jueves, 30 de abril de 2015

¿Ha terminado el racismo?



El año pasado, en las clases de literatura norteamericana, tuve la oportunidad de leer producciones artísticas de autores afroamericanos. Una de ellas, Native son, me heló la sangre. Llenome de desgarramientos y compunciones al experimentar la triste aventura de Bigger Thomas. No hay ninguna duda de que Richard Wright produjo un gran impacto en mi corazón lector y en mi estilo literario. Y quienes no lo hayan leído, les advierto que es una lectura altamente recomendable. Este artículo, empero, excede el mero hábito de la recomendación de libros.

A la luz de los acontecimientos que atraviesan la patria de Estados Unidos, las polémicas acerca de la discriminación racial, la violencia contra los afroamericanos y la corrupción policial, ciertamente uno debe preguntarse: ¿ha terminado el racismo?

A pesar de las diferencias históricas, culturales y políticas entre Norteamérica y Argentina, es legítimo invocar esta clase de controversias en el seno de nuestras sociedades, en conjunción con otros temas igualmente trascendentales. La historia de Richard Wright aún sigue escribiéndose en las calles del Norte.Y también, aunque me gustaría equivocarme, en algunas esquinas del Sur. Me pregunto si las guerras y las muertes absurdas tendrán algún día su punto final…

martes, 28 de abril de 2015

Algo qué decir



Juan José Saer, en el prólogo a En la zona, sentenció: Si ante un libro suyo incompleto un escritor muere o se dedica a otra cosa, era que en realidad ya no le quedaba nada por decir y su visión del mundo era incompleta.

La pregunta es: ¿qué tienen que decir los escritores? O, mejor dicho: ¿tienen los escritores de hoy algo qué decir?

Sin versos ni prosas



Hace tiempo que no escribo cuentos. El hábito de las clases de taller literario afilaba el puñal de mis ficciones. Urdí relatos fantásticos y mundos ambiciosos bajo la sombra de mi mano. Pero el ritmo y la calidad de mi escritura han menguado en detrimento de los textos de este espacio, humilde invernadero virtual que requiere determinados cuidados.

He olvidado, asimismo, mi oficio de poeta; en el verso, siempre busqué formas fijas para ordenar mis ideas. Empuñé en mediocres temporadas el fervor por los sonetos. Muy pocas veces concebí el verso libre, desnudo, sin métrica: me gusta resignarme al orden, a las desafiantes estructuras dadas, a los rigores de una rima.

Mas he aquí yo, sin versos ni prosas, rubricando opinologías. ¿Cuándo regresaré a los terribles territorios de la ficción?

domingo, 26 de abril de 2015

Entre el escritorio y la rutina



A veces pienso que mi literatura –si es que acaso mi producción textual merece tan honrosa categoría– sólo sirve para dilatar el tiempo entre el escritorio y la rutina. Inspecciono los bolsillos del corazón para buscar historias que no he vivido, y en muchas ocasiones me veo en la dificultad de afrontar el problema de que no he vivido… o no he vivido de la misma manera en la que otros mortales han vivido. Mis horas exprimo en la relojería de mis párrafos, en sus imbricados y gramáticos mecanismos, y el plumaje de la juventud se oxida como la carne de las manzanas cortadas al sol.

A falta de experiencias, escribo pensamientos. Porque las experiencias son hechos inenarrables del espíritu aventurero que no se pueden reducir a palabras. Sólo ocurren en el tiempo presente, y se leen con el lenguaje de los cinco sentidos, con la piel desnuda de la vida misma. Las aventuras no se escriben, se viven. Lo que se relata después, residuos del tiempo perdido organizados en oraciones, recibe el nombre de anécdota.

sábado, 25 de abril de 2015

Laureles de cobre



¿Qué otras cosas pueden infundirme los versos de amor sino un desasosiego terrible? La canción desesperada esquivo, de los cristales de las églogas huyo; lejos de ser bálsamo de Galaad que compense la ausencia de mi Leonora jamás amada, la poesía, espejo de tinta orquestado en secos ritmos, devuelve el reflejo de mi soledad. Una soledad que el rigor de los cristianismos premia equívocamente con laureles de cobre bajo la excusa de contemplar en mí un signo de consagración. ¡Si en verdad Dios estimara la castidad, mejor hubiera sido borrar a la mujer del Paraíso primitivo! Mas los caprichos del Señor son misteriosos…

Confieso el pecado de haber perseguido rayos de vanas lunas, de haberme enamorado y desencantado sin conocer el amor. No soy alquimista para disertar acerca de la naturaleza de este oro del espíritu, del valor sobrenatural del magno sentimiento que sobrepasa todo entendimiento humano. Vedado de los placeres románticos, absorto en mis oblicuas cavilaciones, me entrego a la libre contemplación de escenas alevosamente pasionales.

¡De qué podría estar hecho este mundo sino de amor! En los abismos de un colectivo observo, con escandaloso detenimiento, a los adolescentes que se enfrascan en un bochornoso abrazo, apuñalando el cuero de los asientos con sus espaldas erizadas, ejecutando una prodigiosa cacofonía de besos ruidosos.

¡Oh, la humanidad! La aterradora aleación de los fundidos cuerpos en su molde de caricias, los fúnebres himnos de sus ósculos profanos en el aire abierto, las campanadas de sangre que reverberan en los corazones de hierro. ¡Oh, Amor! Como Hefesto trabajas el metal de las almas, inauguras el filo de las armas de Afrodita, ejerces diligentemente tu influencia en las mentes blandas de cándidas emociones.

¡Oh, argentino y apocado peregrino! A nos, los solitarios, nos corresponde la plata y la escoria. Sólo los enamorados arrastran el tesoro de los cuarenta ladrones en los bolsillos de sus dientes. Mas yo, orgulloso, cargo en mi cuello con mi corona de laureles de cobre.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!