martes, 30 de junio de 2015

Los enemigos



El amor es lo único que el Diablo no puede ofrecer. Él lo sabe, y se encoge en su abrigo tratando de buscar una solución a este problema. Él puede ofrecerte felicidad, placer, libertad, prosperidad... pero no amor.

-¡Ugh! -masculla él, inquieto.

Satanás está chupando frío en una esquina de mi barrio. Dios lo ve y le suelta un saludo.

-Hola, che, ¿qué hacés?

-¿Cómo qué hago? Rodeo la tierra y ando por ella. ¿Y vos? ¿Qué hacés acá?

-Yo vivo en este barrio.

-Sos como las ratas. Vivís en cualquier parte.

Dios ríe. A pesar de que presencia millones de muertes al día, todavía conserva su sentido del humor.

-El día en que yo mande al Anticristo... -amenaza Satanás.

-¡Ja, ja, ja! Han surgido muchos anticristos...

-Odio cuando citás a uno de tus... hijos. Sabés que Juan no era el mejor de los escritores...

Los enemigos permanecen de pie en la parada de colectivo. En silencio. Mirando las estrellas. Guiñando a la Luna. Sin decirse nada.

La noche es el único momento del día en que ángeles y demonios pueden intercambiar opiniones diplomáticamente. Nuestra tradición los dibuja con cuernos y alas, pero, a veces, están más cerca de lo que pensamos.

lunes, 29 de junio de 2015

El Cuaderno Amarillo del Diablo



Satanás tiene cosas más importantes que hacer que tratar de tentarnos con algo. Lo conozco lo suficiente para saber que siempre lleva un cuadernito amarillo bajo el saco. Allí siembra las más raras expresiones que ha escuchado de las bocas humanas en sus diferentes lenguas. Las impresiones del Diablo son, en casi todos los casos, tan equívocas como desopilantes. He aquí una de sus páginas.

***

AL QUE QUIERA CELESTE QUE LE CUESTE: proverbial amenaza de un profesor de arte a sus alumnos el día en que reciben como tarea retratar un firmamento salpicado de cirrocúmulos y, ante la ausencia de una sustancia precisa que se adecúe al artificioso cielo diurno, encuentran dificultades para obtener la tonalidad deseada a través de rimbombantes experimentaciones alquímicas con témperas azules y blancas.

AQUÍ HAY GATO ENCERRADO: declaraciones de una mujer a su marido cuando descubre a su mejor amiga en un armario de la casa.

DORMIR LA NONA: envenenar a la suegra.

EL DÍA DEL ARQUERO: el cumpleaños de Robin Hood.

ESTAR EN CAPILLA: comprender que el casamiento y el velatorio se producen bajo el techo de la misma iglesia, y anular la distinción entre lo uno y lo otro.

ESTAR EN LA LUNA DE VALENCIA: pensé que la Luna pertenecía a la Tierra; no sabía que estaba privatizada.

ESTAR EN LOS BRAZOS DE MORFEO: ser rescatado por un hombre calvo afroamericano con lentes negros que afirma que el universo físico tal como lo conocemos está dominado por las computadoras.

HACER DE TRIPAS CORAZÓN: mala praxis de un cirujano que debió dedicarse a cualquier cosa menos a la medicina.

LA TERCERA ES LA VENCIDA: la Tercera Guerra Mundial, obviamente. Mando al Anticristo la semana que viene y se pudre todo.

LÁGRIMAS DE COCODRILO: estado sentimental de algunas especies de reptiles ante la posibilidad de ser despellejados vivos por carteristas o cazadores.

NO DEJAR TÍTERE CON CABEZA: máxima suprema de un niño hiperactivo y destructor que se oculta en el interior de una juguetería por razones desconocidas.

OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE: forma de interacción social que se produce en circunstancias poco gloriosas cuando dos borrachos discuten el resultado de un superclásico River-Boca y deciden resolver sus discrepancias irreconciliables a través del lenguaje corporal.

