martes, 27 de mayo de 2014

Cuando estoy enamorado...

Me torno demasiado melancólico cuando me enamoro. Abusando de léxicos ajenos, me considero un ser excesivamente sensible. El más leve signo de rechazo o imposibilidad de amor me destroza el día. El hombre es dueño de un solo día a la vez; si se lo arruinan, se pone a llorar en las sombras.

Entonces, cuando la flecha del cruel Cupido me atraviesa la boca, incurro en pequeñas locuras. Por ejemplo, llorar en el interior de un colectivo mientras escucho una triste canción a través de los auriculares. Por ejemplo, observar cómo los bordes afilados de los rascacielos porteños perforan la belleza del cielo gris. Por ejemplo, buscar consuelo en las bromas de mi hermana o en las vacías conversaciones de los personajes de mi rutina.

E incurro, como casi siempre me pasa, en la natural superstición de que nada tiene sentido si no dedico mis mejores poesías a una mujer a quien amar. Me muerdo los labios para no maldecir a mi Creador por no haberme ofrecido a tiempo un ser digno de mis adoraciones. Como el monstruo de Frankenstein, aspiro a percibir cariño ajeno. Evoco la novela de Mary Shelley; temo, también, que el final de la bestia coincida con mi destino.

Estrangulo mis sentidos con poesía. Calzo sonrisas con la facilidad de los hipócritas. Disuelvo mis lágrimas en la tinta. Busco la rama de un árbol mientras mis piernas se hunden en el lodo cenagoso de los sentimientos prohibidos.

¡Maldigo esta lóbrega noche a los hacedores de románticas ficciones! ¿Por qué desdibujan al Amor como un gentil resplandor que ilumina el corazón de los seres humanos, cuando en realidad es un cuchillo que te raja la garganta de los sueños hasta dejarte sin aliento para inundar tus pulmones con pesadillas?


Y es allí cuando descubro, una vez más, que estoy enamorado…

jueves, 22 de mayo de 2014

El intruso

Coqui se sube a la cama y me aplasta los pies. Inclina su cuerpo contra mis tobillos y duerme. Estiro la cabeza. El intruso se despereza, me mira y no se mueve.

Ignoro qué clase de esencia divina irradian los perros para enternecer el corazón humano. No me resisto a su presencia y le concedo el honor de dormir en mi lecho.

Después de todo, pequineses y argentinos son igual de perezosos.

sábado, 17 de mayo de 2014

Pesadillas de bolsillo

Los viajes en colectivo son pesadillas de bolsillo. Negras aguafuertes de miedo, encendedores de irrealidad que caben en la palma de la mano. Breves, curiosas y extrañas travesías. La de anoche no ha sido una excepción, y creo mi deber describirla con no pocos detalles.

En Primera Junta, la lluvia nocturna había menguado su ritmo por tiempo indefinido. Mi padre y yo acabábamos de salir del trabajo; después de una semana sabática, él retomaba el pulso de la laboriosidad tras recuperarse parcialmente de una infección en el pie. En la fila de espera, una pareja de seres que excedían el medio siglo de existencia comentaba la irregularidad del transporte público. La mujer tenía los hombros cubiertos por un chal; el hombre, calvo, de bigote blanco, con lentes y perfecto traje gris, contrastaba con la visión desoladora de los civiles urbanos cuyos ojos reventados de horas anhelaban inyectarse sueños.

Vino, por fin, el colectivo. Subimos. Ocupé un asiento junto a una ventana. Procuré inventarme una siesta. Advierto, con horror, que mis tíos políticos aparecen en el mismo vehículo. Ellos no son, precisamente, pasajeros silenciosos.

‘Al cuerno con los sueños’ pensé.

Miré la ventana. En una esquina, había una silla de ruedas cubierta por una sábana rojiza. Se veían dos zapatillas deportivas bajo la tela.

¡Un hombre en silla de ruedas durmiendo a la intemperie!

Divorcio mis pupilas del cristal. A menos de un metro de distancia, un asiento más allá, una chica de cabellos azules acaricia pasionalmente el cuello y los cabellos de otra pasajera.

