jueves, 30 de julio de 2015

Reivindicación de mi estado sentimental



–Julián se va a ver a su novia... –dicen las malas lenguas cuando me retiro de mis suburbanos aposentos.

Entre chisporroteos fraternales se esparce el equívoco rumor de una mujer invisible cuyo corazón he conquistado conjeturalmente. El problema es que esta novia no existe, es una fábula tejida por mis vecinos, un artificio diseñado para refutar mi solitaria condición.

Estado sentimental: soltero. Tal parece que todos los habitantes de mi barrio se han recibido de escribanos: no hay mano que no quiera corregir este detalle de la página principal de mi libretita azul. ¿Qué pasa que no viene Cupido, che?

–Ya tenés veinte años... Estás en la edad... –me dicen algunos.

–¡No, Julián! No te enredés con nadie. Hacé la tuya. Terminá la carrera, conseguí un buen laburo, y ahí sí... –dicen otros.

No puedo escribir poemas de amor sin que me acusen de enamorado. Mi hermano me gasta bromas con cualquier chica con la que me vea hablar.

Y lo peor de todo es que no lo tomo tan mal. Es cómico. Es un gag interesante, demencial. Una ironía. Me lo tomo así, lo asumo así. Me gusta que me hagan bromas de tono rosa. Porque sí. Porque es absurdo. El amor es un poquito absurdo. Y verme con alguien...

Sí, es absurdo. Enamorarse es rebelarse contra la realidad. Y a mí me basta con enamorarme cada día de mi propia vida...

...por ahora.

La inseguridad de tu prójimo



Él:
[...] cuando sali le robadon a una persona

Yo:
¡¿A quién?!
Los chicos se fueron bien.
A N... la vinieron a buscar,
y S... se fue con M...
Fui el último en irme.

Él:
viste en la calle
que se abre
ay le robado
a alguien
con una moto

Él:
y cuan llego
a mi barrio
también andaban robando

Yo: ¿Y vos estás bien?

Él:
si bien
una señora me dijo
que vaya con ella
y sus 2 hijos

Él: y me acompaño

Yo:
¡Menos mal! :O
Me alivia mucho
que estés bien. :/

Conversación de Facebook
Miércoles, 29 de julio de 2015.
Entre las 22:00 y las 22:15 hs.

lunes, 27 de julio de 2015

Los nocturnos peligros en el oficio de un domador de ballenas metálicas y el incidente con el hombre de barba negra



–Negro resentido...

–Andá, gato...

¿Quién empieza la pelea? ¿El chofer? ¿El pasajero? ¿Quién cierra la puerta? ¿Quién golpea el cristal? ¿Quién?

Rebobinemos.

–...otag, ádna...

–...oditneser, orgen...

¡Stop!

23:02 hs.

Mi viejo y yo salimos del laburo.

Medianoche.

Mi viejo y yo esperamos el 136 en Liniers.

00:14 hs.

El bondi llega. Hasta acá, todo bien, todo normal. Pagar boleto, elegir un asiento. La cabeza contra el insensato vidrio, la correa del bolso que te recorre la espalda. Y, de pronto, el estallido de ira, un graffitti instantáneo que te quiebra la cara de inquietud.

–Negro resentido...

–Andá, gato...

Un pasajero de barba negra pretendía viajar sin pagar boleto. El chofer procedió según las normas; encabritamiento inmediato del caballero barbudo, que desciende y golpea uno de los costados del transporte con las palmas. Las puertas neumáticas se le cierran en la cara. El colectivo, de un arrancón, se va.

Me parece triste la escena, porque en realidad no se terminó. Porque todas las procesiones van por dentro, y el tipo que está sentado detrás del volante se las tiene que bancar todas la noche entera. Y cuando termine su viaje, empezará otro, y levantará hombres cada vez más violentos en el camino. Y el ciclo de ruedas, de insultos, de apretujamientos, de ebrias amenazas de muerte, de sombras sudorosas que se suben por la puerta trasera se repite. Y la multitud enlatada siempre parece concentrar su odio en el chofer. A él lo crucifican con la mirada, lo escupen con el alma, le dedican feroces baladas escritas oralmente en sublunfardo, le arrojan botellas de cerveza hasta romperle la ventana.