VENDER EL ALMA AL DIABLO: expresión poco afortunada que pronunció algún cristiano embroncado con su suerte que se suele utilizar para difamarme.

sábado, 27 de junio de 2015

Entre las lajas andan



“Entre las lajas andan; loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta?”

Julio Cortázar,
Instrucciones para matar hormigas en Roma



Cierro la garganta de la ducha para censurar sus palabras de agua. Me raspo la cara con una toalla que parece el pañuelo de un ángel. De un vistazo, sin embargo, desembarazado ya de mi rocío artificial, noto una enorme mancha que nace del interior de la válvula de agua fría. Un ejército de puntitos negros que, empecinados en desafiar los convencionalismos de la gravedad física, se arrastraban verticalmente hacia arriba.

¡Qué tristeza! Las hormigas sienten el latido de las canillas, se horrorizan instintivamente y salen, para ausente deleite de mis ojos, que en vez de distraerse en su legionario temor sin huesos se dedica a buscar la ropa que cuelga como cadáver de ahorcado victoriano en uno de los ganchos blancos de plástico que sobresalen atornillados de la pared occidental.

Siete y media de la mañana. Me cambio, me preparo una taza de mate cocido, me llevo las manos a la panza para desanudar un poco un malestar que tal vez heredé de la noche anterior. Regreso al baño, instintivamente, sin saber bien por qué, tal vez para volver a contemplar ese éxodo de bichos, esa patria secreta de desterrados sin nombre.

Sólo vi la pared limpia y desnuda, una conciencia de piedra sin pecado. Las hormigas y el aburrimiento habían desaparecido.

viernes, 26 de junio de 2015

La prostituta de vidrio



No hay televisión en la casa de Roland. Él tiene Internet. Él elige qué llevarse a los ojos. No lidia con la hipérbole de los bloques comerciales o el oxímoron de un reality show. Roland existe fuera del imperio de cristal líquido. Como los personajes de los relatos de Quiroga, depurado en conocimientos técnicos y antisoledades australes, es feliz y habita el territorio selvático de lo salvaje sin perder su carácter de hombre civilizado.

A mí me da un gramo de vergüenza comprobar que se puede vivir sin la caja boba. Yo, al igual que miles de millones de personas, estoy un poquito hundido en esta burbuja de información cuya superficie frágil y acuosa se expande hasta reventar en esquirlas de colores: la pecera de los medios de comunicación. Todos, o casi todos, flotamos en un mar de electricidad negra. No pienso criticar a la televisión. Yo veo televisión; usted también, probablemente. Ninguno de los dos es un caníbal. No soy quién para tirar la primera piedra. El objeto no es maligno en sí mismo. Pero, en las manos del diablo, la televisión es un revólver ideal para matar neuronas.

Rememoro una actitud que el argentino se subraya delante del espejo: nosotros renegamos de Marcell Telemundi, como si fuera la encarnación de todos los males, el Anticristo de cristal que preside la conjura de los necios. Aullamos de rabia a la hora de comer, pero nadie quiere cambiar de canal. Y aún así nos quejamos de la televisión, esa extraña ramera a la que acusamos de adulterio los fariseos de la postmodernidad, esa prostituta de vidrio a la que cualquier anillo le viene bien para lucirse en el callejón de los sensacionalismos.

Eruditos de la farándula, críticos de canto, politólogos sin licencia, detectives de policial negro, fiscales en chancletas, técnicos de fútbol, economistas clandestinos, testigos de accidentes, todos en la mesa del tío los domingos de carne. Se habla de todo lo que pasó por televisión. Lo que acontece fuera de la pantalla no existe. Hablar mal de otros miembros de la familia, el fácil hábito de la murmuración, no cuenta.