Mis pensamientos fueron menos lascivos que oníricos. El mundo y el colectivo se me antojaron cambiantes. Las voces de mis tíos políticos articulaban un perfecto diccionario de palabrotas que irritaban a los viajeros restantes, envenenados de cansancio. Parpadeé. Dormitaba a intervalos. Sueño, realidad, pesadilla, realidad.

¿Cuál es la diferencia? De todas maneras, ellos, los demonios de insomnio, los intrusos de linaje, no dejan mis ánimos en paz. Los vidrios se empañan, la chica de cabellos azules frota sus dedos contra la piel caliente de su compañera, la multitud rodante se dilata en feroz ardor, el viaje se despedaza en el tiempo…

Llego a casa. ¿Qué es real y qué no es real, si la suma de todas nuestras experiencias tiene sabor a sueño, a fatalidad y a mentira?

miércoles, 14 de mayo de 2014

Ido

–Estás ido –sentención la encargada de la pizzería, después de señalarme con un tono relativamente moderado de voz que me había equivocado en dos o tres pedidos telefónicos, provocando tenebrosos reclamos que no vienen al caso mencionar aquí.

No respondí. Admití que tenía razón. Tras varias horas, decidí que me había gustado mucho el adjetivo que empleó para describirme como culpable de estas distracciones. Escribamos una definición juntos, ¿les parece?

Ido. Estar y no estar. Una contradicción posible. Todos los seres humanos han de tener en sus círculos sociales un individuo cuyo cuerpo está presente, pero cuya mente está perdida en un laberinto de abstracciones. Soñadores en la Luna, seres enfrascados en sus propios pensamientos. En las conversaciones pragmáticas esgrimen respuestas casi monosilábicas. Ah, sí, bien, chau. Yo soy así. Yo soy un ido. Y sé que no soy el único.

Solo almas excepcionales me arrancan del letargo. No soy antisocial en el sentido riguroso de la palabra, pero no suelo congeniar con adolescentes de mi edad o con otros seres. O hay química, o hay naturaleza muerta. Los diálogos argentinos de la cotidianeidad versan sobre política, fútbol, mujeres, trabajo, economía, televisión… En estas disciplinas soy un queso. Entonces, callo. Las realidades de las gentes corrientes no me comprometen. No por eso soy superior o inferior a mis interlocutores: más bien soy una isla separada del continente a la que una minoría puede acceder completamente.

Hay bocas que te conmueven, que te disparan dos o tres frases geniales a quemarropa y reconocés en ellas cierto grado de sapiencia inconsciente. Hermanos del destino con los cuales podés confiar secretos sobre filosofía, literatura, fantasía, e incluso intimidades de la vida misma. Me consideran un tipo simpático, y, sin embargo, no le abro mi corazón a todo el mundo. Soy un ‘ido’: camino por la calle dibujando mundos con las neuronas sin molestar a nadie. Soy una isla. El que quiera visitarme, es libre de hacerlo. No busco amigos continentales, de esos que se entregan a las resignaciones de la existencia, los que reducen la naturaleza humana en la frase ‘nacer, crecer, reproducirse y morir’.

De mis ínsulas no me muevo. Acomodo mis rodillas en las playas del alma, contemplando el horizonte de las horas y el crepúsculo de las cosas. Me acostumbro a no compartir mis opiniones con nadie, a no discutir y a no nadar contra la corriente.

De modo que es una sorpresa descubrir que hay espíritus que divagan a imagen y semejanza de mí mismo en las arenas de la playa. Y encuentro a otro ‘ido’, a otra ‘ida’, que tampoco tolera el sopor de la rutina. Y hablamos. Y reímos. Y arrojamos nuestro pan sobre las aguas. Y nos separamos. Y nos dejamos morir en el tiempo. Y dejamos que las islas choquen unas contra otras. Y se forman olas, corrientes, ríos, dunas, montañas, volcanes de pensamientos…

Y cuando me subo al colectivo, cuando atiendo el próximo pedido en el teléfono de la pizzería, cuando estoy al borde del sueño en la clase de Teoría Literaria, vuelvo. Y soy un ido otra vez.