Y de él, de las manos que conducen y los pies que presionan los pedales, depende la vida de los pasajeros durante indeseables horas.

Cabeceo. Duermo. Escucho una canción en inglés mientras sueño. Abro los ojos en Castelar. Todos los hijos de la tierra parecen haber venido a parar al vientre de la ballena de metal que me lleva a casa. ¡Cómo pasa el tiempo!

Mi viaje, mi travesía fantástica rodeada de peligros y de monstruos, se termina en la ruta 200.

Pero, para ellos, los choferes, parece no terminar nunca, ni en espíritu ni en cuerpo, la homérica noche.

domingo, 26 de julio de 2015

Lado A, lado B

Andrómeda me miraba desde el otro lado de la mesa verde y supe a través de la puerta de sus ojos que había perdido la partida. Mis dedos, víctimas de un temblor indescifrable, desviaron el extremo de la vara de madera, golpeando la bola blanca de la peor manera. Había desperdiciado un tiro trascendental que nos condenó a Immanuel y a mí a la derrota. A él no le dolió tanto perder contra su propia hermana, y a mí me gustaba exagerar la situación, que ella dirigiera chispas de competitividad hacia mí. Lo mismo sucedió en el metegol: yo la miraba cada vez que la pelotita destrozaba las piernas de los jugadores de plomo. No le quise decir a Samsa, mi eventual compañero de aventuras, que moría de ganas de verla ganar. Había una expresión un poquito burlona, de ligerísimo placer, en su carita angelical. Ahora me muerdo los labios: acabo de elogiarla. Me prometí no hacerlo, hasta en eso me gana la muy afortunada. Todo es posible en el territorio de la ficcionalización.

Porque la iglesia a la que fui anoche es real. Existe a casi veinte cuadras del corazón de Merlo y ostenta el signo del león en su fachada. (Luna Roja la habrá visto una y otra vez en sus viajes a la estación ferroviaria casi sin saberlo.) Me reencontré con muchas caras familiares, pero ninguna tan familiar, tan visiblemente amabilísima, como la de Ivonne Clearwater. Ivonne, si acaso lees esto, y te reconoces, no temas; es mi manera de representar una realidad que me llega a pedacitos. Entenderás que mi mente funciona de una manera muy peculiar.

Ivonne Clearwater –si el sistema nervioso central no me falla– es la líder de jóvenes de la iglesia local. ¿No, Ivonne? Antes de que la caravana se retirara, nos encontramos efímera pero personalmente con la señora Clearwater. Un honor recibir la despedida de una pastora. Habrá lectores poco familiarizados con el mundillo evangélico o la idiosincrasia pentecostal, nefastos rótulos antiliterarios para referirse a las esferas sociales en las cuales suelo y quiero moverme. Podría decirse que es otro estilo de vida. Estoy en desacuerdo con el término. Es otra vida. No sé si me explico. Nada de lo que escriba podrá explicar la identidad que llevo dentro de las alas de mi Biblia rota.

Habíamos llegado a tiempo para la celebración de los primeros divertimentos. Ilustres miembros del grupo: los hermanos Torreblanca (Veracruz, Andrómeda, Immanuel, Pax); los hermanos Morel (Angus, Samsa, Nicodemus, Nathaniel); Guardián Gris, emparentado con la estirpe de los Morel; el pequeño Jericó, la Chica de las Mil y Un Preguntas. Y yo. Doce cristianos. Los hábitos de la Biblia y la lectura de Los cuatro de Alera reivindicaron la creencia de que los números de un ejército no son casuales, sino que constituyen el lenguaje secreto de los milagros venideros.

–Leí lo que publicaste... –me dijo, aunque no con estas palabras exactas, una chica de cabellos negros que anotaba nombres en una lista para algunos juegos grupales. Le di las gracias y sonreí. Todavía no me acostumbro a que el vecino se acerque y me diga: ‘Che, me encantó lo que escribiste sobre el vendedor de anillos y sobre la parejita que cenaba en un restaurante de la calle San Pedrito’. Ser leído, más que un halago, es un gran lujo. Tengo que habituarme a que otros ojos me lean.

