sábado, 27 de junio de 2015

Entre las lajas andan



“Entre las lajas andan; loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta?”

Julio Cortázar,
Instrucciones para matar hormigas en Roma



Cierro la garganta de la ducha para censurar sus palabras de agua. Me raspo la cara con una toalla que parece el pañuelo de un ángel. De un vistazo, sin embargo, desembarazado ya de mi rocío artificial, noto una enorme mancha que nace del interior de la válvula de agua fría. Un ejército de puntitos negros que, empecinados en desafiar los convencionalismos de la gravedad física, se arrastraban verticalmente hacia arriba.

¡Qué tristeza! Las hormigas sienten el latido de las canillas, se horrorizan instintivamente y salen, para ausente deleite de mis ojos, que en vez de distraerse en su legionario temor sin huesos se dedica a buscar la ropa que cuelga como cadáver de ahorcado victoriano en uno de los ganchos blancos de plástico que sobresalen atornillados de la pared occidental.

Siete y media de la mañana. Me cambio, me preparo una taza de mate cocido, me llevo las manos a la panza para desanudar un poco un malestar que tal vez heredé de la noche anterior. Regreso al baño, instintivamente, sin saber bien por qué, tal vez para volver a contemplar ese éxodo de bichos, esa patria secreta de desterrados sin nombre.

Sólo vi la pared limpia y desnuda, una conciencia de piedra sin pecado. Las hormigas y el aburrimiento habían desaparecido.

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