domingo, 28 de febrero de 2016

Antirrazonamientos



¿Por qué nos esforzamos en vivir una vida cuerda? Piénsenlo. Las características principales de un hombre son reductibles a una libreta a la que llamamos cariñosamente “documento de identidad”. Los avatares de la sociedad burocrática. ¿No te das cuenta, lector, que flotamos al margen del absurdo? Nuestras minuciosas existencias están cosidas al capricho de una tarjeta de plástico, el funcionamiento de un satélite o la existencia del petróleo. Somos un accidente matemático, un error de cálculo, una gota de sangre en la máquina de Dios.

¿Por qué no enloquecer? Una locura cuerda, paulatina; como dijo Borges, un sueño dirigido. ¿Acaso no es esto la literatura? Un caos organizado. Un caleidoscopio de sílabas, tramas, párrafos, ritmos. La imaginación razonada.

La razón es una facultad humana muy sobrevalorada. Todos quieren “tener” razón. Yo sufro la razón: abomino el peso de la lógica. La lógica me dice que lo muerto está muerto. Sí, es posible que no me conozcas, aunque leas esto, y cuando veas mi rostro en la calle, no me saludarás. Es comprensible. Es lógico. Y lo lógico tiende a ser aburrido. ¡Qué lástima que mi destino y tu destino no se toquen!

¿Por qué conformarse con el anonimato? Quiero que mi locura sea famosa. Que la gente me saque fotos con ella. Que me recuerden en mi entierro como alguien que nunca estuvo bien de la cabeza. ¿Pretencioso, ególatra? Tal vez. No seré conocido por ser perfecto. Anna Frank en su diario escribió:


«Un manojo de contradicciones»
es la última frase
de mi última carta
y la primera de ésta.
«Un manojo de contradicciones»,
¿serías capaz
de explicarme
lo que significa?


Ella no vivió lo suficiente para descubrir que sus palabras describían en su semántica plenitud la condición humana.

No aspiro al verdadero conocimiento de las cosas. Soy barroco. Incapaz de aceptar ciertas verdades como verdaderas. “La verdad os hará libres”. ¿Libres de qué? ¿De qué debemos liberarnos? ¿De nosotros mismos? “Yo soy el camino, la verdad y vida.” El traductor debió suprimir los artículos. “Yo soy camino, verdad y vida”. Soy energía, un milagro en movimiento.

¿Por qué este antirrazonamiento al borde de la herejía? ¿Acaso no soy libre? ¿Libre de qué? De las formas tradicionales de ver el mundo. Cada revolución científica consistió en un golpe contra la parsimonia y el dogma establecido. La Tierra era plana hasta que Colón decidió viajar a las Indias. “Hace lo que quieras, Cristóbal” le decían al genovés. Hoy entendemos que este hombre hizo posible la producción en masa de chocolate y los genocidios americanos.

¿Qué tienen que ver Colón, el chocolate, Anna Frank, Borges, Jesús, la verdad, la lógica, la locura? Nada y todo. No hay una sola respuesta. Y a la vez la respuesta es única. “No tiene sentido lo que estás diciendo.” ¿Por qué debe tener sentido todo lo que yo diga? ¿Por qué rebajar mi poesía al nivel de tu cordura?

Nena, volvete loca. Soltate el pelo, viajá a la Patagonia. Bailá en la vereda, sé feliz, llenate de música y de azúcar. O viví cuerda. Atada a las facturas. Monogámica en tu amor por la rutina, cautiva en un frígido matrimonio con la normalidad.

¿Y yo? Yo sangro literatura. Aún después de mi muerte, seré leído. Derroté al reloj en su pulseada. Le gané al tiempo. Soy inmortal.

Los hombres cuerdos no alcanzan la eternidad. Por esto me gusta tanto la literatura. En ella, en el vientre oscuro de la ballena de tinta, Jonás, harto de obligaciones, puede gritar. Un grito que puede cortar la tempestad.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Blogópolis: Cara a cara (episodio piloto)




¿Qué pasaría si los blogueros de todo el mundo se convirtieran en superhéroes? Un evento desconocido de proporciones astronómicas desintegra la estructura de la realidad dentro de los límites del Sistema Solar. Ante la inminente destrucción de la Tierra, la humanidad decide crear una nueva dimensión a partir de todos los datos que circulan por Internet.

En este nuevo mundo, los usuarios –individuos que “nacieron” a partir de los datos personales registrados en la red– se ven amenazados por un sinnúmero de enemigos virtuales. Entre ellos aparecen personajes con poderes extraordinarios dispuestos a defender este universo de cualquier peligro: los bloggers. Éstos se han alineado en una sociedad dedicada a promover la cooperación y la alianza de todos los habitantes de la Red: la Coalición de Blogueros Unidos (CBU).

