viernes, 12 de junio de 2015

Viaje al centro de un otoño invisible



El invierno es la estación del amor. Juzgué interesante la teoría que uno de nosotros insinuó a la salida de la iglesia. Roland, Immanuel, Veracruz, mi madre y yo. Cinco sombras en la noche helada. Las glaciales estrellas parecían derretirse a cada remoto parpadeo; los colectivos que trotaban por la calle dejaban en pos de sí una estela de frío.

–Pax te viene a buscar, ¿no?

–¡Sí! –confirmó Veracruz.

Intercambié una mirada fugaz con M. Roland cuando éste dijo que la hipótesis climatorromántica era una idea original.

–En verano no se puede abrazar a alguien –aseveró él.

Casi de inmediato los polares osos de mi imaginación me arrastraron más allá de las constelaciones; montado en mi propia bala, salí disparado hacia el cénit de la fantasía. Me vi a mí mismo, sentado, junto a una silueta femenina, apretujados hombro con hombro por el imperio feroz de un otoño ficticio, bajo las trémulas ramas de un árbol irreal. La ensoñación no era invención mía; invoqué una famosa escena de una película de Woody Allen.

Me vi obligado a ejecutar un cortocircuito mental para caer otra vez en las maravillas del mundo real. Mis amigos, mi madre, mi Dios. Ellos me esperaban allí. Un vehículo blanco se detiene junto a nosotros. Junto a Pax, que ocupaba el asiento del conductor, estaba Andrómeda.

–Hola.

–Hola...

–¿Todo bien?

–Sí... con frío.

–Yo también. Emm... Soy un chico de pocas palabras.

Ésa fue la única frase ingeniosa que dije en todo el día. No sé por qué incluyo esta efímera conversación en el texto. Ahora que releo mis palabras, no puedo dejar de sentirme un poco patético. ¿Así hablo yo cuando me arrancan de un sueño sin ojos cerrados?

El vehículo se alejó. Hice un torpe ademán que nadie vio, me alejé. Sólo cuando me acerqué al portón y comprobé que estaba entreabierto advertí que mi madre se había alejado sigilosamente de la escena. Miré las estrellas.

Ojalá el invierno sea, efectivamente, la estación del amor.

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