miércoles, 4 de noviembre de 2015

El escritor y su sentido común



Derrida sostenía que la literatura como tal tiene la capacidad de decirlo todo. La literatura puede decir cualquier cosa. La cuestión es, no lo que puede decir, sino lo que “debe” decir.

Stephen King comprendió los límites de la literatura cuando hallaron en el casillero de Michael Carneal una edición de Rabia. Carneal mató a tres personas e hirió a otras cinco en 1997. Salman Rushdie lo comprendió después de que el ayatolá Ruhollah Jomeiní exigiera su cabeza desde Irán por la publicación de un libro controversial. Análogamente, José Saramago se exilia a la Isla de Lanzarote a modo de protesta por el rechazo que provocó su novela El evangelio según Jesucristo.

Me abstengo de citar más ejemplos.

La literatura tiene límites. Políticos, religiosos, culturales, sociales. Pero los tiene. Y estos límites se los impone la sociedad. No cualquier sociedad, sino una sociedad que lee.

En Apocalipsis, otro libro de Stephen King, Randall Flagg, el antagonista principal, tiene los bolsillos llenos de panfletos políticos: Ku Klux Klan, las Panteras Negras, etc. Las palabras que trae son las que dividen al mundo.

Bradbury dijo que un libro es un arma cargada. Yo digo que es más un cuchillo o una piedra. Uno puede utilizar ambos de diferentes maneras. Con El origen de las especies se justificó el eurocentrismo; con Mi lucha se ponderó el nazismo. Y así sucesivamente.

Derrida diría que la censura es un mecanismo de autoinmunidad. Pero Derrida ha muerto. No importa cuán libre sean las artes. No importa cuán libre sea un hombre. El escritor siempre estará atado a su sentido común.

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