Antes de salir de la pizzería, la encargada me advierte que debo estar más atento para la próxima vez. Salgo a la calle. Me olvido de la advertencia y me dejo vivir.

Colgado. Distraído. Despistado. Bobo. Ignorante. Olvidadizo. Tarado… Para la gente, todo eso debe representar la palabra ‘ido’. Quizá soy un poco de todo. O seré demasiado soñador. No sé. Ni me importa. Estoy en casa. Y, al mismo tiempo, camino a lo largo de mis playas reflexivas, dejando huellas en la arena que solo Dios ve, dejando legados que nadie heredará… Y pensando mundos que nadie, o casi nadie, volverá a visitar.

martes, 13 de mayo de 2014

Instrucciones para tomar un colectivo en un día lluvioso

Las lluvias tienen fama de ser torrenciales en Buenos Aires. Si no hay inundaciones, hay grandes charcos en las trémulas esquinas. Si una de estas lagunillas limita con una parada de colectivo en una calle muy transitada, los habitantes de la húmeda intersección corren el severo riesgo de mojarse el cuerpo entero. La profundidad de los pozos, la crueldad de los conductores, la vulnerabilidad de los peatones: estos tres factores determinan la proporción de agua que desciende sobre tus zapatos recién estrenados.

Solución obvia ante singular problemática: cambiar de parada. En caso de inmovilidad forzosa o contrariedades externas, ejecutar las recomendaciones siguientes.

Aléjese del borde de la calle. Observe el horizonte. Refúgiese bajo los bronquios de un paraguas, un árbol o un techo. Contemple la cadencia del tráfico, fíjese en los vehículos que recorren la avenida. Esté atento al colectivo que vaya a tomar. Si lo ve, asómese al cordón amarillo de la vereda, con la precaución de saltar hacia atrás si un transporte motorizado amenaza con embadurnarle la cara con agua estancada. Compruebe si su autobús corresponde a la línea y empresa apropiadas. Si el chofer no es un imbécil, se detendrá. Cierre el paraguas, si lo tiene. Ya puede subir.

Consumadas estas instrucciones para tomar un colectivo en un día lluvioso, he pensado en la conveniencia de agotar todas las posibilidades de asumir el rol como pasajero de transporte público. Ya saben, escribir textos en formato minimalista con títulos proféticos: ‘Instrucciones para ceder el asiento a una embarazada’, ‘Lectura de graffitis en los asientos de un bondi’, ‘Ensayo breve sobre los vendedores ambulantes’… Me disuade de este humilde proyecto la pereza, la falta de tiempo, el hecho de que en un libro famoso de Cortázar haya una decena de instrucciones para todo, el riesgo de que los lectores me acusen de plagio o de perversión…


Me contento, pues, con llegar a mis destinos en tiempo y forma lo más seco posible en épocas de tempestad. Y que Dios me ayude a esquivar las zanjas de la vida que entorpecen los caminos de los hombres.

lunes, 12 de mayo de 2014

Diablos blanquicelestes

En la noche del último sábado, un considerable número de fanáticos de Racing Club copó el interior del colectivo en el cual este ilustre narrador se hallaba. Recién salido de la pizzería, había cerrado mi jornada de telefonista; rendí, asimismo, un examen de gramática esa misma mañana. Que mis oídos y ojos tuviesen sed de calma nocturna, era evidente. Estaba decidido a entregarme al Reino de los Sueños en la incomodidad de los asientos del bondi: era uno de los primeros en la fila y en pos de mí, los menos privilegiados habrían de permanecer de pie dentro del voraginoso vehículo.

Desde la esquina, sin embargo, un cúmulo de diablos blanquicelestes, consumado el partido sabático, se aproximaba a la parada. Dos de los demonios (tez cetrina, ojos desorbitados, pómulos chupados por el tabaquismo u otra adicción que prefiero esquivar) se acercaron a la ventanilla del conductor.

–¿Podemos subir?

