lunes, 22 de agosto de 2016

Salgo a pasear, vuelvo en septiembre: un resumen del mes de agosto y un pequeño adiós



Abandono el blog... Momentáneamente. Sí, así, de repente. Ya saben cómo es esto. Cuando me pinta el bajón, me pinta el bajón. La diferencia es que yo siempre anuncio la fecha de mi regreso. Esta vez, volveré el 12 de septiembre.

Pero no quiero irme sin antes hacer un resumen de todo lo que he escrito en este mes.



* * *

OPINIONES

Durante este mes he podido escribir, al menos hasta donde el tiempo y los ánimos me lo han permitido, acerca de la esclavitud, el racismo y la segregación en la literatura norteamericana. Aquí transcribo en orden la lista de entradas relacionadas con estos temas.





RESEÑAS

En agosto sólo he publicado dos reseñas: Relato de la vida de un esclavo americano, de Frederick Douglass; y Old Pa Anderson, de Hermann e Yves H.



POESÍA

Ma es el único poema escrito en los últimos tiempos. No soy un poeta sobresaliente, pero creo que parte de lo que me está pasando está allí. Si querés leerlo, haz clic AQUÍ.



#RESPECTBOOKTUBERS

No quería salir de paseo sin meter la cuchara en el plato de la polémica del año. Si quieren saber más detalles, haz clic AQUÍ.



Las reseñas que había previsto publicar para este mes han sido suspendidas. Hasta septiembre, no publicaré nada nuevo. Lo que no significa que el blog vaya a estar inactivo. Si quieren dejar comentarios, enviar mensajes o ponerse en contacto conmigo, pueden hacerlo tanto por este medio como a través de la página de Facebook Opiniones marginales. Dicho sea de paso, si quieren regalarme un Me gusta, se los agradeceré.

Por último, expresar mi gratitud a los que me bancan, desde los que se toman su tiempo para leer y comentar en esta página hasta todas aquellas personas que me animan a seguir adelante, tanto con el blog como con otros proyectos personales.


Nos veremos próximamente, en Opiniones Marginales.
¡Hasta la vista!

#RespectBooktubers: una carta abierta a toda la comunidad booktuber



Interrumpo el curso natural de mis publicaciones para escribir estas palabras a flor de piel que intentarán expresar, tal vez sin éxito, la indignación colectiva que recorre las venas de una comunidad a la que mucho se cuestiona y poco se comprende: estoy hablando de ustedes, amadísimos booktubers de Argentina y (¿por qué no?) de América toda.

El motivo de esta epístola clandestina no es otro que el de cierto artículo pseudoperiodístico que, por lo que he advertido, muchos de ustedes han leído. En vista de la repentina popularidad de este cáustico texto, puedo prescindir de mencionar la fuente que tan bien conocemos. Mas para aquellos que desconozcan la leña sobre la cual arde este fuego, les consigno el enlace por AQUÍ.

No tengo la insensata pretensión de atacar discursivamente al autor, ya que, bien lo ha afirmado un tal Michel Foucault, «el autor ha muerto», y en lo que respecta a un análisis exhaustivo del polémico informe acerca de los booktubers, el nombre del autor –y, por lo tanto, toda tentativa de crítica directa– me parece una prioridad menor e intrascendente. En cambio, con lo que quiero discutir es con el punto de vista –que a mí no me ha quedado tan claro– que se presenta respecto al oficio del booktuber en relación con lo que se ha dado en llamar «el espectáculo de la literatura».

Yo curso la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Yo escribo en el blog Opiniones Marginales desde 2012. Sólo recientemente he tenido mi primer acercamiento a esta comunidad, que si bien ha nacido en un corto período de tiempo, en Argentina ha alcanzado un notorio grado de consolidación y unidad. Una unidad que va más allá de lo literario. En este ambiente se han forjado amistades inesperadas, se han consumado pasiones inolvidables, se han producido encuentros que en otras circunstancias no hubieran podido producirse. Esta movida juvenil ha posibilitado la conexión de un sinnúmero de relaciones humanas. El factor humano no puede ser eliminado de la ecuación; este fenómeno social no puede ser analizado con los términos con los que el susodicho artículo pretende analizarlo.

El «fenómeno booktuber», lejos de la caracterización que hace Santos como una especie de tendencia juvenil perecedera y sin argumentación razonada, es una respuesta a los nuevos tiempos en los que estamos viviendo, a cómo la experiencia literaria puede ser transmitida a las nuevas generaciones a través de los dispositivos y redes de comunicación e información, cuando en las décadas pasadas se temía que la creciente producción de sistemas inteligentes segaría al hombre de sus posibilidades de creación artística, de sensibilidad y de comunicación.

