jueves, 23 de julio de 2015

Antes del crepúsculo, todos los amigos (y la graciosa balada de Angus en forma de chistes)



Luna Roja, Pluma de Cuervo, Libertad Argentina y yo nos reunimos en un restaurante que no conocía. Rememoro el jugo de naranja, el trozo de hielo desnudo al final de la copa, el café con leche, las medialunas, las tostadas que unté con dulce de leche. Un nombre de mujer escrito en las láminas de metal que cubrían los diminutos envases de materia untable. Verónica. ¡Qué ironía, che!

–¿Vos creés en las casualidades? –me preguntaría Libertad Argentina, más tarde.

–No –contesté.

No creo demasiado en el azar. Creo en los milagros. Luna Roja, devota del pensamiento mágico, les confiaba la creencia de que Argentina perdía los partidos de fútbol cada vez que yo miraba la televisión. Pequeñas supersticiones que endulzan la vida, ¿no te parece?

Le regalé un abrazo a cada uno antes de despedirlos.

–No dejen de soñar... –les dije.

Y ellos, a su manera, se aferraron a esa promesa.

–¡Llegué, llegué! –grité, felizmente, apenas entré a la casa de Roland.

Su esposa me recibió con una sonrisa, a punto de preparar unos mates.

–¡Hola, Julián!

Los Distintos estaban allí. Andrómeda, Veracruz, Roland, Samsa, Hebe, la Chica de las Mil y un Preguntas. Los hijos de la revolución y de la fe.

–Ella... en algún punto... me hizo reconsiderar... –balbuceaba yo, cuando hablaba de una de los Distintos.

Pluma de Cuervo y Libertad Argentina me escuchaban. Luna Roja ya conocía la historia. La historia de la chica que salvó la vida del escritor que esto escribe. Ustedes también la conocen.

–El texto se titula La nuez y el campanario... –murmuraba, ante el micrófono, mientras los ojos de Andrómeda vigilaban la pantalla al ritmo de las manos de Hebe que cebaban mate–... de Leonardo Da Vinci...

–...Averbach... Márgara... –dije a Libertad Argentina, en el umbral de una galería comercial.

Cada oración, cada palabra, cada sílaba. Todo tiene una dirección. Un sentido. Un destino.

–...cada quien acata su propio destino...

–...nuestra vida es una construcción...

–...que los padres apoyen los sueños de sus hijos...

–...que no haya ninguna grieta...

–...sacar lo mejor de uno...

–...elegir nuestras amistades...

Angus voltea para contarnos un chiste.

–¿Por qué Jesús no andaba en bicicleta?

–No sé. ¿Por qué?

–Porque... Cristo rompe las cadenas...

–Ja, ja, ja.

Estoy en la iglesia. Sentado junto a los Distintos. Cierro los ojos para orar.

–¿Vos creés en las casualidades?

No. Ya no.

Pídele a Dios un pedacito de cielo, que seguro te lo va a dar.

Nada es casual.

Ni siquiera los chistes de Angus.

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