viernes, 20 de mayo de 2016

Minivacaciones



A intervalos, cuando la chispa creativa no trabaja a mi favor, Opiniones marginales detiene sus actividades hasta nuevo aviso. Lo que sucederá a partir de ahora. No escribiré más entradas por un tiempo. Me tomo unas minivacaciones de la blogósfera.

¿Dejo el blog definitivamente? ¡No! ¿Cómo creen...? Pongámosle una fecha a mi regreso: miércoles 1 de junio. ¿Les parece? Ya les dije que eran minivacaciones.

Mientras tanto, pueden disfrutar del resto de mi producción textual. Y si quieren arrojarme huevazos digitales en mi ausencia o simplemente darme algunas sugerencias o recomendaciones, pueden hacerlo en los comentarios.

¡Les deseo un muy buen mes! Nos leemos en junio.

viernes, 13 de mayo de 2016

El lobezno lugarteniente del buen gusto



La Feria del Libro no es solamente un evento cultural de proporciones épicas, sino también una cornucopia de polémicas servidas en bandeja de plata que nos permiten repensar las dimensiones de la esfera literaria en este laberinto llamado sociedad. Una de las principales controversias que atacó la médula espinal de la discusión contemporánea es la fuerte presencia de youtubers entre stand y stand, excéntricas personalidades de la escena digital cuyos libros irrumpieron en la jungla editorial. Germán Garmendia, el Ozymandias chileno de YouTube, repartió libros y autografías a diestra y a siniestra, aunque algunos observadores críticos subrayan las restrictivas condiciones en las que realizó sus presentaciones en la FILBA; análogamente, Dross Rozantnik, con su archipromocionado libro Luna de Plutón, que supone su más altisonante y mediática irrupción en el circuito de las ficciones, también atrajo las miradas de un auditorio adolescente.


A mí no me mueve ni me conmueve que las manos repten de las computadoras a las librerías; en términos históricos, la experiencia artística ha mantenido un matrimonio, a veces conflictivo, a veces conciliador, con lo que cierto pensador llamado Walter Benjamin llamó la reproductibilidad técnica, es decir, los dispositivos de reproducción de objetos de valor estético. La humanidad ha jugado y sigue jugando una rayuela de formatos, desde el papiro y el pergamino hasta la imprenta de Gutenberg, la impresión electrónica, el blog y el e-book.

Quienes tienen acceso a los mecanismos de producción, transmisión y difusión de información, indiscutiblemente participan del juego de la oca con la ventaja de los dados cargados: ahora, uno, como Moisés, aprende a disgregar aguas, a separar ríos, a discernir los tantos. Uno puede cuestionar el valor estético de Chupa un perro o Luna de Plutón. En el Norte, donde la crítica literaria es bastante conservadora, la ciencia ficción y el género policial era el arte de los nadies, los miserables, los ninguneados. ¿Escribís ciencia ficción? Listo, te echan a patadas del canon, olvidate del Premio Nobel. Respecto a este último pormenor, hubo una polémica, allá en el 2007, que un español llamado Manuel Alfonseca registró agudamente en su artículo El cristianismo en la literatura de fantasía y ciencia-ficción: Doris Lessing, renombrada autora de ciencia ficción, gana el Nobel. Cierto grupúsculo de intelectualoides pedantes y otros no tanto se ensañaron gratuitamente con Lessing. ¡Ah, claro! Porque los autores de ciencia ficción sólo pueden quedarse con el Hugo y el Nébula, ¿no?

La literatura es un concierto abierto para todo el público. Entrada libre y gratuita. Pero el que quiere llegar al escenario se tatúa a flor de piel las palabras de Churchill: sangre, sudor y lágrimas. Hay otros que prefieren apañárselas con covers y sencillos, sin pretensiones ampulosas. Y, como en todo recital de la vida, nunca falta el que vende choripanes y gaseosas.

A lo que voy es que el libro de Garmendia no me movió un pelo. Los youtubers no son terroristas del lenguaje o iconoclastas que escupen sobre la tumba de Rimbaud. Ellos no vienen a saquear los consagrados mausoleos de papel ni a usurpar el pedestal de los novelistas laureados. Ellos escriben. Lo que escriban lo juzgará su público. Y el Ángel de la Historia, tal vez. Como la máscara de Rorschach: blanco y negro, sin grises, dos líneas paralelas que no se tocan.

Dentro de cada uno de nosotros, aunque lo neguemos a muerte, hay un eterno forcejeo entre el inquisidor y el librepensador: momentos de rabia en los que reprimimos las ganas de gritar cada vez que nombran a un autor que no te gusta aunque a todos les parezca la reencarnación de William Shakespeare, y momentos de moderación y cordura donde contemplamos a la literatura como una mesa donde los ricos y los pobres pueden echar mano de las palabras que hay en los platos de la lengua.