Hubo acontecimientos mucho más significativos esa noche, de los cuales sólo puedo precisar unos pocos: una coreografía presidida por la misma Ivonne, que debido al notorio esmero y grato entusiasmo casi se quedó sin aliento; las profundas melodías del grupo musical que tocó en la reunión con la complicidad de un proyector que revelaba las letras de las canciones a los concurrentes desmemoriados como yo; y, por supuesto, la predicación de Zeta.

‘El último hijo de una familia numerosa’, podría decir. Esto no resume la historia de Zeta. Aquí los lectores perdonarán los incurables defectos de un escritor que no explora demasiado el género discursivo de la predicación. Yo recojo impresiones, no verdades; todo lo que aquí se lea, tómese con pinzas, porque mi memoria es ineficaz para capturar todas las esquinas de una escena. La impresión que me infundió la predicación de Zeta –el último hijo, la última letra del abecedario, y sin embargo una letra necesaria para pronunciar la palabra paz, una letra que aparece en el segundo lugar de su verdadero nombre– fue...

¿Cómo?

Un trozo de hielo en una boca ensangrentada. Un alivio íntimo a alguien que se mordió la lengua alguna vez. Así fue como recibí, desnudo de expectativas concisas o exigentes, el mensaje de la noche. Rememoro una canción dulcemente lenta, rememoro la voz de un niño que se paró junto a mí. Recuerdo la fábula del circo, una alegoría de chocolate, la trágica historia de las garrafas abiertas, la motocicleta de Zeta cuyo tanque había dejado de estar vacío en un momento crítico. No en este orden, claro, no en este orden. Es frustrante tratar de explicar a mis lectores que hay un momento en la vida de un hombre que percibe el futuro, el pasado y el presente a un mismo tiempo.

Después o antes de la voz de Zeta, la sangre joven saltó al ritmo de las alabanzas eléctricas.

Es muy difícil explicarte cómo viví eso si no estabas allí. Tenés que vivirlo. Te digo que se puede disfrutar de la existencia humana sin perder una gota de lucidez. No es tan complicado. Dios no es un francotirador con un rifle de alta precisión dispuesto a volarte la tapa de los sesos por un error que cometas. Es una imagen lo suficientemente fuerte, incluso sarcástica, para referirme a un pensamiento equivocado que algunos de nosotros hemos tenido: un Dios cara-de-perro, un cancerbero, un castigador, un azotador de mundos. ¡Ah, sí, eso es lo que dijo Zeta! No con estas palabras rebuscadas, claro. Dios es amor. Amor por amor. Sí, ésa era la expresión. Creo que me estoy acordando un poquito de...

–¿Y para cuándo sería esa vigilia? –le pregunté a Veracruz, casi sin darme cuenta de que estaba en el 322, rumbo a casa.

Y mi mente vuelve a pensar en esa mesa verde donde Andrómeda me derrotó en su juego de golpes oblicuos. La cámara fotográfica de Ivonne mordiéndote los párpados con sus dientes de luz, el escritorio acérrimo a la figura erguida de Zeta que narrada la fábula del circo.

–Me olvidé el celular... –dijo Pax.

¿Dónde estoy ahora? Ah, sí, en la calle. Acabo de salir de la iglesia.

–Contate un chiste... –le digo a Angus en el colectivo.

–...más locura... –me dijo una mujer rubia, antes de irnos.

Bueno, Ivonne, te parecerá loca mi manera de escribir, pero pensemos que así Dios percibe el mundo, con sus azucarados ojitos de amor y de aleph. No hay diferencia entre pasado, presente y futuro; no hay límites entre allá y acá. En algún punto, todo lo que tiene que pasar está sucediendo ahora. Cada instante de amor a la vida nos parece eterno.

Si bajo los párpados un segundo, voy a regresar a la segunda fila del lado B de tu iglesia, Ivonne, escuchando cómo nos das instrucciones para aplaudir a tu señal. Lado A, lado B. Como un cassette.

Y Andrómeda me acaba de ganar en el metegol otra vez.