Antes de continuar, quiero destacar el trabajo de la administradora del blog Plausible, que ha hecho un análisis sólido y transparente del controversial artículo, titulado La literatura como herramienta. Yo no hubiera podido ser más conciso y claro.

«La literatura es humana», sentenció Lukács –fíjense como les doro la píldora a los que les encanta exornar sus observaciones con citas de autoridad–; no se puede sustraer la literatura de su carácter humano.

Los booktubers no se posicionan «en contra de la crítica literaria» ni han pretendido hacerlo. Ellos no aspiran a una objetividad imposible, sino que comparten su experiencia de lectura a través de un medio audiovisual. Como cualquier experiencia humana, la lectura está sujeta a la subjetividad del que la vive. La división entre literatura y vida, entre la historia y el lector, una vez más, es cuestionable. Pero mencionar este problema, aunque puede llegar a ser pertinente en la literatura en términos generales, no justifica el acto de subestimar e incluso desmerecer, ni de la forma más sutil, la labor de los booktubers: jóvenes que aman la literatura y que invierten tiempo y recursos tan sólo para compartir lo que más les gusta.

Ni más, ni menos.

Quien los haya entronizado equívocamente como la «nueva crítica literaria» los ha arrojado al centro de una discusión en la que ellos no quieren ni quisieron iniciar. Con dignidad y conciencia se someten a los análisis de diferentes personalidades culturales y académicas, así como soportan los vituperios de diferentes medios de comunicación que en vez de separar las aguas y esclarecer los términos, entremezclan todo en una masa inconcebible de ideas borrosas y neologismos dudosos.

La cuestión es...

¿Se puede analizar el denominado «fenómeno booktuber»?

Mi respuesta es: sí. Se puede.

Pero para explicarme mejor, reformulo la pregunta:

¿Se puede analizar este fenómeno desde otra perspectiva en la que no se refiera a la generación actual de lectores jóvenes en términos necesariamente peyorativos?

Sí, se puede.

Reformulo otra vez la pregunta:

¿Se puede hacer un análisis de estas nuevas formas de experiencia literaria desde un punto de vista más abarcativo, menos reticente a los géneros literarios contemporáneos, que pueda producir una aproximación más acertada al concepto de booktuber?

Sí, se puede.

Hoy mismo he leído el artículo flamígero, y estoy en desacuerdo con algunas de las ideas que formula y con el «cómo», la forma, en la que las formuló. El texto de Santos no me ha dado una noción verdadera del ser booktuber, sino que incurre en las previsibles comparaciones entre el booktuber y el crítico literario, cuando se sabe que ambos campos de acción y de experiencia estética son incomparables.

Yo soy un estudiante de Letras. Y un amante de la literatura. No sólo estimo a los booktubers por profesar su amor por los libros, sino que también tengo un respeto profesional por lo que hacen. Yo no me considero blogger (más bien, diría que soy un «antiblogger», pero esa es harina de otro costal), pero he tenido la oportunidad de conocer e incluso de reseñar numerosos blogs en mi sección Blogoscopio. Hay textos que son dignos de análisis, en los que se torna transparente y visible la cuestión de la experiencia literaria en la postmodernidad.

Si yo lo puedo ver, honorables caballeros, ¡¿cómo los otros, cronistas que han vivido más que yo bajo el cielo del Eterno y que tienen mayor acceso a las fuentes que información que quien esto escribe, no han podido verlo?! ¿Acaso no han podido contemplar las posibilidades infinitesimales de experiencia literaria en la figura del blogger, del booktuber y del bookstagramer? ¿Soy yo el único loco entre vosotros que observa a los booktubers en su manifiesta singularidad?

Quiero concluir esta carta abierta con una anécdota. Después de entrevistar a un puñado de booktubers tras la charla BBB en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de este año –de hecho, los reportajes están en la sección ENTREVISTAS– lo primero que dije a mi hermana al llegar a casa fue:

–¡Sol! Creo que ya tengo mi tema de tesis... ¡Voy a escribir acerca de los booktubers!

La frase fue real. Lo admito, un poco apresurada. Ahora, si lo hago o no lo hago, ya es mi problema. Pero las ganas están. Porque realmente todo lo que ellos hacen, todo lo que hay detrás de un video, es digno de respeto, de mención y de un análisis comprometido, serio y concienzudo.

La pregunta final: si yo no me considero blogger, y no tengo un canal de YouTube, ¿por qué escribí en defensa de los booktubers? Si a mí esto no me mueve un pelo, ¿por qué sumarse a la ola?

La literatura es una fuerza impredecible. Une a personas que en circunstancias corrientes pueden existir de forma separada. El artículo de Santos ha sido un latigazo de tinta a la cara de mi propia generación. Confieso que no he leído muchas novelas de literatura juvenil. Y que tampoco escribo reseñas a la manera de muchos, con puntuaciones y sinopsis. Pero esos párrafos calientes me tocaron las vísceras. De pronto, sentí la necesidad de expresar esta indignación que no era mía en palabras. Y salió esto.