Instalados en Blogópolis, la capital de la Blogósfera, estos héroes velan por la seguridad de la Red y se enfrentan a toda clase de enemigos, desde los fastidiosos spams hasta pandemias de virus informáticos y organizaciones cibernéticas extremistas.

¿Existe algún peligro que los bloggers no puedan enfrentar? ¿O acaso la CBU tiene sus días contados?

* * *

Serie Blogópolis – Episodio piloto
Hoy presentamos...

CARA A CARA
por Julián Contreras



Una luz dolorosa golpeó los ojos de Flowers. Ella se echó hacia atrás, apretando los párpados. Una corriente de agonía le recorría la cabeza. Tenía ganas de vomitar. Un rastro de sangre casi seca se prolongaba desde el labio inferior hasta la barbilla.
–Paul E. Murphy.
–Soledad Flowers.
Los se miraron fijamente, ensimismados en una rivalidad casi ancestral: ella, encadenada a una vulgar silla; él, de pie, encapuchado, con una máscara azul, de brazos cruzados. Ambos, bajo una luz tan blanca como la muerte.
–¿Por qué...? –dijo ella.
Se abre una puerta. Oyen los pasos de un mensajero.
–Están aquí.
–Gracias. Ve y llama a Clowser. Dile que su “paciente” está lista para la operación.
El mensajero se retiró. Murphy aprovechó la espera para continuar con un discurso previamente preparado. Nada intimida más a un héroe que un orador.
Flowers, sin ganas de gastar energía en inútiles improperios, lo escuchó. El dirigente de la Fuerza Mística explicó cómo habían desarrollado un microorganismo nanotecnológico capaz de anular temporalmente los poderes de los bloggers. Un arma ciberbacteriológica denominada aquilonina. Como para presumir de su erudición en las mitologías de la Vieja Tierra, dijo que el nombre era una referencia a la historia de Aquiles. Fuera de dos o tres metáforas previsibles, su discurso rezumaba nerviosismo y temor. Hubo un instante de silencio en el que el polimorfo no supo qué decir; se oyeron pasos desde un corredor que parecía tener un suelo metálico a juzgar por el sonido.
La puerta se abrió nuevamente.
–Al fin, Clowser, ¿por qué tardaste tanto?
–Porque estaba ocupado destruyendo los órganos vitales de este desgraciado por dentro –contestó Clowser, desde el umbral.
El “dentista” sufrió una repentina convulsión y la corpulenta figura cayó. Una luz azul con forma humana emergió de la espalda del verdugo.
–¿Quién eres? –murmuró Murphy, quien de la intranquila serenidad saltó al terror en un instante– ¿Qué eres?
–He venido a...
Murphy apretó el gatillo del arma oculta bajo la capa. La chica gritó. El otro siguió hablando.
–He venido a negociar la liberación de Soledad Flowers...
–¡¿Qué le ha hecho a Clowser?!
–Creo que lo maté –dijo la figura azul, mirando el cadáver sin lástima.
Flowers lo miraba fijamente: no había una gota de pena en el rostro del espectro celeste. Era joven. Su cuerpo emitía un débil resplandor que disipaba las sombras reinantes en la habitación. Parecía un cartel de neón con piernas.
–¿“Creo”?
–Es la primera vez que lo hago –contestó el negociador–. Ingresar en el cuerpo de un usuario. Examinar los datos personales de su memoria. Destruir sus funciones vitales desde el interior de su cuerpo...
El chico azul dio un paso, absorto en sus reflexiones, como olvidándose de la rehén maniatada.
–¡Te acercás y la mato!
El otro apenas prestó atención al arma que apuntaba a la cara de Flowers. Contemplaba el techo. Casi como obedeciendo a sus gestos muertos, un estrépito de remotas explosiones anunciaba el acceso definitivo de un escuadrón de blogueros a las instalaciones de Fuerza Mística.
–¿Comte? –balbuceó Flowers, la cara llena de rulos oscuros, de sangre y de sudor.
Su compañero azul estaba lejos. En una lejanía que ni ella ni Murphy podrían jamás comprender. El polimorfo no sabía si apretar el gatillo o huir.
Hasta que Comte “regresó”. Miró a Murphy, miró a Flowers, volvió a mirar a Murphy, y sus ojos se abrieron, grandes como planetas. Abrió la boca, la cerró, miró a Murphy otra vez, miró el arma temblorosa, miró a Flowers que le devolvía la mirada, abrió la boca y esta vez sí habló.
–Ahora entiendo.
–¿Entiendes qué?
–Esto –dijo Flowers, levantándose de pronto y dándole una patada a la mano de Murphy.
El arma rebotó contra el techo, se disparó una vez sin herir a nadie, cayó y recibió una nueva patada de Flowers. Murphy, desconcertado, retrocedió justo a tiempo de evitar un cabezazo... Y ver cómo el rostro de Flowers se deformaba.
–Adrianne –dijo Comte, sin asombro.
Adrianne Cloudy era el nombre de la polimorfa que se infiltró en Fuerza Mística. Una espía de la CBU. Cuando Paul Murphy reveló a un reducido grupo de agentes especiales un plan para secuestrar a uno de los administradores de la Coalición, Cloudy dio aviso a los blogueros y tomó la identidad del próximo objetivo de los polimorfos. La secuestraron, pensando que se trataba de Flowers. Lo único que hicieron los blogueros fue seguir su rastro hacia la guarida final.
–¡Traidora! –gritó Murphy al reconocerla, corrió hacia Comte y lo atravesó. El chico azul apenas pareció sentirlo.
Murphy salió a un pasillo donde polimorfos armados y blogueros llevaban a cabo una batalla inolvidable. Localizó una salida. A mitad de la fuga, un campo de fuerza lo detuvo en seco.
–¿Creés que no reconozco al líder de un grupo terrorista cuando lo veo? –dijo la chica que había creado la barrera de energía con una mano extendida.
–¡Sos idiota! –contestó Murphy mientras adquiría la apariencia de Flowers– ¡Soy yo!
–¿Cuál es mi nombre?
–¡¿Qué?! ¡No hay tiempo para...!
–¡CUÁL ES MI NOMBRE!
Murphy/Flowers regresó por donde había venido.
–¡Caos! –gritó la chica de los campos de fuerza– ¡Es él!
La muchacha llamada Caos avistó su objetivo y se convirtió en una nube de cuervos que persiguieron al fugitivo. Éste intentaba apartarlos a manotazos, mas terminó chocando contra otro compañero, el cual lo confundió con Flowers y le disparó en el abdomen.
Murphy recobró su forma, al tiempo que uno de los pajarracos le hincó el pico hasta arrancarle un dedo.
–Paul... Perdón... Yo...
El que acababa de dispararle fue abatido por una bola de fuego que golpeó su espalda. Un bloguero llamado Stanislaw Neverovsky caminaba envuelto en llamas hacia él. El líder de los polimorfos contempló aquella visión monstruosa y cayó, sin darse cuenta, a los pies de Adrianne Cloudy. La agente, ya liberada de sus ataduras, recitó una versión de lo que alguna vez fueron los derechos Miranda en la Vieja Tierra.



