miércoles, 1 de marzo de 2017

Reseña: “Las ventajas de ser invisible”, de Stephen Chbosky





«...aceptamos
el amor
que pensamos
que nos merecemos.»








Las ventajas de ser invisible ha sido y sigue siendo uno de los peores libros que he leído en toda mi vida. Hace tiempo escribí una crítica lapidaria, Chbosky y la última “novela de aprendizaje” del siglo XX; a pesar de subrayar enfáticamente mi postura, debo reconocer que he sido demasiado blando en este artículo.

La novela es horrible. Estoy obligado a explicar por qué. Muchos jóvenes la adoran al punto de llegar a sentirse identificados, al menos parcialmente, con el protagonista. Mi reseña no arremete contra los lectores; me limito a posicionarme, en todo caso, contra los modos de lectura que han habilitado y avalado la consagración de la obra de Chbosky como best-seller. El boom de Las ventajas... precedió al auge de John Green como novelista. Este libro, de algún modo u otro, fue precursor de lo que podríamos llamar realismo juvenil.

Cualquier novela realista exige una escritura de determinadas características para producir un efecto de verosimilitud. El mayor problema de Chbosky es que no hay realismo en ningún momento. Nada es verosímil.

Ante todo, quiero discutir conmigo mismo y con mi artículo anterior algunas cuestiones que dejé incompletas en el texto que escribí en el 2015. Las ventajas de ser invisible no es un bildungsroman ni un libro de autoayuda (algo que insinúe en el noveno párrafo de Chbosky...). Podríamos categorizarlo como realismo juvenil o como novela epistolar. Resuelto el problema del género literario en primer lugar, prosigo con mi análisis.

«La narración epistolar que presenta Chbosky es, sin embargo, realista.»

He afirmado esto en mi artículo anterior acerca de Las ventajas de ser invisible. Ahora lo refuto completamente. No, la novela de Chbosky no es en absoluto realista. En primer lugar, porque Charlie utiliza un género discursivo en decadencia dirigido a un destinatario de fines de siglo XX cuya identidad desconocemos y que incluso podría no ser real.

La primera pregunta polémica que quiero plantear es si realmente podemos creer todo lo que dice Charlie. Él mismo asegura en los primeros párrafos que ha cambiado los nombres de los protagonistas de las historias que relata. Sam y Patrick no se llaman Sam ni Patrick. Pero hay un momento en que esta operación de sustitución de identidades se ha visto puesta en riesgo: cuando Charlie consume LSD. ¿Cómo puede ser que haya escrito una carta drogado y no se le haya «pifiado» un solo nombre?

En relación al grado de credibilidad de las palabras de Charlie, hay una notoria contradicción entre determinadas secuencias de comportamiento del personaje y el rol que autoasume como «wallflower» o «invisible». El narrador aparece como contemplador silencioso de un espectro de acciones que oscilan entre lo políticamente incorrecto (relaciones sexuales consentidas y consumo de determinadas drogas) y lo delictivo. La imposibilidad de discriminar un conjunto de acciones lícitas/legales de las ilícitas/ilegales es alarmante. A lo largo del libro Charlie expresa que no sabe si lo que ocurrió fue bueno o fue malo. El narrador afirma que trata de pensar cómo funcionan las cosas, las personas, las sociedades. Pero cuando efectuamos una lectura crítica de la novela, descubrimos que en ningún momento Charlie exterioriza congruentemente sus reflexiones acerca de estos acontecimientos que atraviesan los ambientes sociales que frecuenta.

Charlie es la caricatura de un chico de 15 años. La novela lo representa como un sujeto incapaz de tomar decisiones propias. Carece casi por completo de voluntad. La única voluntad de poder es Bill*, quien lo atiborra de obras literarias y lo insta a “participar”. Este verbo siempre aparece entrecomillado; la novela lo ataca constantemente, desfragmentándolo. ¿Qué significa “participar”?

En la novela hay participación, pero no hay integración. En el transcurso de la historia, Charlie configura y reconfigura sus lazos interpersonales, tanto con familiares como con amistades, pero él no se siente enteramente integrado a esta generación. Algo sucede con Las ventajas de ser invisible que lo emparenta con la Rafaela de Furiasse, la cual también reseñé: el final trunco, el final semiabierto y desmoralejado, que nos deja un mal sabor de boca porque parece justificar el autoposicionamiento lacerante de Rafaela y de Charlie.

