miércoles, 27 de abril de 2016

Reseña: “La carretera”, de Cormac McCarthy





¿Qué harías si yo muriera?
Sí tú murieras
yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí. Para poder estar contigo.
Vale.







En esta contemporaneidad literaria donde el género distópico ha sido expropiado por la pluma juvenil –si para bien o para mal, a mí no me corresponde decirlo–, recorrer las oscuras dimensiones del mundo que Cormac McCarthy nos presenta en La carretera es restituir a la distopía misma su condición de procedimiento y no de género. El futuro, no como género literario, sino como excusa, como pretexto, como marco de una historia que una vez leída te arroja al interior de un insomnio vacío. A diferencia de Collins o de Orwell, en el futuro de McCarthy no hay gobiernos ni dictaduras, ni siquiera sociedades. Sólo tierra estéril, y en la esterilidad cenicienta de esta seca pesadilla hecha mundo el latido de dos almas que desconfían de la existencia de Dios y peregrinan bajo un cielo cuyo sol se ha vuelto invisible.



Leer La carretera no es fácil en muchos sentidos. Una trama angustiosa, salpicada de dolor en sus engranajes, embarrada de un existencialismo parecido pero diferente al de los cuentos más celebérrimos de Kafka: la lucha de un padre y un hijo por sobrevivir en un país raído por la muerte. Un estilo poderoso, denso, sombrío, nebuloso, donde el narrador se transforma en un intermitente fotógrafo que nos muestra escenas de naturaleza muerta: construcciones polvorientas, casas semidestruidas, bosques sin ruido, descalzos cadáveres carbonizados. La carretera es omnipresente: una metáfora del destino, de la pugna por mantenerse cuerdo en el auge de la deshumanización absoluta.

Esta novela no se circunscribe, a pesar de mis iniciales párrafos ampulosos, al género distópico, sino que se familiariza más a un relato post-apocalíptico. El discurso contrabíblico y el latido del existencialismo ruge con fuerza en esta novela: ¿qué hay después del Apocalipsis? Nada. Ceniza y humo y sombra y nada. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué estamos vivos? ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos? ¿Por qué seguir creyendo que somos buenos si nuestras acciones no son buenas? ¿Existe el Bien en tiempos de barbarie? McCarthy astutamente inyecta estas inquisiciones en la narración, que por momentos se nos antoja intransitable si se baja la guardia en la lectura.




El eje principal del libro y del cual se desprenden sus principales cuestiones es el vínculo entre el padre y el hijo, un elemento dostoievskiano cuya riqueza el narrador aprovecha sin sobreexplotarlo. Los personajes no tienen nombre propio, con una sola gran excepción que aparece en la segunda mitad de la novela. Los protagonistas son presentados como «el chico» y «el hombre». Estados Unidos o lo que queda de él agoniza los efectos de una presumible guerra nuclear; la única esperanza es viajar hacia el Sur y alejarse de esta tierra marchita y cenicienta.

La reminiscencia a Mad Max o al Libro de Eli es irresistible; no obstante, los escenarios predilectos de McCarthy no son los desiertos, sino los bosques, las casas vacías, los puentes y las noches. Las escenas más sólidas del libro se nutren de un sustrato emocional y de la descripción ambiental. En La carretera hay acción, hay tensión, pero el aspecto mejor trabajado de este libro es el horror. Un horror muy exacto: el horror de estar vivo en un mundo muerto, como si te hubieran enterrado vivo en un cementerio invadido por saqueadores de tumbas. ¿Hay algo peor que esto? Sí: que tu hijo esté dentro del ataúd.




La carretera es un camino escalofriante hacia la mayor de todas las oscuridades, una narración estremecedora a tal punto que te obliga a desviar la mirada hacia quienes te rodean y preguntarte qué pasaría si el mundo tal como lo conocés se deshace entre tus dedos bajo una lluvia de misiles. A un ritmo que a menudo incurre en lentitudes y abstracciones difíciles de digerir, con alternaciones entre el narrador omnisciente y la voz de la primera persona, sin guiones de diálogo y sin división por capítulos, la estructura del libro está marcada por la fuerte influencia que Faulkner ejerció sobre McCarthy. El autor se apropia de estas huellas e imprime su propia marca personal en la escritura de este drama desopilante y atroz.

Peregrinos de pies delicados, absteneos. La carretera no conoce los misterios de la misericordia. La angustia es visceral y el hambre carcome las entrañas. Se duerme poco y se duerme mal. La muerte acecha tras cada árbol y el sol no aparece nunca. La pregunta es: ¿Lo harás? ¿Serás capaz? Cuando llegue el momento, ¿qué harás? ¿Hay más supervivientes además de nosotros? No hay certidumbre, sólo preguntas de nadie responderá.

No he visto la adaptación cinematográfica, y ansío hacerlo; hasta donde llega mi conocimiento, el filme ha recibido buenos comentarios de la crítica al tiempo que respeta la sustancia del libro. Cabe destacar que McCarthy también ha escrito No es país para viejos (o No hay lugar para los débiles, dependiendo del doblaje), otra novela adaptada a la pantalla grande.


McCarthy es, definitivamente, una pluma infaltable en nuestra biblioteca personal y una excelente recomendación para todo lector que deseé experimentar a flor de piel y en carne propia el filo de una de las joyas literarias más deslumbrantes de la literatura norteamericana.
Cada opinión, marginal o no, es un granito de arena en este lugar; contesto preguntas y devuelvo comentarios. ¡Gracias por leer!