Neverovsky, Caos, Comte, Cathy Jump –la chica de los campos de fuerza– y Cloudy recibieron menciones honoríficas de los administradores de CBU. Melissa Corvett, Matyas Gigabyte y Fedek Valiant, entre otras personalidades destacadas de Blogópolis, los felicitaron. Incluso la mismísima Flowers estuvo presente en la celebración.
Aunque Comte parecía distante por momentos –no faltaría mucho para que ingresara por voluntad propia al Instituto Terry Gilliam para Trastornos Mentales-, y Neverovsky rehuía a los periodistas, el resto de los agentes no opusieron resistencia a las cámaras y los micrófonos.
–¿Qué hemos logrado con esto? –preguntó Corvett a Flowers.
–Les hemos dado una razón para creer en nosotros. El gobierno no tiene una buena opinión de los bloggers. Temen que seamos más eficaces que la policía o el ejército.
–Los polimorfos de toda la Red nos van a odiar –dijo Matyas Gigabyte–. Aunque ellos conforman una minoría, se manifestarán en contra de CBU.
–Por esta razón hemos incluido a Cloudy en la Coalición –apuntó Flowers–. Una polimorfa que trabaja a la par de los bloggers es un ejemplo de que la igualdad entre usuarios es posible.
–Aunque despierte odio entre sus pares –interrumpió Valiant, a sus espaldas.
Flowers y Corvett se miraron. Dentro de unos años llegarían las elecciones presidenciales en la Blogósfera. Y ellos, los héroes de un mundo que no debió existir jamás, serían el primer asunto que los candidatos tendrían que despachar. ¿Hasta cuándo duraría aquella paz indefinida? ¿Cuándo llegaría el día en que la sociedad, finalmente, comenzara a perseguir a los bloggers?
“Espero que nunca”, pensó Flowers, cerrando el puño. Cuando lo volvió a abrir, una mariposa extendió sus alas sobre su palma y comenzó a volar.