Otro de los aspectos notorios en Las ventajas de ser invisible es la constante preocupación de los personajes secundarios por la posibilidad de un ascenso social. El hermano mayor de Charlie es una metáfora del éxito: un universitario que juega fútbol americano y cuyo rostro aparece en las pantallas de televisión, suspendiendo en un instante de felicidad catódica todas las miserias personales y familiares del protagonista. Charlie incluso menciona la historia de uno de sus abuelos, un molinero que había castigado a su madre por una baja calificación en un examen. Los comentarios racistas y la escasa formación académica y cultural de los abuelos, tíos y primos de Charlie merecen análisis subliminales. La obsesión por las carreras universitarias y la incertidumbre de un futuro próximo son temas recurrentes en la novela.

Los dispositivos de reproducción técnica (los cassettes, los VHS, las máquinas que imprimen los números de la revista Punk Ronky), la lectura de obras literarias que a pesar de ser mencionadas no parecen arrojar sobre Charlie ningún despertar metafísico** acerca de su condición humana, las sustancias alucinógenas, los elementos contraculturales (mayormente enumerados por la hermana o por Mary Elizabeth) y las experiencias sexuales accidentadas no aparecen como formas de integración del sujeto a esta nueva sociedad que surge, sino como mecanismos de evasión o de la negación de la realidad. En Las ventajas de ser invisible hay una verdad subyacente que afecta el comportamiento de Charlie, quien afirma todo el tiempo que hay algo malo en él. En las últimas páginas se nos revela, o parece revelarse, ese secreto. Un recurso malísimamente utilizado. Como un mago que saca un conejo muerto de la galera.

Realmente, tengo mucho qué decir de esta novela. Pero lo dejamos acá. Lamento romperles el corazón a quienes les gusta este libro; tal vez escribo esta reseña con saña, con desencanto, e incluso con cierta pena. Esperaba que la relectura de este libro fuese más placentera o piadosa. Pero Las ventajas de ser invisible, como novela, no me cierra. Porque no tiene verosimilitud. La dudosa construcción psicológica del personaje da lugar a esas inconsistencias de la trama. Hay algo que me hace ruido, hay algo que Charlie no me está contando.

He vuelto a leer la novela entera buscando ese algo. Han pasado dos años y sigo sin entenderlo. Tal vez la traducción tenga la culpa. O tal vez soy un lector demasiado chapado a la antigua. Cito a McCarthy que cita a Yeats quien dice: Este no es país para viejos. Tengo veintitrés primaveras encima: incluso el cuento más imperfecto de Borges o el Ulises de Joyce o el villano más inescrutable de la novela más agoniosa me parecen más comprensibles que las propias acciones de Charlie.


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* El autor del artículo introduce un juego de palabras intraducible y rebuscado, ya que Bill proviene de William, que también puede ser abreviado Will, que a su vez significa «voluntad» o «testamento» en inglés. Según Contreras, Bill transfiere a Charlie un «legado» cultural: los libros que se interpolan en el texto (El manantial, de Ayn Rand; El Gran Gatsby, de Fitzgerald; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; y El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, entre otras piezas).


** La expresión «despertar metafísico» es impropia de Contreras, pero aparece en Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. AB y Las ventajas de ser invisible son obras totalmente diferentes, por lo que se puede suponer que el autor del artículo intenta aplicar un criterio de análisis diferente sobre la obra de Chbosky. En efecto, los análisis de los dispositivos de reproductibilidad técnica dentro de las novelas y la preocupación por la conceptualización de la ficción como modo de evasión de la realidad han sido affaires recurrentes en el análisis de obras de autores como Roberto Arlt y Adolfo Bioy Casares. Contreras intenta utilizar una metodología similar para desfragmentar la novela de Chbosky. Se sabe que el (anti)blogger ha pergeñado, reprobado y postergado reseñas de Marechal, de Arlt, de Saer y de Casares. Me consta que ha comenzado a escribir una novela, cuya extensión actual es de casi cuarenta mil palabras, según las cifras oficiales. Se me ha prohibido terminantemente publicar otros pormenores respecto a este proyecto.

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