martes, 7 de abril de 2015

Filosofía en el comedor



Bienvenidos al comedor universitario de la Facultad de Filosofía y Letras. Misterioso espacio ubicado en las catacumbas de la frígida estructura: basta entrar en el vestíbulo, descender una escalera hacia la derecha, avanzar hacia el umbral cristalino más allá del aula número tres. Dependiendo de las horas, el sitio estará superpoblado o seco. Sobrecogen a los ojos la pared color punzó, sanguíneo muro que malamente refleja el cándido resplandor de las luces fluorescentes. Bajo las dos grandes ventanas enrejadas que comunican la cámara subterránea con el mundo exterior, se extiende en su humilde esplendor el mostrador principal. Menú variopinto y heterogéneo: desde facturas, porciones de tarta de ricota o pastafrola hasta empanadas, ensaladas o pan árabe. El avatar de los hábitos gastronómicos del universitario corriente.

Aguarda al visitante lo previsible: heladeras cargadas con gaseosas, un televisor esporádicamente apagado, dos microondas, mesas viejas, sillas de madera, baldosas apáticas. A veces, un par de ajedrecistas avezados disponen de un rincón en particular para ejecutar sus juegos intelectuales.

Hay una sección del comedor que, si no conmueve, desentona amablemente con la atmósfera gris de la ciudad: un mural recargado de colores con evidentes connotaciones políticas. La sentencia más preeminente: MARIANO PRESENTE FERREYRA (sic).

Un sitio perfecto para estudiar cuando se está acompañado, o para deprimirse en las efímeras soledades que la fatiga del estudio ofrece. Descansar el cuerpo sobre la silla que rechina y observar los fenómenos particulares de este microcosmos: saludos entre amigos, junglas de fotocopias extendidas, sospechosos niños que entran y salen, risueñas mateadas en una ronda de chicas, trebejos destronados en guerras ajedrecísticas…

Tengo dos horas de soledad cada lunes que tengo que rellenar con nada. En mis primeros cuatrimestres abominaba de los lugares públicos y me exiliaba en las escaleras solitarias. Me impuse a mí mismo la sed de contemplar los mundos dentro de este mundo. El comedor universitario es uno de ellos: pago mi consumición, escojo un ángulo de la sala, oxido mis pupilas en vistazos intermitentes hacia los estudiantes.

Alguna vez me deleité en la descripción de las costumbres ajenas; hoy, sin embargo, la cotidianeidad me parece un espectáculo sin argumento que contemplo para no aburrirme.

Estoy terriblemente solo en esta hora; y a veces, es mi propia soledad lo único que puedo ver.

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