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Este relato estaba destinado a ser publicado como parte de una iniciativa de Blogueros Unidos de Argentina: BUATales, un proyecto que consiste en que cada blog publicara una historia de ficción de entre 5000 y 7000 caracteres –incluyendo espacios, si mal no entendí–. Como esta pieza sobrepasa el límite establecido –es muy larga, si incluimos el prólogo–, he decidido publicarla a modo de “episodio piloto”, como un prólogo o precuela al cuento que sí va a formar parte de BUATales.

La fecha oficial de publicación de los relatos de BUATales ha sido fijada el día miércoles 2 de marzo, y quienes participan de esta iniciativa están en vías de sorprendernos con historias prometedoras.

Este cuento funciona como una vista previa o “muestra” de lo que quiero compartir para principios de marzo. Es un humilde, casi paródico pero sincero homenaje al mundo de los blogs, y a los autores que están detrás de cada pantalla.

Salvo Stanislaw Neverovsky y los antagonistas polimorfos, los nombres de los personajes son referencias poco veladas a autores/blogs reales. Esto no significa que los personajes sean caracterizaciones verosímiles de blogueros de la vida real. Son, simplemente, personajes de ficción. Ni más, ni menos.

La idea de un universo digital no es original. The Matrix, Code Lyoko y Tron son los ejemplos que me ocurren. Incluso Ralph el Demoledor o Minecraft entra en la categoría de influencias. Sin rodeos: la serie Blogósfera es algo así como The Matrix + The Avengers.

¿Puede funcionar una fórmula así?

Si uno aprende a explotarla como es debido... sí.

¿Qué te pareció esta historia?
Si tuvieras un superpoder, ¿cuál sería? ¿Por qué?

Dejá tu respuesta en los comentarios. Este relato NO participa de BUATales, sino que es un texto/exhibición de prueba.

¡MUCHAS GRACIAS POR LEER! ¡HASTA PRONTO!

martes, 23 de febrero de 2016

Transgresiones

“No serán pocos los lectores
que advertirán aquí
diversas transgresiones
a la convención literaria.”

Julio Cortázar
Prólogo de 62/Modelo para armar



Y ahí, Coqui, en el regazo de mi hermana, todo mojado, todo tembloroso, mientras unos dedos humanos recorrían el pelaje blanco del pescuezo, mientras una voz humana indicaba en un murmullo dónde se habían clavado los colmillos de la perra a la que mi madre sacó afuera. Y allí, yo, en el umbral de mi habitación, mientras mi hermano pulsa las teclas de su computadora portátil, mientras el ventilador de techo mueve sus aspas, que parecen alas de murciélago embalsamado, alas mecánicas y duras, y yo a la sombra de estas alas, viendo cómo Coqui tiembla.

Y acá, el televisor de la pieza, una cosa negra, con una pantalla encendida que muestra una casa. Y una voz, que es y no es humana, que dice que una mujer se desangró hasta morir pidiendo ayuda, apuñalada por su cónyuge, y la cara de una madre, que dice que un hombre la amenazaba (“la voy a matar a ella y luego me mato yo”, reproduce, fidedigna, la madre, pero las palabras se me borran de la memoria, y yo las transcribo, inexactas, acá, porque no me gusta, para nada, oír esta historia), y de pronto, la imagen cambia, la pantalla se desfigura en colores nuevos, y otra noticia se transmite. En otro lugar, dentro del mismo país, un hombre mata a su hija y a sus nietos y se ahorca y deja una nota de suicidio. Pero yo me doy la vuelta, vuelvo al comedor, donde dejé la computadora encendida, porque no quiero seguir escuchando esta historia.

Y pensar que unas cuantas horas antes de que Luna se abalanzara sobre Coqui después de una guerra de gruñidos por una naranja despellejada y agria que mi padre no quiso seguir comiendo y que dejó sobre la mesa negra del comedor, alguien, una mujer, una madre, un ser humano, moría, gritando a viva voz sobre su propia sangre, mordida por un puñal, un cuchillo, un tramontina quizás (porque los hábitos de ver noticias sangrientas te insinúan esto, que el cuchillo que todos usamos en la cocina para cortar las cebollas o las milanesas, tarde o temprano, mata a alguien), y su esposo, su pareja, su cónyuge, el amor de su vida, ahora sin amor, o con un amor tan enfermo que ninguno de nosotros jamás comprenderá, huía, a través de aquel mundo llamado Buenos Aires, y la policía y la ambulancia llegan más tarde, siempre llegarán más tarde...

