martes, 27 de enero de 2015

La desesperación de mi piel



Se nos priva de agua y de luz, y nos transformamos en bestias. Míreme. No soy un hombre. Soy una cosa sudorosa que se balancea al borde de una cama de fierros, con un librito de Roberto Arlt en el regazo. Soy un torso blanco y débil, soy un cuello marcado, soy una rara cicatriz en la espalda, soy mi propio olor a transpiración, soy un cuerpito que debió ser cuerpo.

La herencia genética y mi antipatía por la actividad física me enjaulan en este estuche de carne. El verano es un espejo de fuego que me recuerda qué soy a la luz del sol. El toro robador de Europa ha dejado de trotar en las vías de cobre suspendidas sobre los tejados de zinc; el padre de Polifemo ya no brota, depurado y transparente, de los lirios de metal llamados ‘canillas’.

El mundo se secó y oscureció a plena luz de un día nublado.

Hay vientos cómplices, brisas secretas, ventiscas ligeras, que tratan de apaciguar la desesperación de mi piel. Puedo sentir cómo cada gota de sudor se abre paso a través de mi carne y florece con sus pétalos de agua salada en todo su líquido esplendor.

El perro de la casa frota el áspero pelaje contra mis piernas y dibujo en su lomo la textura de un desierto sin arena. El sopor torna desabrida todas las cosas; el estío nos arranca el dulce sabor de la vida.

Quiero que el otoño llegue con sus garras hechas de hojas oxidadas. Que el frío gobierne los rincones de mi habitación. Que mi jardín sea un paraíso de hielo. Quiero que una lluvia de hidromiel y agua bendita resbale por mi garganta. Quiero apagar este fuego invisible que me quema, que chupa mi espíritu, que me quita las ganas de pensar.

Ni siquiera la noche, con sus nubes amenazadoras y su frescura tenebrosa, amedrentan mi eterna repugnancia a la más calurosa, soporífera e intolerable de las cuatro estaciones.

domingo, 25 de enero de 2015

Red de lecturas



La vendedora de libros era bonita. Recurro a este adjetivo calificativo por una cuestión puramente estética y literaria. Otros varones de mi raza utilizarían epítetos menos floridos y sutiles.

Vi con inmediata curiosidad el jardín de libros desparramados sobre la vereda. Tenía un par de billetes encima –costumbre rarísima en mis bolsillos; nunca salgo con una moneda de más si no es para una salida eventual– y las ganas de completar mi paupérrima biblioteca comenzaron a picar.

Sufrí en vano para obtener dos historias que ya conocía, pero que, a fin de considerarlas en mi catálogo personal como lecturas indispensables, las compré con muchas dubitaciones. El Principito y Aguafuertes porteñas. Libros que dan ganas de releerlos y de prestarlos. Libros que merecen ser presentados en las librerías con un cartelito tipo: I can’t believe that I didn’t read this book.

Conozco una buena cantidad de personas que siguen viviendo sin El Principito. En serio. Ellos sí que viven en un asteroide.

Por más que uno conozca la historia de memoria, una edición de bolsillo no cae mal a nadie a la hora de las recomendaciones. Hace unos días, una chica me dijo: ‘Estoy leyendo «Ensayo sobre la ceguera», es hermoso’. La novedad me llenó de entusiasmo, me motivó: no me cansé de recomendar esta novela en estas últimas semanas, y a ella, ya con la curiosidad afilada, le fascinó la lectura.

La literatura une, conecta, acerca. Sean clásicos o no los libros que leemos. Me llevé con orgullo estas dos historias en el bolso. Mi hermana siempre quiso leer El Principito. Además, ya tengo en mente varios nombres de ciertas personas que aún no han leído…

Y así es cómo se construye una nueva red de lecturas.

martes, 20 de enero de 2015

Mitakuye Oyasin, dice el poema



‘Mitakuye Oyasin’, dije, recitando un poema de un hombre lakota que se encuentra lejos de nosotros. Lejos, muy lejos, cautivo. Leonard Peltier no sospecha que su poesía nos está transformando a todos, que está moviendo ideas dentro de nuestra piel, que él ya forma parte de nuestra historia.

