viernes, 25 de abril de 2014

Mañanas kafkianas

El cielo plomizo de la nebulosa mañana no me mueve a escribir. De todas maneras, escribo; hay que aprovechar los tiempos muertos entre el desayuno y el viaje a la Facultad. Que la gramática me desmotive silenciosamente, que los teléfonos de la pizzería me coman los tímpanos hasta llenarme de sangre los nervios auditivos. Amanezco tan desganado, tan poco sediento de movimiento, tan rebosante de notorio patetismo, que no me importa.

Es una mañana kafkiana: todo lo vemos bajo una lente de escepticismo, todo me parece tan cúbico y riguroso; la normalidad es tan constante que me parece hasta irreal.

Puedo dejar caer mi taza de té con la plena conciencia de que la ley de gravitación universal la convertirá en una supernova de cerámica; puedo subir los peldaños de una escalera con la convicción de que, efectivamente, protagonizo un movimiento de ascensión; puedo elevar el tubo del teléfono a mi oreja con la seguridad de que me sorprenderá una voz humana y mediocre.

Mi imaginación impugna los argumentos de la realidad. Me gustaría, por ejemplo, beber leche chocolatada en una copa de cristal al compás de un crepúsculo de dos soles, multiplicar los usos de la escalera que interconecta el segundo y tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras durmiendo sobre los peldaños o deslizando mi cuerpo sobre la sucia y oxidada barandilla de fierro. Vivo con la ilusión de que, en el clímax de la noche, una voz impersonal me asaltará en una llamada telefónica diciendo: ‘Siga mis instrucciones y la chica estará a salvo’.


Estos son los signos de mi inmadurez. El fácil vicio de la fabricación de escenarios imposibles, los accesos de risa en los serios momentos, la inestabilidad de mis ánimos. Muy en el fondo, amo las estructuras, los dictámenes, los órdenes de la vida. Tan sólo es esta mañana, con sus nubecillas impresionistas y sus tonalidades metálicas, que me empuja a soñar en interrupciones caóticas y aventuras desopilantes que jamás sucederán.

martes, 22 de abril de 2014

El postergador

En el decurso de la Semana Santa, he dedicado las sacras mañanas a consumar la lectura de ‘Drácula’, la famosísima novela de Bram Stoker. Es irónico. La cristiandad toda conmemorando la crucifixión del Mesías, y yo, el más insignificante de los prosélitos, entregando mis ojos a la prosa victoriana.

He postergado mis deberes universitarios en pos de la sombra de un vampiro de tinta. La literatura, elevada a extremos ilimitados, tiene sabor a vicio. Dícese de cierto escritor que éste decidió renunciar a sus estudios y entregarse de lleno a la literatura. De este narrador de historias sólo puedo decir que tuvo mucha fortuna de haber nacido en una patria llena de cazadores de talentos. En mi nación, los polémicos y los mentirosos prosperan con demasiada facilidad. Y yo, carezco del sentido de la polémica y la estafa para imponer mi voluntad sobre las voces de los charlatanes.

Me tomo la molestia de citar a Borges, robándole palabras de un relato famoso: ‘Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.’


Soy un postergador del deber. Me encanta dejar todo para la última hora del día a fin de disfrutar de los pequeños hábitos que amo. Leer y escribir. Y si eso llegara a afectar mi futuro, no lo lamentaré, aunque me lo reprochen todos los seres cuerdos del tangible mundo.

jueves, 17 de abril de 2014

Garabatos académicos

Los apuntes en clase constituyen la columna vertebral del aprendizaje escolar. Un método clásico cuya eficacia se concentra en la praxis del estudiante. En mi efímera e incipiente trayectoria como alumno ignorante en la Facultad de Filosofía y Letras, doy fe de mi propia incapacidad, por no decir estupidez, para fijar esquemas cognitivos en el papel.

Dilucídenme, gloriosos lectores, reclinado en mi ominoso pupitre o recostado en el suelo (en las esporádicas temporadas de superpoblación en las aulas catacúmbicas); mientras el docente monologa, mi mente se deshace cual flor de aluminio en la tempestad de la calle.

En efecto, embellezco las páginas de mi cuaderno con monstruos inconscientes, pedazos de pesadillas no nacidas y lemas clandestinos. Un ojo, un gato, una flor, neologismo, un nombre propio, un verso sin sentido, una cruz, una espada, un círculo. Un idioma inventado, un garabato académico. Me desconecto de la realidad, me reconecto cuando vislumbro en las corpulentas disertaciones del profesor algún dato valioso para la resolución del futuro parcial, improviso una anotación rápida, regreso al mundo de los sueños.

Compruebo el placer de soñar con los ojos abiertos; la juventud revolucionaria que fuma en los pasillos y preconiza el odio al capitalismo se retuerce en su pragmática dimensión. Vayan en pos de sus ideales tangibles. Conviértanse en licenciados,  profesores, seminaristas, guerrilleros… ¡Qué me importa! Si el mundo es una sandía de tierra atravesada por laberintos de hormigas humanas, ¿cambian los hechos? Mando al diablo los morfemas y las críticas a Borges, camino por pasillos de muerte y accedo a mis universos de tinta; es allí donde los licántropos, los románticos y los sonetos aplauden mi llegada a la estación de los sueños.


Dejaré que el tiempo queme mis apuntes y que las aguas de la inspiración golpeen las patas de la silla en la que me acomodo para escribir este deleitable artículo que no cosechará más que una risa eventual en mi desafortunado lector.

domingo, 13 de abril de 2014

Charlas inexorables

Mientras escribo esta nota, una chica y un chico urden una conversación interesante detrás de mis oídos. Es sábado. Estoy en el tren. Bosquejo este microtexto entre las estaciones de Ituzaingó y San Antonio de Padua. Epistemología, Julio Verne, antropología, Josef Mengele, modernidad, El Principito, inquietudes sociales, recursos naturales, Efecto Mariposa, consecuencialismo, alquimista, pólvora. Las bocas misteriosas nombran todos estos temas. Mi corazón se llena de regocijo secreto e interés. Anticipo al lector la imposibilidad de explicar el origen de dicho gozo.