La última vez que comí asado con los habitantes de la casa hablamos de la locura. Mis padres toleran de buena gana mi esoterismo sociológico. Intenté infructuosamente elaborar una clasificación de los diferentes niveles de locura visibles en nuestro linaje. Mi genealogía de esquizofrenias no pasó de tres individuos: mi hermana, mi hermano y yo. La conclusión: somos una familia de artistas, indiscutiblemente. El arte y la locura, cifras indisolubles de una ecuación misteriosa. Pero nuestras conversaciones se ramifican en otros derroteros: a menudo nos preguntamos si nuestras mascotas están dotadas de eso que llamamos “conciencia” y cómo la fauna doméstica encaja en nuestra íntima cosmovisión a través de rimbombantes ejercicios de filosofía casera sin Nietzsche. Sí, ése Nietzsche, Dios está muerto, lo que digas, pero en mi casa está vivito y coleando, y tiene forma de hemiciclo estrellado, de luciérnaga secreta en una lata de arvejas.

¿Ves? A eso me refiero con vivir sin televisión. Razonar fuera de la cadena de montaje, fabricar ideas fuera del principio de la sopa instantánea. No echarla la culpa de todo a los gobiernos. El mismo río corre bajo otros puentes. Tratar de desatornillar el sentido común y ver qué es lo que hay dentro de la marejada de presupuestos que el diario devenir nos dibujó en el pecho. Escapar de la pseudocultura del “llame ya”.

Si usted tiene eso que creo que tienen mis mascotas, entonces, mire la televisión sin culpa, y arranque de la programación lo que a usted le sirva para vivir o entender mejor el mundo. Porque la comunicación no se produce solamente con emisores, hay receptores del otro lado de la sala de estar que reciben el escupitajo de imágenes que les arrojamos. Elige tu propia aventura, lector. Puedes cambiar de canal, desviar la mirada o apagar la televisión. Ahora, si el receptor está dispuesto a tragarse cualquier manzana podrida para llenar el vacío de aquello que llamamos vida, pues... eso es harina de otro costal, ¿no?

jueves, 25 de junio de 2015

Hijos de los vientos



–¡Es imposible!

–¿Qué es imposible?

–Conquistar el corazón de una mujer.

–...

–¿Qué pasa?

–Vení conmigo.

–¿A dónde?

–...

–Contestame.

–Sólo seguime, ¿sí?

–Bueno...

–...

–¿Dije algo malo?

–¿Se puede poseer el viento?

–¿Qué?

–Es una pregunta simple.

–Y... ¿por qué me la preguntás?

–Dale, respondé.

–Y... no. No se puede poseer el viento.

–...

–¿Y? ¿Qué? ¿Por qué me mirás así?

–De la misma manera, no se puede poseer una mujer. No se puede conquistar a una mujer. La mujer es un milagro de la Naturaleza. La mujer es inconquistable.

–Entiendo... ¿por qué me has hecho esta pregunta?

–Mira... Los tiempos cambian... El hombre también... Si quieres ser feliz, vos, los dos, debemos cambiar. Debes dejar que las fuerzas de la naturaleza sigan su curso. No debes precipitarte a querer cambiar el mundo. No debes inclinar prontamente tu cetro a la doncella. No puedes poseer el viento. No puedes capturar el tiempo. No puedes conquistar a una mujer. Hay que deshacerse de esta visión estrecha que cosifica personas y personifica cosas. Fabricarnos una nueva visión del mundo sin imponérsela a nadie. Es el viento el que viene hacia ti, es la mujer la que te entrega su corazón. Pero sé paciente, sé caballero, sé transparente hasta el fin.

–Mirá... Yo lo intenté... muchas veces... Y fallé...

–Volvé a intentar, entonces. Volvé a sentarte en la silla y esperá. Cuando llegue la lluvia, te vas a dar cuenta y te vas a poner de pie para recibirla con aplausos. Pero los dos debemos ser pacientes.

–Entonces, esa mujer... Bueno... Si la hubiera, ¿no? ¿Vendrá hacia mí?

–No estoy hablando de una mujer.

El Tigre y el Perro se sentaron uno al lado del otro en la oscuridad de mi conciencia. Intercambiaron unas sílabas más. Luego, durmieron o intentaron dormir. Y soñaron. Soñaron con una casa de techo de cinc, con una gata, con la cabeza de un muchacho con los ojos llenos de insomnio.

La luz regresó a las diez de la mañana.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!