sábado, 18 de abril de 2015

El ruiseñor en las orillas



Si alguien que no sea un lector constante preguntara de qué trata específicamente este blog, sería muy difícil dar una respuesta concreta. Lo que haré a continuación en estos párrafos.

Opiniones marginales comenzó siendo una página personal donde procuré plasmar vivencias personales con una cuota de sano humor. Al cabo de varios meses comprendí que no se puede reír en todo tiempo. Hay artículos profundamente reflexivos que dejan entrever ciertos períodos de intensa introspección. Muy raras veces incurrí en la crítica social: casi nunca me dejo arrastrar por las controversias políticas de este siglo. La oscuridad de la condición humana es una sombra visible en todas las épocas discernibles de la Historia. No hay por qué restringirlas únicamente a nuestros gobiernos.

Es notorio, no obstante, un elemento constante en mis relatos: la literatura. Pasión que no es menester explicar. Este es un blog literario, no es el sentido en que escribo piezas artísticas o pergeño reseñas de libros –figurando Crepúsculo como la terrible excepción–. Con suma anterioridad he demarcado la línea divisoria entre el sujeto empírico y el escritor; ahora incorporo a la categoría de escritor la figura del lector. El escritor es simultáneamente un lector. ¿De dónde extrae el material necesario para la fabricación de obras literarias si no proviene de otros autores?

Leyendo a Borges se entiende un poco mejor este punto de vista. Sus relatos contienen vastas referencias a otros relatos. No leemos solamente a un gran escritor, sino también a un gran lector. Stephen King propugna una verdad análoga en Mientras escribo: no se puede ser escritor sin haber leído nada. (No hay ingenuidad en este pasaje: la mención conjunta de King y de Borges, lo popular y lo canónico, es, en efecto, alevosa.)

Experimenté, alguna vez, la tentación de reseñar libros: no demoré en considerar esta empresa vana e infructuosa. Quien reseña historias se arriesga a un empobrecimiento estético de estilo: esto afirmo con total respeto a quienes lo hacen, tanto en las contraportadas como en otros blogs, pues ciertamente Borges también reseñó libros. Quienes dedican sus esfuerzos al arte del resumen corren peligro de infectarse con la uniformidad de formato: abreviación del argumento, señalamiento de los aspectos benéficos de la obra, revisión u omisión de los rasgos malignos. Todo se reduce al mero acto de comentar el libro. Me pregunté a mí mismo: ¿Por qué realizar un trabajo que ya desempeñan tanto el periodismo nacional como los anónimos críticos cibernéticos?

Bajo el criterio de otorgar a las novelas modernas otras lecturas posibles que excedan el marco del comentario escribí por lo menos dos artículos pseudocríticos: Meyer, por una literatura posible y Parodia, retorno y eternidad en Crepúsculo. Mi propia manera de enfrentar libros recientes sin caer en el rigor del periodismo, el tecnicismo del crítico o en el desmesurado sentimentalismo del fanático. Hace años, leí una reseña escrita por Horacio Quiroga acerca de un filme norteamericano: un léxico preciosísimo para señalar que la película era mala.

Me gustó la posibilidad de aplicar un lenguaje propio –o una lengua poética– para hablar de mi vida. No es una autobiografía lo que escribo. No hay rigor historiográfico o correspondencia directa con la realidad. Me inspiro en acontecimientos verdaderos, pero, estas opiniones marginales no son verdades. Es la reinterpretación que formulo sobre mi propia existencia y las significaciones que me atribuyo como narrador-personaje.

Constantemente comparo –y esta es otra alarmante similitud borgeana– mi línea de tiempo con la literatura. Refiero, menciono o nombro libros todo el tiempo. Quien quiera barrer con lupa mis renglones, hallará las alusiones debidas. No puedo hablar de literatura en la realidad todo el tiempo; este espacio me permite exhibir mi amor a las letras a modo de hipérbole, de laberinto, de suerte de gran red donde todo se conecta con todo.

Entonces, ¿qué es exactamente lo que escribo? No son crónicas, no son reseñas, no son críticas, no son reflexiones, no son biografías; esto no es un diario, una bitácora, una antología o un conjunto de historias. Son opiniones: manifestaciones escritas de mi subjetividad. No pertenecen a ningún género en particular.

¿Por qué mis opiniones son marginales? Inicié esta carrera virtual en el ocaso de mi adolescencia. El adolescente está desplazado de la esfera de la madurez, pero tampoco pertenece al ambiente de los niños. Está al margen de los problemas de los adultos, excluido de los ‘asuntos importantes’. Estoy al costado del camino, y puedo ver lo que pasa a través de él. Mis opiniones pueden ser marginales por otras causas. Geográficamente, vivo en la Zona Oeste del conurbano bonaerense: no estoy en la ciudad –el Centro–, no estoy en el campo, sino en una zona suburbana e intermedia. Estoy en las orillas. Teológicamente, en la medida en que me considero evangélico, no pertenezco a la católica oficial pero tampoco retrocedo al ateísmo absoluto. En mi ser percibo muchos desplazamientos que expulsan mi mente fuera de la cotidianeidad; contemplo la rutina desde afuera, desde el exterior. Soy el ruiseñor de las orillas. Este argumento, si se fija bien, también es borgeano.

Opiniones marginales honra de lleno su nombre. No presenta una estructura uniforme, se vislumbran cambios constantes en la escritura. Desde el diseño de las letras hasta la heterogeneidad de los temas tratados. Persigo el principio de Heráclito: ‘Todo cambia, nada permanece’. Esto es lo que tiene que esperar el lector. Nunca se sabe qué palabras voy a pronunciar o sobre qué voy a escribir. Es la impredecibilidad de la que tanto me ha hablado Luna Roja. Que Dios arroje los dados sin saber los resultados.

La literatura, concluyo, es de por sí impredecible. Las formas y los contenidos de un texto, bajo las aguas de la Historia, también están sujetos al cambio.

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