Tal como la Escritura lo asevera: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer...” (Gal. 3.28). Si ante Dios somos todos iguales, la Literatura, que en su multiplicidad de manifestaciones genéricas se ha hecho todo para todos (1 Corintios 9.22), a imagen y semejanza de Dios, por la naturaleza de su propia estructura abierta y desjerarquizada, no puede prohibir el paso a aquel que quiera publicar un libro en su seno.

Porque si prohibimos, si reprobamos, si tapamos la boca del león, si le ponemos bozal al perro que ladra por no maullar, estamos a un pasito de la censura, del ansia de poder, de las ganas de transformar nuestro gusto personal en institución absoluta.

Estoy delirando, sí, ponele, pero estoy delirando a propósito. No es muy desatinado pensar que este repelús al youtuber está relacionado con el ansia de poder. ¿Cómo puede ser que un adolescente que graba videos se transforme a corto plazo en una personalidad tan influyente de esta generación? Ah, pero encima publicó un libro, mirá vos. ¿Con qué necesidá, che?


Pero, yo les digo, creanmé, aunque parezca que estoy parafraseando a Foucault, es el ansia de poder, es la impotencia del hombre común ante el crecimiento exponencial de las redes sociales. Es el poder que ejerce el medio lo que nos asusta. Nosotros, los detectives chapados a la antigua, envidiamos a los que saben nadar en este océano de información. La computadora toca el alma del chico con una precisión más aguda que el filo de nuestras propias palabras en la vida cotidiana. Si queréis entender estos misterios, sed como niños, porque de los tales es el imperio de cristal líquido.

Entonces, allá tú con tu becerro de oro, venéralo si te hace feliz, y comercia libremente tus terafines, que los jueces están muertos. Aunque el lobezno lugarteniente del buen gusto aúlle dentro de nosotros, bebamos el nepente de la tolerancia y que el mundo literario se reacomode los huesos en el hospital del tiempo. ¡Salud, hermanos del destino!

miércoles, 11 de mayo de 2016

martes, 10 de mayo de 2016

Reseña: “La isla del doctor Moreau”, de H. G. Wells






El estudio de la Naturaleza
vuel­ve al hombre tan cruel
como la propia Naturaleza.











Quienes hayan leído La máquina del tiempo o La guerra de los mundos hallarán un registro completamente diferente al estilo académico, racional y ecuánime que la pluma de Wells ha trazado. Aunque La isla del doctor Moreau, publicada en 1896, se ubica cronológicamente entre ambas, la premisa de la cual parte esta novela escapa de la colección de temas tradicionales abordados en la historia de la ciencia ficción.

En esta oportunidad no hay viajes a través del tiempo o invasiones extraterrestres, sino que en las vísperas del comienzo del siglo XX Wells eligió la controversial práctica de la vivisección como trasfondo de la narración. A diferencia de otras piezas de su producción literaria, el autor no agarra una hipótesis científica sino un hecho socialmente repudiado como lo fue y sigue siendo la disección de animales vivos. Piénsese por ejemplo en Lisa, la vegetariana, aquel altisonante episodio de Los Simpson donde la hija de Homero abandona el consumo de la carne; la vulnerabilidad del reino animal ante los crueles cuchillos del hombre es una discusión que la raza humana ha arrastrado hace bastante tiempo, mucho antes de la articulación del denominado especismo y la lucha por los derechos de los animales.

Wells, un sublime pensador atrapado en la vorágine de su contexto sociohistórico, demostró en sus obras la atemporalidad de las profundas inquietudes humanas que desgarran el tejido de la existencia. El enfoque primordial de La isla del doctor Moreau está puesto en los borrosos límites entre lo humano y lo monstruoso, lo civilizado y lo bárbaro. ¿Cuál es la diferencia entre la feroz bestia enjaulada sedienta de sangre y el hombre que la somete a experimentos inconcebibles «en el nombre de la ciencia»?

El protagonista es Edward Prendick, un naufrago del Lady Vain que es rescatado por el señor Montgomery, uno de los pasajeros a bordo del Ipecacuanha; animales enjaulados, un capitán tan nervioso como ebrio y una isla misteriosa constituyen el preámbulo a una pesadilla inimaginable que gira en torno a la extraña figura del doctor Moreau, una antigua eminencia científica cuya reputación fue empañada por el amarillismo de la prensa británica. Pero, ¿los rumores de sus extraños experimentos eran ciertos o sólo eran tergiversaciones desproporcionadas? ¿Por qué vive casi como ermitaño en una ínsula solitaria y remota?

Si es que en verdad está inhóspita. Porque Prendick ve y escucha cosas que escapan a su mortal comprensión. A medida que las horas avanzan, descubrirá que ellos no están solos. Y que lo monstruoso puede o no tener forma humana.