Pero no pienso en esto. No es que no quiera pensar en esto. Es que no pienso. Vivir es no pensar, escribió un poeta llamado Pessoa. Y pienso que tenía razón. Al menos, en parte. Si es que pienso.

Me acerco al escritorio donde está la computadora prendida, y noto los charcos sobre las baldosas del comedor. Mamá, para separar a los dos perros de su brutal abrazo, les disparó chorros de soda mientras papá golpeaba el lomo de Luna con una toalla, pero no lo hacía brutalmente, sino con cuidado, porque la mandíbula de la perra se cernía, peligrosa, sobre el cuello de Coqui, y pensé –y creo que mis viejos también– que las baldosas, las mismas baldosas que estoy pisando, se mancharían con la sangre del perro. No intervine, no sabía cómo intervenir, apenas atiné a extender mi mano hacia el picaporte de la puerta blanca, la abrí, esperé unos segundos y la perra salió, y Coqui se liberó de un destino posible, aunque tal vez exagero, siempre exagero, acaso porque contemplo las verdades más grandes del universo en las cosas más pequeñas.

Cierro la puerta. La perra no volverá a entrar en toda la noche.

Coqui está en brazos de mi hermana ahora. En un ahora que ya no es ahora. En un ahora donde transmiten una noticia que no es noticia. Un hombre mata a una mujer a puñaladas y escapa. Pienso, sombríamente, poéticamente, que en estos dos hechos tan diferentes, en el crimen y en los colmillos de los perros, hay una trama secreta, una correlación, una conexión, una equivalencia, algo. Pero es un pensamiento que no pienso con detenimiento, lo pienso sin pensarlo, lo pienso porque sí.

Mamá ha arrojado un trapo sobre el charco. Yo lo muevo un poco, solo un poco, con la punta de un pie, para que absorba parte de la soda que ella derramó para salvar a Coqui de los profundos colmillos de Luna; noto, un poco intranquilo, de pie sobre mis chancletas negras, con mis pantalones verdes y la espalda descubierta, que el hogar recobra cierta parsimonia, cierto silencio, cierto orden. Pero afuera hay alguien que mató a una mujer, y el mundo no está en orden, aunque Browning haya escrito Dios está en su cielo/Todo está bien con el mundo; no, no hay orden aparente, una pelea de perros en la casa de una familia común y corriente en Merlo no se puede comparar con la muerte de una mujer a kilómetros de mi hogar, y sin embargo, mi mente, que es terca, que falla, que abomina la lógica y el sentido y la cordura de todas las cosas, insiste en que hay una relación secreta entre dos acontecimientos totalmente diferentes, como un efecto mariposa, como un hilo rojo, como una rueda del ka.

Y sé cuál es esta relación: yo percibo las dos tormentas al mismo tiempo. La lluvia de sangre en mi país y el latido del femicidio a través de la ventana de la televisión; el cuello caliente de un perro que ha salido no tan incólume de una cánida trifulca y que se refugia, en su corpórea pequeñez, en el regazo de mi hermana.

Entonces, puedo sentir esa pérdida sin sentirla, puedo pensar esta muerte sin pensarla, puedo sentirme un todo en un pequeño instante, y olvidar este todo, dejar de sentirlo, horrorizarme un poquito (un poquito que en realidad es un gran mucho) y  dejarme llevar por la continuidad de mi propia existencia. Porque mi vida es esto: la computadora encendida y los charcos de soda que desaparecen y la toalla que papá devuelve a su sitio y mi hermana abrazando a Coqui y revisándolo para verificar que no tenga ninguna herida severa y la naranja despellejada y agria que inició todo esto y mis reservas acerca de lo que estoy terminando de escribir.

Pienso si quienes me lean me creerán un loco. Pienso que sí lo harán. Sonrío sin sonreír. Porque en realidad todos estamos locos. Sólo que a veces lo olvidamos o no lo sabemos. Algunas locuras son menos felices que otras. Mi locura es juntar moneditas en un frasco de vidrio o menear la cabeza cuando escucho una canción que me gusta por los auriculares o leer libros. La locura de unos, lamentablemente, empuja a otros a la muerte.

Vuelvo a leer todo lo que he escrito, pienso que no tiene sentido, ni pies ni cabeza, pero así está bien, porque la realidad que vivimos todos los días tampoco tiene izquierdas o derechas, arribas o abajos, blancos o negros, ni letras ni números, sólo la vivimos, así, tal cual es, con televisores que lloran sangre y perros que se pelean por una naranja.

Al final, cuando las cámaras se apagan y los dogos dejan de ladrar, las víctimas siguen siendo víctimas. Y me abate esta vaga sensación que sólo puedo resumir en tres palabras: nada ha cambiado.