lunes, 30 de junio de 2014

Hace frío

Hace frío, y siento que los dedos se me pueden caer a pedazos. La estufa ofrece un calor mortecino. La mitad del mundo es una media luna de hielo.

Hace frío. Escucho el aullido de las motocicletas. Ilusorios fuegos artificiales. Tememos, naturalmente, la sombra de los delincuentes.

Hace frío. Los tres perros de la casa duermen en el suelo del comedor, entre las patas de las flacas sillas. El techo de zinc multiplica el helado fulgor de la noche. Hacia la madrugada, vendrán la bruma y los colectivos.

Hace frío, y escribo. Y con las letras, viene el calor.

miércoles, 25 de junio de 2014

Perdón, perdón, perdón

Con estas palabras expreso mis más sinceras disculpas por haber descuidado este precioso espacio virtual. Quehaceres y obligaciones, en complicidad con un bloqueo de escritor extraordinario, me han impedido la fabricación de nuevas publicaciones.


¡Qué vergüenza la mía! Intentaré enderezar lo torcido. ¿Puede la pereza acaso volverse un tema tan literario como el amor, la muerte o el olvido?

domingo, 15 de junio de 2014

Mi querida alondra...

Hombre de tez cetrina, boina sombría, ancha nariz y teléfono celular. Recibe una llamada. Atiende.

–¿Hola? ¿Dónde estás?

Desde la primera sílaba es notorio el tono anómalo: limpio y poco porteño. El pasajero de tren arroja frases mutiladas en el aire tétrico del vagón.

–¿En qué parte del Centro te encuentras? Yo me dirijo a Once…

Acento grave. Dijo ‘encuentras’, no ‘encontrás’.

–¡Ves por qué no puedo dejar que salgas sola!

‘Ves’. No ‘viste’.

–Pero… ¡mi querida alondra!

La exclamación me mató.

–¿En qué parte del Centro te encuentras? ¿Dónde? ¿Frente a la Casa de Gobierno?

Mi intención no es burlarme de esta conversación; al contrario, el hombre hablaba con una propiedad y pasividad propias de un buen orador. Admitámoslo: los bichos de ciudad hablamos atropelladamente, casi como bestias.

Hubo una discusión breve. Luego, el viajero apartó el móvil de su oído.

–Que se pierda… –musitó, en el tedioso silencio del tren.

Jamás conoceré el aspecto de la mujer que se perdió en el corazón de la Capital. Al final, ¿qué habrá sucedido en el vuelo de la alondra?

domingo, 8 de junio de 2014

La barbarie sobre ruedas

En inusitadas temporadas proliferan las mujeres con criaturas en los brazos. Los pasajeros que viajan sentados en los trenes o los colectivos lidian con la sacra norma de ceder los asientos. Las madres no tienen la culpa; mucho menos los hijos.  Pero cuando tres o cuatro ciudadanas argentinas suben al vehículo con el mismo tipo de carga, uno comienza a sospechas de las casualidades.

El privilegio de otorgar el lugar corresponde a los ocupantes de los primeros asientos: el cartelito acusador que señala perfectamente los lugares destinados a las embarazadas, discapacitados motrices, pasajeros en edad avanzada y madres con niños recién nacidos es uno de los muchos motivos para quedar mal si no separás tus muslos del trono de plástico.

Rememoro un nocturno caso de Primera Junta en el que un hombre que cargaba a su hijita pidió asiento en voz alta. El padre de familia se dirigió a un pasajero calvo, bien trajeado y de aspecto saludable.

–¿Me podés dar el asiento? –dijo, con una voz que oscilaba entre la cordialidad forzada y la severidad.

–No –respondió el otro, con sorprendente firmeza.

El padre de familia arrojó al aire cansado una perorata de improperios entrecortados por el vaivén de la estructura del coche. El hombre calvo se limitó a responder:

–Yo no tengo la culpa.

Otra mujer infortunada ofreció su lugar. El pasajero que cargaba a la criatura, lejos de renunciar a la verborragia, extendió por unos segundos más su repertorio de insultos recortados.

El ejemplo, lo admito, no es el más apropiado. Ésta es la sociedad civilizada que contemplo en la vida cotidiana. Testigo fui de groseras embarazadas con la boca más sucia que la conciencia de un reo, ancianos impertinentes y usurpadores de asientos; he visto efímeros altercados de choferes y combates sobre ruedas. Me bastengo de escribir un libro entero respecto a la incurable condición humana que se manifiesta en las estaciones ferroviarias y en las terminales.


Si usted es extranjero, no se pierda la oportunidad de ver la más infame de las atracciones argentinas. El transporte público: la encarnación moderna de la barbarie sobre ruedas.

jueves, 5 de junio de 2014

Payaso

Soy una persona extraordinariamente distraída y doy gracias a Dios por ello. No me enfurece tanto que la gente se ría por mis efímeros tropezones. Me gusta pensar que soy el payaso de los cielos, que la posibilidad de risa o de burla es fruto de mi estupidez voluntaria. En resumen, me gusta pensar que puedo hacer reír a una buena audiencia.

¿Autoestima? Claro que la tengo. Solo que prefiero sacarla de mi pecho en los mejores momentos del día. Cuando escribo, cuando leo y cuando me recuerdo que estoy vivo.

domingo, 1 de junio de 2014

Distracciones

Época de exámenes. Pésima temporada para publicaciones en red. En esta era de profesores minuciosos y vuelcos de corazón, las distracciones son fatales. Intento hacer mi trabajo práctico; el televisor encendido y el hecho de que la computadora se encuentre en la sala de estar/comedor de la casa no ayuda en nada.

Siento que la vida me espera más allá de la puerta, que me aguarda un premio después de la agonía de la monografía. Las calificaciones pierden su vigor, su tono amenazador, su relevancia en mi rutina…


Busco en mis cuadernos una hoja para escribir; me distraigo recolectando cuentos y poemas oxidados en el tiempo. Obras insignificantes de mi mano, pequeños microbios de muerta inspiración. ¡Cómo pasa el tiempo, che! Y, entonces, mientras mi hermano y mi primo juegan en el patio, mientras mi hermana habla con su novio, mientras el mundo gira indecible, vuelvo a distraerme…