Pocos libros me han puesto los pelos de punta, y La isla del doctor Moreau es uno de ellos. La atmósfera que Wells recrea es soporífera, siniestra y asfixiante. La descripción del océano y el virtuosismo geográfico de la narración me devolvió a los párrafos de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Análogamente, los mecanismos por los cuales se nos inyecta el horror en los ojos me remiten a El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Si alguien hubiera tachado el apellido de Wells y hubiera puesto el de Stevenson, no lo hubiera advertido. Tal como lo he insinuado, el narrador de esta historia no es el recitador serio, sobrio y racional de La guerra de los mundos; aquí la desesperación y el miedo son muy palpables.

A diferencia de otras obras de Wells, las imágenes sensoriales son muy poderosas y precisas, orientándose incluso a sentidos que otros escritores descuidarían, como el olfato, el tacto y el gusto. La reconstrucción de percepciones corporales por medio del lenguaje me pareció un elemento muy apropiado en una trama en la que el cuerpo es el centro de atención. El dolor físico, el cansancio y el agotamiento no son sólo impresiones de un hombre desesperado; estas sensaciones, de la manera en la que están escritas, nos hacen sentir tan aterrorizados e impotentes como el propio protagonista. Las palabras te producen un escalofrío que te recorre la nuca, te estruja la lengua y te eriza la piel.

A pesar de las distracciones habituales que puede presentar la vida cotidiana –el volumen del televisor, el movimiento en la casa, cosas así–, la novela, aunque breve, me mantuvo enganchado en todo momento. Ésta es otra gran diferencia entre La isla del doctor Moreau respecto a La guerra de los mundos y La máquina del tiempo: acá no hay argumentaciones científicas o disertaciones intelectuales. La voz que le da cuerpo al relato es la de un hombre que casi muere en alta mar, que no entiende nada y que se retuerce de miedo en la oscuridad aguardando una salvación que no llega nunca. Sin la densidad que nos podría proporcionar un lenguaje demasiado técnico o específico, característica habitual en otras novelas de Wells, La isla del doctor Moreau se lee de un tirón y no le da tregua al aburrimiento: una vez que el ovillo del terror empieza a rodar, no hay manera de pararlo.

Respecto a los personajes, el elenco «humano» –pongámoslo entre comillas y que el lector lo vaya descubriendo por su propia cuenta– se reduce a Montgomery y Moreau, cuyas motivaciones siempre están en tela de juicio y no quedan libres de sospechas en ningún momento. Prendick no se fía por completo de las buenas intenciones y de los propósitos de estos dos hombres. En su situación, y con todos los elementos que van apareciendo a lo largo de los capítulos, yo no lo haría.

Punto y aparte está Davis, el capitán del Ipecacuanha, que aparece poquísimas veces, pero cuyo rol de marinero ebrio, colérico y supersticioso sirve para meter en los lectores pequeñas semillas de sospecha. Davis, contactado por Montgomery para transportar algunos animales a la isla, desconfía de él todo el tiempo, preguntándose para qué quieren llevar tantas criaturas enjauladas hacia el corazón de la nada misma. A pesar de que se nos presenta como un borracho repugnante, el lector razona: «Este tipo tiene razón, esto no tiene buena pinta.» Y no, no la tiene.




Si tuviera algo más qué decir acerca de esta novela corta pero extraordinaria es que Wells ha logrado una narración con un equilibrio perfecto entre lo poético, lo filosófico y lo terrorífico. La isla del doctor Moreau, de haber sido estrenada en nuestros tiempos, sería catalogada por la crítica como un relato bastante creepy: una isla sin nombre, un científico con un pasado dudoso, experimentos con animales y escenas tan macabras que rozan lo morboso. Si buscan algo creepy, créase o no, tienen que leer este libro. Además de acongojarnos con descripciones horripilantes, Wells las utiliza para hacernos reflexionar acerca del rumbo de los hombres hacia una paulatina y descorazonadora deshumanización, cuestionando a cada párrafo quiénes son los monstruos, si ellos o nosotros, si el otro o el rostro que contemplamos cada día en el espejo.

Asimismo, el argumento es una crítica punzante a la violencia que la raza humana ejerce sobre la naturaleza en el nombre de la ciencia, la civilización y el progreso. De modo que cuando llega la hora de cerrar el libro, además de dejarnos meditabundos y catatónicos después de todo lo que Prendick ha sufrido, nos deja con un montón de interrogantes acerca del destino de la especie humana y su incómoda (y muchas veces sangrienta) relación con los hijos de la madre tierra.

En resumen, La isla del doctor Moreau es un relato macabro y una rareza estilística de Wells, quien no sólo nos fascinó con sus invasores marcianos y con sus morlocks plateados, sino que también ha sido capaz de mostrarnos la escalofriante contracara del progreso humano en una gota de sangre. Aunque la sangre que el hombre derrame no siempre sea la de un hombre.