximación certera a ella en pocas líneas. Prosigamos.

El signo de la mujer, liberado de restricciones culturales, ha dominado nuevos significados cuyas repercusiones en diferentes ámbitos de la actualidad. Numerosos lectores opinarán que los cambios son benéficos, sin ningún atisbo de duda; otros, tal vez más conservadores o temerosos, desdeñan la burbujeante vertiginosidad de las transformaciones. No pretendo hundir el pie en la superficie tenebrosa de polémicas relacionadas con determinadas libertades individuales que aún generan controversias no menores entre los legisladores. Sencillamente empujo el naipe de la verdad sobre la mesa. El mundo se está moviendo. Las reglas están cambiando. Y las mujeres, más que nunca, están penetrando el tablero de juegos.

Somos los observadores de la caída del machismo. La desaparición de este fenómeno no es absoluta, jamás lo será. Comentarios inapropiados, arquetipos oxidados, prejuicios recelosos, los habrá siempre. La diferencia sustancial es la cantidad de cartas en los dedos de los participantes de la competencia de la vida. Emergemos de un milenio donde las minorías étnicas, los individuos con capacidades psicofísicas limitadas, los enfermos, los obreros, los menores y mayores de edad figuraban fuera del rango de importancia en la modernidad trazada por el ‘hombre-modelo-caucásico-europeo’.

Ahora estamos en el segundo tiempo de la cronología de la civilización; aún hay tiempo para revertir los contratiempos y las negligencias. Tiempo de sobra para garantizar la inclusión de todos los jugadores en el torneo de la existencia digna, justa y equitativa.

Trágicos acontecimientos de sangre, agotados en los libros de historia y los discursos escolares, configuran las penosas fracturas del tiempo. De los feminicidios perpetuados a sangre fría, del avance silencioso de moretones íntimos, de las irregularidades laborales derivadas de la expansión comercial, comenzamos a aprender algo. A entender que la mujer no es ni nunca fue una minoría. A comprender que enterrábamos a nuestras madres, hermanas, esposas e hijas, bajo el polvo del menosprecio y la ignominia. A redescubrir que ellas no eran inferiores ni tampoco superiores en nada; que la diferencia fisiológica en la anatomía de los dos sexos coexistentes en el regazo de la Tierra no excedía un mero pormenor orgánico, indispensable para la reproducción de la especie sobre el mapa de Gea.

En este día, antes de celebrar, rememoremos. Reflexionemos. Que la lectora y el lector agreguen las palabras que faltan a esta opinión cortada. Que las mujeres completen con su voz los misterios que no han resuelto los hombres.

viernes, 7 de marzo de 2014

Los huecos de los días

Me he distanciado de los territorios virtuales casi al extremo del abandono. La preservación de una página se ha convertido en una empresa descuidada: la continuidad de un espacio de opiniones carentes de importancia, el ahorcamiento arduo de prosas en el patíbulo del monitor, los hilos de letras balanceándose en los tenderos de información. Todo me parece, por momentos, agotador. La rutina es boxeadora: con el guante de las horas te apuñala la cara para aplastar el entusiasmo del intelecto.

En resumidas cuentas, mi imaginación recorre el sendero de los versos con el tanque vacío. Cuando uno no tiene nada nuevo qué decir, se entrega al hermetismo más descarado.

Los artistas no quieren sucumbir ante la comodidad de una bicicleta fija. Exploran horizontes con el alma, se aburren con facilidad de todo lo tangible, buscan la sombra y el origen de la sustancia del ser. El arte es un túnel cristalino, laberíntico e infatigable cuyas esquinas no les doblega la espalda o el cerebro.

Empero, nadie sabe si pecamos o acertamos cuando la factura del teléfono nos devuelve a una realidad tan profunda como las grietas de un billete falso. Renunciamos momentáneamente a la creatividad (divorcio temporal que nos duele y nos agobia), nos decantamos por el vicio simple del pragmatismo resignado, canjeando tiempo por trabajo, trabajo por dinero, dinero por el pago de un impuesto, por la elevación de la burocracia monetarista al cubo.


Idas y vueltas en colectivos. Servicios dominicales, parpadeos laborales y nervios académicos. Síndrome de la hoja en blanco y libros de bolsillo para combatir la falta de frescas ideas. Sé que en cualquier momento me atravesará el calor de una historia ingeniosa. Pero, hasta entonces, me dedicaré a rellenar con palabras los huecos de los días.

sábado, 1 de marzo de 2014

Un colectivero en apuros

Cuando vi a la mujer sentada en el primer asiento del colectivo, era demasiado tarde. El vehículo acababa de ignorar a una señorita que extendía un furioso brazo en una esquina visible. La cuarta parte de los pasajeros infirió que algo no andaba bien. En los bordes de la bulliciosa ruta, el conductor volteó la cabeza y miró a la dama embarazada.

–¡Rompió bolsa! –sentenció una voz.

Un cronómetro invisible dio inicio a la cuenta regresiva para el evento precipitado. Conjeturé que el destino conspiraba contra mi puntualidad para que llegara tarde al trabajo. No existía tal conspiración. La señora sin nombre estaba a punto de dar a luz; su único pecado fue no tener la decencia o la prudencia de solicitar los servicios de un particular remis.

El futuro revelaría que sólo llegué quince minutos antes del horario oficial de trabajo; la imprevisible demora valió la pena. Fui el remoto testigo de un milagro secreto. El parto no se produjo en el colectivo mismo, para fortuna de los protagonistas. Los observadores del incidente apenas vislumbramos la antesala de aquel Infierno de contracciones intangibles que se convertiría después del quebrantamiento físico en un pedacito de fresco cielo.

Me conmovió la caótica convicción del colectivero. Era alto, calvo y delgado; dotado de una constitución fisonómica enteramente contrapuesta al estereotipo fornido y escrupuloso de la profesión. Tranquilizó lo mejor que pudo a la señora; obró con perniciosa humildad, arrastrando el ladrillo de metal a lo largo de la lengua de cemento maldito, disparando a los odiosos motociclistas que entorpecían el avance del transporte unas interjecciones de cólera a discreción.

La embarazada no estaba sola en su desventura maternal: el cónyuge y otra pasajera le acompañaban.

La geografía de Merlo es generosa y servicial. Todo coche proveniente de la Ruta 200 que penetre en el núcleo del municipio tiene casi la obligación de divisar el Hospital Héroes de Malvinas. La línea que suelo abordar para mis viajes laborales está condenada a hacer una parada en dicha institución. El conductor rodeó el edificio con cautelosa vertiginosidad y frenó en la guardia. El esposo de la embarazada descendió, acompañado por el ángel de camisa azul. Una silla de ruedas hizo su gloriosa y salvadora aparición. La ocupante del primer asiento  no se molestó en ocultar la delatora mancha de los pantalones.

Aquí la historia dejó de ser nuestra. El chofer regresó a la plenitud de sus funciones y ejecutó el recorrido final.

La vida nos sorprende con milagros inesperados, héroes cotidianos y giros macabros. Hoy somos villanos, narradores o personajes secundarios. Me ha complacido tener este pequeño contratiempo, experimentar la oportunidad de entrever minúsculos copos de valentía y determinación en los ojos de la gente común.


Esta anécdota, por supuesto, es verídica, como todas mis opiniones marginales. No deseo la credulidad del lector, sino exhibir la esencia de los días, sacar provecho de la nimiedad y extraer de un diminuto grano de tiempo los irrecuperables tesoros de la existencia humana.