Mis anónimos interlocutores perpetúan una charla inexorable. Un episodio que no podré reproducir palabra por palabra. ¡Cuán traidora puede ser la memoria en la mente de los escritores!

Llego a mi destino. El ferrocarril disminuye la marcha. Me acerco a la puerta. Echo un último vistazo al interior del vagón. Sabiendo de antemano que me perderé en potenciales multitudes fugitivas, escapo de las sombras y defenestro unas escaleras.


Atravieso un túnel. Salgo a una plaza. Gente que corretea y espera colectivos. Sin lengua, sin habla. Sin nada interesante que opinar. Una masa inmunda y vacía de pensamiento. Veo a mi hermana en la vereda. Me encuentro con ella y me entrego a los placeres minimalistas del laberinto de la rutina.

jueves, 10 de abril de 2014

Semillas de papel

Es recomendable, ante una súbita ocurrencia creativa, anotarla en un papelillo o en una nota de teléfono celular. Me he apropiado del segundo método. Más de una vez se me ha escapado un buen argumento para un microcuento o poema. En la sección de ‘Borradores’ del móvil cosecho un jardín de historias olvidadas que casi ignoré que existían.

Los escritores son acumuladores de palabras. Entierran el material primigenio en los rincones más insospechados de la casa. Los escondites suelen ser tan evidentes que, sencillamente, es fácil obviar la caja de zapatos bajo la cama, el tercer cajón del escritorio o la carpeta del disco rígido de la computadora con la leyenda ‘Archivos pendientes’ llena de relatos marginados.

Hay quienes sienten rechazo por sus propias obras. Franz Kafka solicitó a su mejor amigo que quemara todos sus manuscritos; Max Brod hizo todo lo contrario, y la literatura universal disfruta los párrafos de ‘La metamorfosis’ o ‘El proceso’ con dulce impunidad.

Si usted, lectora o lector, tiene cincuenta comienzos de novelas jamás completadas, no se angustie. Amontónelos en un rincón y siga escribiendo. Tengo la esperanza de que usted, tarde o temprano, será una celebridad exitosa del mundo literario. Si se esmera y comprende el valor de las semillas de papel, claro. En ese caso, no se olvide de este pobre parásito de tinta que vive de un empleo de medio pelo y alterna clases de gramática con largos viajes de colectivo.


Por favor, señores, alentemos a los futuros escritores de América Latina.

lunes, 7 de abril de 2014

Tardes liberadas

Esta semana se ha transformado en una sumatoria de días perezosos. Los docentes perpetuarán una huelga el día martes y miércoles en la Facultad; el jueves, el paro general me impedirá asistir a la clase de Teoría Literaria. Todos los argentinos quieren ser como John Galt: buscan detener el motor del mundo.

Tengo demasiado tiempo libre esta temporada. Escrutaré minuciosamente los párrafos de Gramática, retomaré el ritmo de este blog aletargado, terminaré lecturas pendientes que he dejado de lado…

En resumen, he de vivir y he de escribir lo que me dé la gana en estas tardes liberadas. Por lo menos, mientras siga funcionando el negro motor del mundo, el cual, hasta ahora, no se ha detenido ni un segundo.

martes, 1 de abril de 2014

La palabra es poder

He escrito poemas que arrancarían lágrimas de las piedras. No es presunción o narcisismo. Ayer he compartido versos fúnebres con mis compañeros de taller literario. En los ojos entreví el impacto de las palabras. La atención de mis íntimos lectores es mi mayor tesoro. Un escritor no suele medir la repercusión de sus obras, hasta que es demasiado tarde para reparar en ello.

La palabra es poder. El poder de penetrar en el corazón del hombre y sembrar en el espíritu sentimientos prestados, pero no menos ciertos que el viento entre mis dedos y la hoja de los árboles. Un poder que no se transmite entre las masas indiferentes que no leen ni escribe. Es electricidad del alma que se propaga a través de los seres sensibles. Es una conexión entre conversadores, un puente entre dos mundos. Entrar en contacto con el otro, la unión de dos personalidades diferentes a través de un espejo de tinta, es maravilloso.

En ‘Fahrenheit 451’, un bombero lee un poema ante la presencia de tres mujeres. Una se echa a llorar y no sabe por qué. La escena que describe Bradbury aquí excede la noción de genialidad. Explica una realidad. La realidad de la ficción, de la poesía y del arte. Cuando una gota de tinta te toca la vida entera, no hay palabras para desnudar toda la dimensión de impresiones que circulan en tu sangre. Irónico: no existe palabra en este mundo para definir el efecto de las palabras.

Todo escritor teme, a la hora de las publicaciones, la falta de talento; yo temo, en cambio, el exceso de poder. Tengo miedo de crear elegías perfectas y desgarradoras, tragedias oscuras e historias demasiado macabras para ser reproducidas en la mente de mis víctimas lectoras. Si escribo cada vez más, veré a las mujeres llorar, a los hombres compungirse y a los niños dejar de jugar. Mi mundo se transformará en una lágrima gigante que se estrellará contra el muro inexorable de la verdad. Y terminará desintegrándose hacia el final de la hora nocturna.

La palabra es poder. Y a veces, cuando me felicitan por la excelencia de un poema con una palmada en el hombro, me horroriza tener esta clase de poder.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!