El chofer pecó de generoso. Abrió la puerta trasera. El colectivo se convirtió en un Infierno de cuatro ruedas. ‘Por lo menos, agarré asiento’ pensé, resignado. Y la carroza de metal arrancó, nomás.

Bombos, insultos, olor a marihuana y a tabaco, hombres bestiales que cantan conspiraciones contra Independiente. El colectivo se convirtió en un zoológico rodante, una Biblia oficiosa de cánticos obscenos.

El conductor obvió o quiso obviar a las muchedumbres amontonadas que esperaban un transporte a altas horas de la noche para el retorno a casa. Liniers, Ramos Mejía, Haedo, Morón, Ituzaingó… El chofer los ignoró. Dos o tres de los monstruos acababan de romper el mecanismo de la puerta trasera y no falto quien asomara la cabeza al mundo exterior para exigir a los peatones callejeros condenación eterna a River Plate en términos demasiado asquerosos para reproducirlos aquí.

Esa noche, por una vez en mi vida, fui Dante sin Virgilio. El colectivo, ese quimérico y argentino sustituto de la Barca de Caronte, atravesaba los círculos concéntricos del Infierno de la Academia. Vi el Limbo en la indiferencia de los pasajeros; la Lujuria en una chica encima de los muslos de su novio, tranzando a bocajarro y con las cabezas cubiertas por la capucha de sus buzos; la Gula en los bebedores de vino barato. Podría decirse que la Avaricia estuvo presente porque, de la hinchada de Racing, nadie pagó su boleto; la Ira en las conjuras impersonales hacia el resto de los equipos de fútbol de la República Argentina; la Herejía en la adoración enfermiza a los colores; la Violencia en los empujones y en las agresiones verbales.

El Fraude era la escena entera, el carácter de irrealidad que se leía en la cara de los descerebrados, quienes descargando puñetazos contra el techo se engañaban a sí mismos creyendo que Racing Club constituye una divina institución que perdurará por siempre. Que Cristina Fernández declare guerra a Corea del Norte y veamos en cuántos segundos puede desaparecer toda la Selección. Señores, por favor, ¿en serio piensan que los once nobles tipos que se revientan las rodillas en plena cancha se sentirán honrados al saber que provocaron ultrajes en el interior de un transporte público? ¿Es ésa la forma gloriosa de demostrar devoción por la camiseta?

(Claro, si digo esto en voz alta, me empujan por la ventana, y, derechito al cementerio.)

El noveno Círculo, el de la Traición, lo merece el inexpresivo chofer.

Afortunadamente, nada es para siempre en la faz de la Tierra. A cuentagotas descendían los diablos de Racing en sus tierras nativas, llevándose las blasfemias y el sudor a otros confines ignotos.

El viaje llegó a su fin. Bajé del autobús y, en un remis nada celestial, regresé a casa.


De esta experiencia rabiosa entresaco un consuelo: después de un viaje a través del Aqueronte-Rivadavia, las almas llegan al Cielo. Y mi vida, damas y caballeros, es la más irrisoria y feliz de las Divinas Comedias.

viernes, 9 de mayo de 2014

Tenés razón...

Mi padre sostiene la creencia de que la literatura es poco práctica; en todo caso, contempla únicamente a la Biblia como pieza indispensable para la vida del hombre. Numerosos individuos se adscriben al pensamiento de que la escritura artística carece de sentido. Si te apuntan con un revólver en el decurso de un acto delictivo, recitar sonetos de Shakespeare no te salvará la vida.

Como buen cobarde que soy, escribo mis reflexiones fuera del campo visual de la familia. Prefiero evitar las polémicas directas; uno de mis benévolos lectores comprenderá el motivo de mi cobardía.

Hoy, por la mañana, mi padre encontró un libro prestado. ‘Rayuela’, de Julio Cortázar. Lo hojeó con cierto desdén; adivinó que se trataba de un hombre ‘que quería alcanzar el Cielo’. Arrojó el tomo contra mi cama.

–¿Lo ves? No sirve de nada estudiar en la Facultad –bromeó.

