domingo, 13 de septiembre de 2015

Memorias del Puente de Hierro



Salí de la quinta. El mundo casi no había cambiado. Las mismas calles de tierra, las esquinas arrugadas, la carretera. El Puente de Hierro.

Un Ford Falcon, viejo, verde, recorre el mismo sitio hace más de diez años. ¿Qué edad tengo exactamente? No lo recuerdo. Esta vez soy un niño. Esta vez el auto dobla hacia la derecha.

–¿Dónde hay un quiosco? –insiste Veracruz, delante de mí.

¿Dónde estoy?

Un auto blanco, conducido por Pax, dobla a la izquierda de la misma intersección.

–Estuvo bueno, ¿no, Juli?

–Sí, sí –digo con entusiasmo, en el asiento trasero.

El problema es que no sé cuándo habla Pax y cuando habla Veracruz. Las piernas me duelen. Una tos seca me corta la garganta. Una casa roja, un Gauchito Gil, rubicundo, indiferente, nos mira. Marcos Paz nos abre sus brazos. Cercas de alambre de púas, un caballo, chiquillos que corren por ahí, una bicicletería, un hombre que patea la rueda de un coche que se ha detenido. Finalmente, la quinta, custodiada por dos leones marmóreos.

Una gran casa. Dividida en secciones destinadas a hombres y a mujeres por separado. Atrás de la construcción, otro edificio. Un gran salón con ventanas cristalinas, una cocina, baños, más habitaciones.

Joseph Konigsberg, el organizador del evento, nos preguntó algo referido a la cocina y nos pidió que nos sentáramos. Nos sirvió los últimos platos. Muchas bocas asistieron al banquete. En una mesa remota, alguien gritó.

–¡Juliiiiii!

Angus Morel, con una camiseta de Boca Juniors que revolvía el estómago de rabia a los comensales gallineros, a poco estaba de agitar los brazos como un ahogado para llamarme.

–¡Acabo de llegar! –me excuso.

El plato (una porción de pollo, con chorizo y pan de carne) tendría que esperar.

–Los vasos de vidrio se rompen con suma facilidad –intentaba explicar a las sombras que gobernaban la cocina cuando la mirada severa de Bellatrix se adhirió a la rotura de una copa de cristal.

En un principio, nadie me creyó. Me ofrecí voluntariamente a lavar los platos la noche del viernes. Más para purgar culpas –¡qué tonto! Iba a escribir para pulgar curpas– por ver cómo Veracruz caminaba de acá para allá con utensilios sucios que por innata solidaridad. Immanuel se sumó a la limpieza y cantamos himnos cristianos antes de dormir.

Un niño se me acerca.

–Trabajo en una pizzería. Hace como tres años –le explico–. Estoy acostumbrado a lavar vasos, no es ninguna molestia.

El chico venía de San Luis.

Cof, cof, cof.

–¿Querés un poco de gaseosa?

Veracruz me tendió una botella. La sorbí, como pude. El auto de Pax daba pequeños brincos. Pequeños saltos. Como mi mente.

El Ford Falcon dobla a la izquierda otra vez. Se detiene delante de una iglesia. Cuando digo que jamás me acerqué a una iglesia evangélica antes de los catorce años, estoy mintiendo. Las conozco, claro que las conozco, pero no puedo acordarme de esa época. No quiero acordarme de esa época.

El niño que vivía en mí murió.

–...¡victoria, eh, eh, victoria, ehhhhh!

¿De dónde viene esa voz de mujer, de dónde?

–Cantás vos.

–¿Yo?

Estoy en la quinta. Otra vez. Miro los asientos. Los escruto minuciosamente. Hay una silla vacía que me acongoja. A la noche le falta una estrella.

Bajo este traje gris hay un corazón que late. Un corazón que escribe. Un corazón que cree.

Despierta. La canción terminó. Empiezo a hablar, con un poco de dificultad. Presento a los músicos que han asistido a la celebración.

–...y con ustedes... ¡los músicos de Buenos Aires!

Eso es lo que puedo recordar, lo que quiero recordar. El corazón alegre lleno de buenos recuerdos está. Papá ha venido a la quinta la mañana del domingo en un auto que no es verde. Hace años que se deshizo del Ford Falcon.

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