Así que, chicos, perdónenme por meter la cuchara en una sopa que, al no ser yo un booktuber, tal vez no me corresponde tomar, pero cuyas columnas de humo afectan a una generación a la que pertenezco, al menos etariamente.

Pero quiero que sepan en la conjura de los necios, mis palabras están a su plena disposición para el alegato y la defensa, a la hora del juicio y del prejuicio, en el día más oscuro y aún en las noches iluminadas por el fatuo fuego de la incomprensión y la cólera...

En resumen...

«A la gilada ni cabida», sentencia el porteño refrán. ¡Y si no, que lo diga Matt Damon!

¡Que el mundo siga girando, que nosotros seguimos leyendo!

sábado, 20 de agosto de 2016

“Tengo algo que contarles”: una pausa, un cambio y un video de TributeOnFire



Había previsto la publicación de las reseñas de dos piezas de literatura afroamericana. No obstante, los tiempos y las promesas no siempre coinciden con los estados del alma. El oficio de la reseña muchas veces padece la afectación de la vida cotidiana. Podría decirse que todos los blogueros han sido sorprendidos por contratiempos variopintos que han alterado su literario espíritu, a tal punto que algunos han abandonado los hábitos de la escritura (o de la oratoria, en el caso de los booktubers).

Hace poquito, Mati, del canal TributeOnFire, compartió desde su canal un video acerca de este tema. En realidad, habla de su propia situación con su canal, pero creo que todo blogger o booktuber pasa por lo mismo alguna vez. El placer que se transforma en tedio y luego en rutina. En el caso de él, la «gloria de ser booktuber». Mati no quiere autodefinirse como booktuber, aunque tiene un buen puñado de videos que hablan de libros. Yo lo entiendo. Yo tampoco me considero un blogger de pura cepa.

Algo a lo que apunta en este video es a no encasillarnos en un lugar fijo y a hablar de lo que más nos gusta, sea o no literario. Ya sea detrás de un canal de YouTube o una página web, uno tiende a fosilizarse en esquemas predeterminados, incluso a depender de la cantidad de seguidores o el porcentaje de comentarios. Cuando el placer de compartir lo que nos gusta se convierte en una obsesión por engrosar los niveles de audiencia, el preocupómetro activa todas sus alarmas. Hay que cortar con el mal rollo, desenchufarse del paradigma y a berrear otra cantilena.

Creo que eso es lo que más nos cuesta. Entender en qué momento se desarticula la secuencia, saber cuándo y cómo hay que recomponerla.

Por lo demás, me parece que Mati tiene la posta, no sólo sobre sí mismo, sino sobre algo que nos toca tangencialmente a nosotros, los agentes comunicadores de la era digital.

Siempre es bueno escuchar la voz del otro en tiempos de incertidumbre. Por esta razón, Mati, desde este humilde rincón virtual, te bancamos. ¡Ahora sí, corre video!


viernes, 19 de agosto de 2016

Ma


«Che, ma, ¿sabías que
estuve leyendo
historias de esclavos?»



Así comenzaban,
más o menos,
las charlas con mi vieja.


Mi madre,
una mujer de piel blanca,
una mujer argentina,
una mujer cristiana,
una mujer que no lee
otra cosa que no sea
la Biblia.


Todos los lunes,
a las diez de la noche,
a la hora de comer,
le contaba acerca
de los libros que leía.



Mi vieja me escuchaba
atentamente,
como si en esas historias
hubieran pedazos de ella
desparramados
entre las palabras.


Una noche me dijo:
«¿Sabés qué, Julián?
Yo también me siento esclava.»



Entonces, lo comprendí.
Somos esclavos de nuestra propia conciencia.
Cada vez que abrimos una mano,
alguien pone un cuchillo en la palma
y los que solicitan nuestra ayuda
se ríen
mientras sangramos.


«¿Por qué ayudás tanto,
mamá?»
dice mi hermana.
«¿Por qué sos tan buena?»


Yo me hago el tonto
y miro hacia el otro lado.
Me jode, che,
que la usen de esa forma,
que nos usen de esa forma.


Si les decís que no a ellos
te hacen sentir como un hijo de puta.


Mi vieja nunca dice no.
Yo tampoco.


No me preguntes quienes son.
No querrás saberlo.
Tal vez lean este poema
y me arranquen los huesos.


¡Nah, me importa un cuerno!
Ellos escupen fuego
sobre los libros que leo.


Mientras les haga creer
que mi alma sigue funcionando,
no me harán preguntas tontas
ni me pedirán favores tontos.


¡Ay, ma!
¡Si supieras como me siento!
Me cuesta poner en palabras
todo lo que estoy (vi)viendo.