‘Mitakuye Oyasin’, dije; Luna Roja reconoce la expresión. Una hermosa y profunda cosmovisión americana condensada en dos palabras, una enseñanza de vida aprendida en las clases de Literatura Norteamericana. Un sentido de unidad que no se borrará jamás de las piedras del tiempo que exhiben los párrafos de nuestra historia colectiva.

‘Mitakuye Oyasin’. En la casa de una chica de cabello corto y gran corazón, un grupo de amigos y yo nos congregamos, nos reunimos, nos deshacemos en palabras. Secretamente nos amamos. A nuestra manera, discreta y ruidosamente.

‘Mitakuye Oyasin’ reza el poema. ‘Todos somos parientes’. ‘Somos uno’.

No somos lakotas. Ignoro si somos descendientes de tribus autóctonas. Somos jóvenes, argentinos, suburbanos, amantes de la poesía, quizás eventuales marginados de una sociedad cuya crueldad no comprendemos. Pero tenemos espíritu: un espíritu hondamente humano, sensible, imposible de dividir en pedacitos.

No vemos el mundo de la misma manera en la que lo ven los demás. Cada uno de nosotros tiene su propia visión de vida; nosotros, la suma de todas nuestras manos y almas, somos un caleidoscopio de sueños.

Ésta es nuestra Edad de Oro. El presente es nuestra Edad de Oro. Nos pertenece y hacemos lo que queremos con él. Y en aquel presente que ya es pasado, elegí dos palabras en un idioma que no conozco para expresar un sentimiento que es más grande que yo y que nosotros juntos.

‘Mitakuye Oyasin’, digo. Y todos somos uno.

Señor Peltier, donde quiera que esté, que el Gran Espíritu lo fortalezca y la libertad sea una realidad para su pueblo y para todos los pueblos de la Tierra.

La política mata



Hay una razón muy especial por la cual asocio a la política con la muerte. En las vísperas de la crisis de 2001, mi padre miraba la televisión. En vivo y en directo, reconoció el rostro de uno de los repartidores de la pizzería en la que trabajaba. Había muerto. Mi papá comenzó a llorar en casa. Yo lo miré, miré la pantalla y dije:

–Papá, ¿puedo jugar al SEGA?

Terminó de llorar, enchufó el aparato y olvido el asunto.

Años más tarde, el recuerdo se sedimentó en mi mente, y terminé asociando este episodio con la violencia y el derramamiento de sangre.

‘La política mata’.

Este ha sido mi pensamiento, mi prejuicio y mi más grande temor en lo que respecta al gobierno. De modo que, cada vez que mis profesores bromeaban con que yo algún día sería un gran presidente, les respondía con una risa cortés que no, que no y que no.

Porque yo no quiero ser un asesino.

La democracia tiene sabor a utopía



La democracia tiene sabor a utopía. Miro detenidamente a los pasajeros de un tren y ellos no sienten que viven en democracia. Al contrario: miro los rostros apretados, distraídos, poco orgullosos, absortos en las banalidades de la vida o temerosos de la delincuencia. Uno está atento a las manos de los funcionarios: se mueve un dedo y critican el vuelo de una mosca. Ya está implícita en la naturaleza del argentino desconfiar de los políticos que ha elegido y que no ha elegido.

Corro el riesgo de que me digan que soy un estúpido al no reconocer la democracia en la cara. ‘Si hubieses nacido en la dictadura’, pensará más de uno. Sólo escribo lo que veo, lo que percibo, trato de explicar el sabor que tiene el aire de este presente torcido.

Hay una mezcla de miedo, sospecha, suspenso, deshumanidad en el viento. Como si nuestra forma de gobierno, como si la democracia de todos los mundos, estuviese hecha de cartón. Pero, ¿qué puedo saber yo de política?

Sólo sé que ahora, en esta noche fúnebre y fatal, siento tanto miedo al escribir esto como vos podés sentirlo al leerlo.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!