Experimenté el impulso que el argumento no era tan simple. Pero no gano nada con los debates. No gano nada con pensar. Callé. A lo mejor tiene razón. Tal vez la vida sea una línea sencilla que nosotros, los artistas, desfiguramos a cada rato porque no soportamos la falta de profundidad. Tal vez deba renunciar a mis sueños de tinta y entregarme al pragmatismo para no chocar contra la pared de la decepción. Tal vez deba dejar de perseguir la ilusión de construir historias y buscar multiversos perdidos desde la comodidad del escritorio. Tal vez, el mundo es demasiado simple, y yo soy el complicado.


Sí, papá, tenés razón… No sirve de nada estudiar en la Facultad…

martes, 6 de mayo de 2014

La Chica de Cabello Violeta

La Chica de Cabello Violeta es una de las mejores comerciantes del Universo. En el Pabellón Azul de la Feria del Libro, el stand destinado a las novelas gráficas gozaba de continua actividad. V de Vendetta, Watchmen, La Broma Asesina, los primeros volúmenes reeditados de The Sandman… ¡Lo mejor de lo mejor en primera plana, al acceso de las garras de los lectores!

Y allí estaba la Dama Violeta, indicando el valor de los tomos, exhibiendo a todo pulmón su orgullo de consumidora de viñetas, disparando recomendaciones a quemarropa.

Mi grupo (conformado por mi hermana, mi cuñado, una compañera de la Facultad, una hermana suya y yo, su más Pobre Servidor) se aproximó en búsqueda de ciertos libros con títulos famosos. La vendedora nos interceptó, nos mostró colecciones enteras, nos relató el oficioso backstage  y la historia de la producción de cada cómic. ¿Cuánto habrá durado esta tertulia? ¿Quince minutos? ¿Diez? Nos vimos aprisionados en una interesantísima conversación de la que no queríamos despegarnos. Hablamos de Neil Gaiman, de Lucifer, de Alan Moore, de una editorial en bancarrota que quemó todo lo que mantenía guardado en el depósito…

(Imaginar libros quemados es una pesadilla intolerable.)

Tal vez exagere al expresar que aquel diminuto sitio es la joya de la Feria. Sí, exagero.

Al salir, reflexioné: ‘¿Por qué no abundan mercaderes así?’


Y llego a la temible y poco firme conclusión de que los vendedores (más bien, las vendedoras) de cómics son las personas más copadas de todo el amargo planeta.

viernes, 2 de mayo de 2014

La Bruja de la Ventana

Una jovencita sentada en el último asiento del colectivo abre una ventana. Una mujer de aspecto agrio la cierra. La jovencita, ubicada detrás de ella, le explica que necesita el aire fresco de la mañana por un malestar indeterminado. La amarga mujer, cuyas arrugas y mal humor delataban el inicio de una vejez exponencial, balbuceó unas palabras nada amables.

Una señora que viajaba de pie solicitó a la quejumbrosa dama, en tono filosamente cordial, que abra la ventana, fallando a favor de la jovencita.

–Es diabética –insistió la señora que viajaba de pie, dejando entrever que reconocía a la pasajera adolescente.

La mujer agria respondió:

–¿Y qué me importa?

Una chica que estudiaba un texto titulado APOLOGÍA DEL CONDUCTIVISMO, ubicada delante de la bruja del vidrio cerrado, deslizó otro cristal más alejado, dejando correr una purísima pero insuficiente brisa de otoño. Tácita gratitud de la diabética con insuficiencia respiratoria combinada. La antagonista de esta historia fingió sueño e indiferencia.


Este pequeño acontecimiento tuvo lugar el día miércoles 30 de abril de 2012, entre las 11:00 y las 11:30 a.m., en el colectivo 136 con destino a Primera Junta de la Empresa Ecotrans, en la gris geografía de Castelar. Registro esta gesta urbana y asevero, de paso, la ingenua hipótesis de que las brujas malvadas todavía existen. La Bruja de la Ventana prueba mis creencias; espero, para mi fortuna o desgracia de narrador, no volver a verla nunca más en mis viajes.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!