viernes, 31 de octubre de 2014

La muerte de octubre



El último día del mes. Lluvia por la mañana, sol hacia el mediodía. Fresco y luminoso como un poema recién escrito. Todo parece indicar que tendré una buena vida. 

Octubre está muriendo. Y yo salgo de mi casa, con una canción de júbilo en mi boca.

martes, 28 de octubre de 2014

En búsqueda del aula perdida



El día de ayer –que coincidió con mi cumpleaños–, decidí ir a la Facultad, como todos los lunes. Para mi sorpresa, descubrí que el salón destinado a Literatura Española había sido reservado para otro acontecimiento estudiantil. De modo que todos los alumnos de la cursada recorrieron el edificio de pies a cabeza en búsqueda del aula perdida.

Fíjese. En una de las grandes instituciones universitarias de nuestra nación tiene lugar semejante atropello. Y nos autoproclamamos patria de progreso. Los baños atravesados por obscenidades escritas, las paredes maculadas de negras leyendas, las condiciones edilicias al borde de la putrefacción. Mi hermana se sorprendió que el cuarto y el quinto piso de la Facultad estén ‘privatizados’. Para estudiar idiomas extranjeros uno tiene que poner unos cuántos mangos, pero nos encajan cuatro unidades consecutivas de lenguas que no utilizaremos jamás. (Latín y griego. ¿Alguien me puede explicar para qué sirve el griego?)

Lo importante de esta anécdota es que, después de recorrer medio predio y desperdiciar media hora de clase, hallamos un aula vacía. Conjeturo que esta académica queja pasará desapercibida; me conformo con que mis lectores sepan que, por lo menos, en el establecimiento educativo de la calle Puán, estas cosas pasan.

Y con mucha frecuencia.

lunes, 27 de octubre de 2014

Veintiún años



Mi postura respecto a los cumpleaños, propios o ajenos, es simple. Tolerancia cero. Nada de invitaciones floridas, pasteles empalagosos o visitas inesperadas. Sin embargo, hay excepciones. Las cosas cambian a lo largo de los años y los ermitaños pueden descender de las montañas y dejar de ser tan arrogantes.

Veintiún años. ¿Quién lo diría? ¿A quiénes debo semejante honor? ¿A mis padres, que tomaron la decisión de cuidarme, aún cuando las circunstancias no lo favorecían? ¿A la familia que me cobijó más allá de las obligaciones de la sangre?

Soy deudor de muchos, ciertamente. Confieso que he pecado al despreciar en numerosas oportunidades mi propia vida. Puedo enderezarme. No realizando hazañas heroicas ni donando un millón de dólares a la fundación ‘Salvemos a la marmota’. Sólo tengo que sonreír, abrazar, bailar, disfrutar cada hora de mi existencia. Es fácil. Es hermoso. Eso es vivir.

De modo que expreso mi gratitud eterna a todas las almas que, para bien o para mal, han llevado a cabo su rol en mi línea de tiempo. Porque, tal como lo afirma cierto autor en algún libro, ‘todas las cosas sirven al Haz’.

Un brindis. Por ustedes. Por nosotros. Por el mundo. Por la vida. Amén. ¡Chin-chin!

domingo, 26 de octubre de 2014

Nada nuevo qué contar



Siento que no tengo nada nuevo para contar, que estoy desnudo de novedades. Los libros y las poesías errantes parecen ser mi única novedad. Eso, y los parciales que se avecinan, y los proyectos que corren en mi cabeza… 

Siempre hay algo nuevo qué contar. Sólo que el tedio del calor, la carencia de tiempo y la falta de ingenio me lo impiden.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Felicidad



A cinco días de cumplir años, me he replanteado muchas cosas en mi vida. Siento que estoy en el camino correcto, que por fin puedo disfrutar de las cosas que amo… 

Si sigo escribiendo, creo que voy a llorar, pero de felicidad. Dejémoslo aquí nomás.

domingo, 19 de octubre de 2014

Viejita



¡Ay, viejita! ¿Qué te digo? Si las palabras no me alcanzan para reponer todo lo que por mí hiciste. Si el fruto de mis manos no se compara al cuidado que ofreciste el fruto de tu vientre.

¡Ay, viejita! ¿Cuántas veces me has oído hablar de Sor Juana y de Santa Teresa, y te sentiste identificada con mujeres de las cuales jamás en tu vida oíste hablar? ¿Te acordás de aquella noche, tan negra como el pico de los cuervos, en la que te mostré las cadenas de mi esclavitud y dije que quería ser libre?

¡Ay, viejita! A mí me toca, con mi implacable memoria, coleccionar las lágrimas de tu pasado, y evocar con ellas tu historia. Quiero contar tu cuento, que tus moralejas no mueran, y que el tiempo no te mate nunca.

¡Ay, viejita! Que me diste la evangélica fe que tanto sangrar me hace, como si mi corazón fuese un puño cerrado alrededor del espinoso tallo de la rosa más hermosa…

¡Ay, viejita! Que la Gran Madre fortalezca nuestras sonrisas, y que el legado que en mí dejaste no perezca nunca… Nunca, mujer bondadosa y virtuosa… Nunca…